Capítulo #8 "Un Día, Me Encontré Con Un Zorro"
Capítulo 8
Un sonido como el de una fiera surgió desde lo más profundo de su garganta. La cola, que antes colgaba suave, se puso rígida y el pelaje de su lomo se erizó por completo. Era la máxima hostilidad que un cuerpo tan pequeño podía expresar.
Esa energía sanguinaria estaba dirigida claramente hacia el hombre. Al ver el cambio repentino en la actitud del zorro, Adrian curvó la comisura de los labios, como si hubiera descubierto un espectáculo interesante.
—Parece que no le agradas mucho, Kael.
Sin embargo, para Kael, la situación no tenía nada de divertida. ¿Sería por lo que ocurrió en el torneo de caza? La pequeña bestia lo fulminaba con la mirada, como si estuviera lista para morderle la garganta en cualquier momento.
Al encontrarse con esa mirada feroz, Kael encogió los hombros por instinto. Habiendo visto monstruos cara a cara, no tenía razón para temerle a un pequeño zorro. Sin embargo, al revivir el dolor de aquel momento en que los colmillos perforaron el dorso de su mano, su cuerpo adoptó automáticamente una postura de alerta.
Aun así, no podía decirle al Emperador que tenía miedo del zorro y que por eso no podía dar su informe. Era una cuestión de orgullo, pero también sabía que no podía permitirse mostrar más incompetencia en este lugar.
Kael vaciló un instante y decidió informar manteniendo la mayor distancia posible del animal.
—¡Kang!
Pero fue en ese preciso momento. El zorro se lanzó directamente hacia él como si hubiera estado esperando.
—¡Aaaaj!
Con un grito, el cuerpo de Kael dio un salto. Por suerte, el zorro mordió el bajo del pantalón y no el tobillo, así que no resultó herido, pero fue suficiente para darle un buen susto.
—¡Grrr! ¡Kong! ¡Kong!
Aquella bola de pelos, colgada de su costoso pantalón, sacudía la cabeza de lado a lado emitiendo sonidos que, según él, eran amenazantes. Kael no se atrevía a quitárselo de encima y solo zapateaba con nerviosismo. No podía darle una patada a una criatura que gozaba del favor del Emperador.
—¡Ma-majestad! ¡Es-esto…!
Kael suplicó ayuda, pero Adrian se limitó a observar la escena con los brazos cruzados, visiblemente entretenido.
No está mal. Le resultó bastante admirable que una cosita del tamaño de un puño no le tuviera ni un poco de miedo a un oponente decenas de veces más grande. Tras disfrutar un buen rato de cómo el zorro atormentaba a su ayudante, Adrian habló:
—Sst. Ya basta.
—¿Kkiing?
La hostilidad que ardía ferozmente desapareció en un parpadeo. Sus ojos azules temblaron de desconcierto y confusión.
¿Por qué…? ¿Por qué me detiene?
Como si no pudiera entenderlo, el zorro giró la cabeza para mirar a Adrian. Sus pupilas azules estaban llenas de reproche. Parecía culparlo por ponerse del lado del "malo".
—Ven aquí.
Adrian palmeó suavemente su regazo. Naturalmente, el zorro lo ignoró. ¿Por qué debería obedecer a un humano?
—Si vienes, luego te daré carne deliciosa.
¡Ploc! Sus orejas reaccionaron.
El zorro se debatió entre su deseo de venganza contra Kael y la tentación de Adrian. Finalmente, soltó un quejido de queja, guardó los colmillos y caminó hacia los pies de Adrian golpeando el suelo con sus patas traseras, como un niño profundamente enfadado.
Se quedó mirándolo desde una distancia corta, solo para demostrar que seguía enojado. Había ido por la promesa de la carne, pero eso no significaba que su enfado se hubiera disipado. Al final, Adrian se inclinó, lo tomó suavemente en brazos y lo colocó con cuidado sobre sus rodillas.
—{Karrrrrung}.
Un sonido lleno de insatisfacción escapó de la garganta del zorro. Parecía reclamarle por haberlo detenido.
—Ya lo he regañado seriamente, así que deja de estar enfadado. Si ese tipo se lástima y no puede trabajar, yo estaré en problemas.
¿Y eso a mí qué me importa?
Resopló con fuerza por la nariz. Ante ese gesto, Adrian chasqueó la lengua y comenzó a rascarle suavemente bajo la mandíbula.
—Hazlo por mí y perdónalo esta vez. ¿Sí?
La bola de pelos giró la cabeza.
No quiero. ¿Por qué debería? Él intentó matarme.
Eso pensaba el zorro por dentro, pero su cuerpo era honesto. En cuanto los dedos de Adrian empezaron a rascar bajo su barbilla, su cuerpo reaccionó primero. No debería dejarme… Intentó resistirse mentalmente, pero en un abrir y cerrar de ojos, sus párpados se cerraron y sus orejas, antes tiesas, se plegaron hacia atrás.
Es el toque de un humano, pero ¿por qué se siente tan bien?
El zorro estiró el cuello hacia adelante. Era la señal para que lo rascara más. El Emperador soltó una risa baja y continuó rascando desde la barbilla hasta la base del cuello, mientras el animal empezaba a recibir el trato como si fuera un derecho natural.
Kael se quedó sin palabras ante la audacia del zorro, que trataba al Emperador como a su masajista personal. Lo más increíble era que a Adrian no parecía importarle en absoluto. Al contrario, el Emperador, con movimientos diestros, acariciaba bajo la mandíbula del zorro mientras hablaba sin siquiera mirar a Kael.
—Es suficiente por hoy. Puedes retirarte.
—¿Perdón?
—¿No me has oído? Lárgate.
—Ah, sí. Majestad.
Kael se inclinó mecánicamente en una reverencia y retrocedió. Una vez que la presencia amenazante desapareció, el zorro se acomodó en el regazo de Adrian para disfrutar plenamente de sus caricias. Sus rodillas eran un refugio confortable: firmes y cálidas a la vez.
Mmm. Qué bien se siente. La mano de Adrian ahora acariciaba su cabeza en lugar de la barbilla. Sintiéndose feliz, el zorro frotó su cuerpo contra sus rodillas. Entonces, estiró su pata delantera sin pensar y sus garras rozaron una textura extraña. No era la tela suave de la ropa, sino algo rígido y áspero.
¿Qué es esto?
Movido por la curiosidad, abrió los ojos y lo que vio fue una tela blanca envuelta en la mano izquierda de Adrian. Era un vendaje idéntico al que él llevaba en su propia pata.
El zorro acercó la nariz. Olía ligeramente a hierbas medicinales y vagamente a sangre. Solo entonces, un recuerdo que había olvidado cruzó por su mente: la sensación de sus dientes perforando la piel dura, el sabor metálico que se extendió por su boca.
Esto es… la mano que yo mordí.
Las pupilas del zorro temblaron.
Aquel ser lo había salvado. Aunque lo había engañado una vez, era el único humano que lo había protegido del peligro y le había dado comida caliente. Y, sin embargo, él le había causado una herida.
El zorro acercó con cuidado la punta de su nariz a la mano herida de Adrian y luego se retiró. Parecía no saber qué hacer. Tras repetir ese movimiento un par de veces, levantó la cabeza para mirar a Adrian.
—{—Kkiing, kkiing…}.
El zorro agachó el cuerpo y plegó las orejas hacia atrás mientras esperaba la reacción de Adrian. Era la postura de sumisión instintiva que había aprendido para sobrevivir en la calle. Los humanos son aterradores: golpean, ahuyentan y lanzan piedras. El zorro sabía muy bien cómo reaccionaban los humanos ante un animal que les causaba daño.
Por eso tenía más miedo. Temía que este humano se enfadara. Temía que este ser que lo había rescatado terminara convirtiéndose en alguien como los demás.
Con cautela, volvió a acercar la nariz a su mano. Esta vez no retrocedió. Con su pequeña lengua, lamió suavemente la zona de la herida. Lo siento. De verdad, lo siento.
La mano que acariciaba su cabeza se detuvo de repente. Al cesar el contacto, el cuerpo del zorro tembló levemente. Movió los ojos inquieto, observando la reacción de Adrian.
—Está bien.
Las palabras que escaparon de sus labios fueron sorprendentemente cálidas.
—No es culpa tuya. Al contrario, lamento haberte asustado.
Las orejas del zorro volvieron gradualmente a su posición normal. Lo miró como si no pudiera creerlo. ¿No está enfadado? ¿De verdad?
A pesar de sus palabras, la expresión del zorro no se relajó por completo; seguía pareciendo cauteloso y ansioso. Adrian, para demostrarle que todo estaba bien, movió su mano y, con sus dedos largos y nudosos, rascó suavemente detrás de sus orejas puntiagudas. Como era de esperar, la tensión abandonó poco a poco el cuerpo del zorro. Sus orejas se relajaron cómodamente y la punta de su cola se agitó apenas un poco.
Este hombre es diferente. No me golpea. No se enfada aunque lo haya lastimado. No me lanza piedras ni agita escobas. Al contrario, se preocupa por mí.
Pronto, en sus ojos ya no había rastro de disculpa, culpa o miedo, sino que se fueron llenando lentamente de alivio y confianza.
En el momento en que Adrian se encontró con esos ojos transparentes y puros, la razón dio un grito de advertencia en algún lugar de su mente.
No le tomes cariño.
Esta criatura pertenecía a lo salvaje. Era un ser que debía ser devuelto a la naturaleza cuando sanara. Si le tomaba cariño ahora, este pequeño lo pasaría mal después.
Su papel era simple: tratar a esta pequeña vida, ayudarla a recuperarse y devolverla a su lugar de origen. Nada más y nada menos.
Adrian se mordió el labio inferior y, al soltarlo, intentó retirar la mano lentamente. Sin embargo, en el instante en que el zorro inclinó su cabecita y frotó suavemente su mejilla contra la palma de su mano, todo juicio racional flaqueó por completo.
Un calor acogedor. Y dentro de él, una confianza incondicional.
Los dedos de Adrian temblaron imperceptiblemente. Ante un ser que le enviaba un afecto tan puro y sin cálculos, su corazón, que solía ser como una fortaleza inexpugnable, se tambaleó sin remedio.
El pequeño zorro, ajeno al complejo estado mental de Adrian, seguía frotando su cara contra la palma de su mano, entregado por completo a su demostración de afecto. Era un agradecimiento puro hacia quien había perdonado su error.
Finalmente, Adrian soltó una risa silenciosa, como si no tuviera otra opción, y simplemente lo dejó estar.
Supongo que… esto no hará daño.
Pensó él, con esa actitud indulgente.

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