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Capítulo #6 "Un Día, Me Encontré Con Un Zorro"

 


Capítulo 6

Se veía cómo la puerta se abría, pero no podía detener su cuerpo, que ya había saltado al vacío. Cerró los ojos con fuerza. Se preparó para caer en el suelo frío o chocar contra la dura madera. Sin embargo, el impacto esperado no llegó. En su lugar, algo cálido y suave lo envolvió. El zorro abrió los ojos de par en par.

—¡……!



El lugar donde el zorro había aterrizado no era otro que el amplio pecho de aquel hombre.



—No esperaba que me recibieras así —se escuchó una risa baja sobre su cabeza.



Ante ese sonido, el zorro se sobresaltó y empezó a forcejear en sus brazos.



¡Esto no era lo que quería! ¿Qué acabo de hacer? He saltado directamente a los brazos del enemigo intentando escapar. ¡Y de la forma más tonta posible!



El zorro luchó desesperadamente. Agitó sus cuatro patas en el aire y retorció su cuerpo intentando zafarse. Solo entonces, él lo dejó en el suelo. En cuanto sus patas tocaron el piso, el zorro se alejó rápidamente de sus pies y volvió a esconderse en un rincón.



¿Y ahora qué hago? La puerta estaba abierta, pero él bloqueaba el camino. No podía salir.



Debería sentirse desesperado por estar atrapado de nuevo, pero era extraño. Aunque le asustaba que hubiera regresado, por otro lado, sentía alivio. ¿Será porque es mucho mejor que estar solo en una habitación desconocida? No lo sé. De todos modos, no debo bajar la guardia.



El zorro movió sus ojos buscando una oportunidad para escapar. Pero, como si leyera sus pensamientos, el hombre cerró la puerta tras de sí.



¡No! La salida estaba completamente bloqueada.



¿Podré llegar a la puerta esquivando a este hombre? ¿Cómo podré abrirla y escapar? El zorro empezó a trazar planes de fuga desesperados en su cabeza.


En ese momento, él de repente le extendió algo.



El zorro dio un brinco pensando que era un arma para lastimarlo. Sin embargo, lo que sostenía en su mano derecha no era una espada. Era un objeto extraño de un color rojo oscuro.



¿Qué es esto? Antes de que pudiera procesarlo, su nariz reaccionó primero. Un aroma salado y apetitoso le llegó directamente.



—¡……!



Era cecina (carne seca). Y de la mejor calidad. Ante ese olor, la cola del zorro se movió con un pequeño y suave bamboleo.



—Puedes comerlo —dijo él, notando cómo el zorro había reaccionado a la comida. Su voz sonaba celestial, como una tentación irresistible.



¿De verdad puedo comerlo? ¿Debería?



La cautela detenía sus pasos, pero su mirada hambrienta estaba fija en el trozo de carne oscura que colgaba de la punta de los dedos del hombre.



No, podría ser peligroso.



Los humanos a veces mezclaban veneno en la comida para eliminar a los ratones. Ese trozo de cecina tan provocativo seguramente era una trampa. Los humanos eran astutos; siempre usaban tentaciones dulces para llevarlos a la muerte.



Sin embargo, el deseo por la carne crecía por segundos.



¿Cuándo fue la última vez que comí? ¿Hace un día? ¿Dos? No, fue hace una semana. Durante una semana no había probado bocado, y mucho menos agua. Era un milagro que siquiera pudiera caminar.



El aroma se hizo más intenso. El olor delicioso se filtró en lo profundo de sus fosas nasales, mareándolo. Sus glándulas salivales se activaron y se le hizo la boca agua.



Un bocado… ¿no pasará nada, verdad?



La razón gritaba que se detuviera, pero el hambre nubló su voz.



Al final, el instinto venció a la razón. El zorro movió la cola sutilmente y, paso a paso, con extrema cautela, se acercó a él. Con cada avance, vigilaba si había algún cambio en la expresión del hombre. Pero no detectó ninguna malicia. Él simplemente le ofrecía la carne mientras lo miraba.



Finalmente, cuando estuvo al alcance de su mano, el zorro atrapó la cecina rápidamente, casi como si la arrebatara, y salió disparado de nuevo hacia su rincón.



Desde allí, lo miró de reojo. El hombre solo se encogió de hombros. Tras confirmar que no tenía intención de hacerle daño, el zorro comenzó a saborear la carne.



—¡……!



Los ojos del zorro se redondearon.



El sabor que se extendió por su boca fue un impacto total. Era salado, ligeramente dulce, y la grasa que soltaba al masticar no se comparaba con nada que hubiera probado antes. Estaba a otro nivel de las frambuesas ácidas del bosque o de los restos de pescado maloliente que alguien dejaba.



¡No puedo creer que exista algo tan delicioso en el mundo!



Amniam-niam.



El zorro devoró la carne frenéticamente. Tras terminar el pequeño trozo en un abrir y cerrar de ojos, levantó la cabeza con pesar. Como si hubiera previsto su reacción, él sostenía otro trozo de cecina, esta vez más grande.



—Toma.



En cuanto recibió el permiso, el zorro corrió sin vacilar y atrapó la carne de su mano. No le importó que sus dedos rozaran el puente de su nariz. La felicidad inundó su boca. Su cola empezó a agitarse con fuerza, casi sin que se diera cuenta.



—¿Está rico? —preguntó él. Su voz sonaba mucho más amable que antes. El zorro, en lugar de responder, agitó la cola con más vigor para expresar su alegría.



Cuando terminó la carne, el hombre se puso de pie lentamente. El zorro lo miró con ojos llenos de esperanza, pensando que quizás le daría más. Pero él no sacó más comida. Simplemente sonrió levemente y volvió a extender su mano.



—Si me sigues, te daré algo más rico.



El zorro retrocedió por instinto. Esa mano no era amenazante, pero aún no podía bajar la guardia por completo. No sabía cuándo podría cambiar de actitud y atraparlo.



Al leer su duda, él esperó pacientemente una vez más. En lugar de presionarlo, se limitó a observarlo en silencio, tal como hizo al darle la carne. Sus ojos dorados tenían un extraño poder que lograba calmar su corazón.



Tras dudar mucho tiempo, el zorro decidió seguirlo. Pensándolo bien, si lograba escapar de allí, lo único que le esperaba era el duro bosque. Entre este lugar lleno de humanos y el bosque plagado de trampas aterradoras, daba casi lo mismo.



Además, si él realmente hubiera querido hacerle daño, ya lo habría hecho. «No hay humano malo entre los que te dan de comer», decían por ahí. Así que lo que le clavaron en la nuca probablemente no era una herramienta dañina y, sobre todo, sentía por intuición que no era una mala persona.



Era un pensamiento algo simple e ingenuo, pero el zorro, que ya había perdido el corazón y el juicio por la cecina, decidió no preocuparse más por lo demás.



—Eso es. Buen chico.



Él se acercó al zorro y envolvió su cuerpo suavemente con sus enormes manos. El cuerpo del zorro, que se había tensado por un instante, se relajó y se dejó llevar por el calor que emanaba de su pecho. Sus brazos eran amplios y cálidos; se sentía bien.



Con el zorro totalmente relajado en sus brazos, el hombre salió de la habitación. El paisaje exterior era completamente distinto al de antes. El pasillo largo y lujoso que antes le resultaba aterrador, ahora, desde sus brazos, parecía un espacio fascinante y hermoso. Las pinturas del techo, las decoraciones de las paredes… todo era novedoso e interesante.



Absorto en observar los alrededores, ni siquiera se dio cuenta de cuándo llegaron a la habitación. Al alcanzar una puerta grande, él dejó al zorro sobre una alfombra. La suave textura bajo sus patas le gustó tanto que su cola empezó a moverse sola.



—Pediré que traigan algo de comida, así que espera un poco.



Él dejó al zorro allí y se apoyó en el respaldo del sofá. El zorro no lo siguió; se quedó a una distancia prudente observándolo.



A pesar de su gran tamaño, sus movimientos eran cuidadosos y tranquilos. No estiraba la mano de repente ni hacía ruidos fuertes. Era extraño. Hasta ahora, todos los humanos que el zorro había conocido gritaban al verlo o intentaban echarlo con escobas o zapatos.



Al convencerse de que no representaba una amenaza, el zorro comenzó finalmente a explorar el nuevo espacio, por si acaso hubiera algún otro peligro.



El ambiente era distinto al de la habitación donde despertó. Este lugar estaba más ordenado y era más sereno.



También había estanterías, pero aquí una de las paredes estaba totalmente cubierta por una biblioteca gigante, y al lado había un escritorio amplio. Sobre el escritorio, montones de papel blanco y objetos largos y finos estaban perfectamente alineados.



Olfateó alrededor del escritorio. Allí es donde el olor del hombre era más fuerte. Parecía que pasaba todo el día en ese lugar. Su aroma no era malo; le transmitía calma. Era una mezcla de olor a jabón, papel y algo fresco.



Aunque todavía no podía bajar la guardia por completo, no se sentía incómodo en este espacio. Al contrario, para ser honestos… le gustaba. Estaba limpio y no parecía haber nada peligroso.



Tras revisar cada rincón, el zorro se dirigió a la ventana para esperar a que llegara la comida, ya que ese lugar parecía el más cálido y seguro.



A través del cristal, las nubes blancas fluían lentamente. Cada vez que las nubes tapaban el sol y volvían a descubrirlo, la cálida luz acariciaba el lomo del zorro.



Al sentir ese calor recorriendo su cuerpo, de repente se le escapó un bostezo. Abrió la mandíbula mostrando sus colmillos delanteros y volvió a cerrarla. Seguía teniendo hambre, pero no pudo vencer al sueño que lo invadía.



Se hizo una bola cerca de la ventana. Sus párpados caían una y otra vez. ¿De verdad está bien dejar de vigilar? Estaba preocupado, pero su conciencia ya se estaba hundiendo en una profunda oscuridad.



Justo antes de dormirse, el zorro sintió una mirada observándolo desde alguna parte. Movió un poco los ojos y vio a lo lejos aquellas pupilas doradas mirándolo.



Al principio fue incómodo. Pero con el paso del tiempo, dejó de importarle. Incluso llegó a sentir que estaba siendo protegido. Con esa sensación de seguridad, el zorro se quedó profundamente dormido.




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