Capítulo #10 "Un Día, Me Encontré Con Un Zorro"
—¿Qué pasa? ¿Acaso hay algo que ver?
Ante esas palabras lanzadas de repente, el zorro giró la cabeza con brusquedad, como si se hubiera llevado un buen susto. Aquella reacción fue tan humana que Adrian, conteniendo una risa interna, terminó de cambiarse de ropa. Una vez vestido con prendas limpias, se reclinó en la silla que estaba junto a la cama. Pensaba esperar a que el zorro se durmiera plácidamente para regresar a su despacho.
Al ver que él no se acostaba en la cama y permanecía sentado en la silla, el zorro ladeó la cabeza. Lo miraba con sus ojos redondos e inclinaba su pequeña cabecita hacia un lado, como si le preguntara: ¿Por qué no duermes tú también?
—Yo dormiré más tarde, así que duerme tú primero.
—¿Kkiing?
¿Por qué?
Con expresión de no entender nada, el zorro miró una vez hacia la ventana. La luna seguía flotando en el cielo.
¿Acaso no es natural dormir cuando llega la noche? ¿De verdad será un animal nocturno como los búhos?
El zorro ladeó la cabeza de nuevo, mirando alternadamente hacia la ventana y hacia Adrian; entonces, asomó su pequeño hocico y mordisqueó suavemente la manga del hombre con sus dientes. Acto seguido, comenzó a tirar de él hacia la cama con sus escasas fuerzas.
—¿Quieres que durmamos juntos?
Adrian arqueó una ceja, intrigado. Le resultaba tan ridículo como tierno ver cómo intentaba arrastrar con unos pocos dientes a un humano que le superaba varias veces en tamaño.
—Ya veremos.
Adrian puso fuerza en su brazo a propósito para resistir. Ante esto, el zorro empezó a gemir de esfuerzo y se aferró a la manga tirando con más ganas. Su pequeña cabeza se sacudía de lado a lado y sus cuatro patas patinaban en un esfuerzo que resultaba de lo más desesperado.
—Si logras vencerme, dormiré contigo.
Como si hubiera entendido aquellas palabras, los ojos azules del zorro brillaron con intensidad. Su rostro rebosaba una confianza absoluta en su victoria. En lugar de soltar la manga, esta vez el zorro empezó a tirar de Adrian usando todo el peso de su cuerpo.
Un cuerpecito diminuto intentando avanzar contra un cuerpo enorme que resistía. El resultado era obvio, pero el zorro no se rindió. Al final, fue Adrian quien capituló primero. Era absurdo emplearse a fondo contra un zorro tan pequeño; además, si seguía resistiendo así, temía que los dientecitos del cachorro pudieran lastimarse.
—Está bien, tú ganas.
En cuanto Adrian relajó la fuerza y subió dócilmente a la cama, el zorro, como si estuviera embriagado por la victoria, agitó la cola con frenesí y ladró triunfante.
—¡Kyang!
¡He ganado!
Ante esa escena, Adrian terminó soltando una carcajada. Hacía cuánto que no se reía así. Tras reír un buen rato, apoyó la cabeza en la almohada que el zorro había estado ocupando hasta hace un momento. El animal se acercó trotando, como si hubiera estado esperando ese instante. Apoyó su pequeño cuerpo contra el costado del hombre y se retorció un rato buscando la postura más cómoda.
Adrian acarició el lomo del zorro. Bajo su tacto, el animal cayó pronto en un sueño profundo. El sonido de su respiración acompasada resonó en el silencioso dormitorio.
¿Se habrá dormido ya?
Adrian aguzó el oído. El aliento rítmico mecía suavemente el aire tranquilo de la noche.
Ya puedo levantarme. Seguramente la limpieza ya habrá terminado a estas alturas. Tras confirmar una vez más que el zorro estaba profundamente dormido, Adrian intentó incorporarse con cuidado.
Sin embargo, quizás fuera por la calidez que emanaba de la temperatura corporal del zorro, pero sintió una languidez en el cuerpo que le impedía levantarse con facilidad. Se sentía como si estuviera sentado frente a una chimenea rugiente, envuelto en una manta acogedora, en medio de una gélida noche de ventisca. No quería romper aquel bienestar.
Adrian vaciló un instante y, sin darse cuenta, volvió a recostarse para observar al zorro. El pequeño animal dormía en paz, entregado por completo a él sin mostrar ni un ápice de cautela. Aquella imagen de total vulnerabilidad le transmitía una extraña tranquilidad.
Solo un poco más…
Se justificó a sí mismo mientras permanecía allí y, contra su voluntad, sus ojos se cerraron lentamente. En ese preciso momento, la calidez y la paz que le brindaba aquella pequeña criatura le parecieron más valiosas que cualquier otra cosa.
La responsabilidad, el deber, el peso del imperio... todo aquello que siempre oprimía sus hombros se fue desvaneciendo hasta que, finalmente, él también cayó en un sueño profundo.
༺♡༻
La mañana en el Palacio Imperial siempre era bulliciosa.
Incluso antes de que despuntara el alba, sirvientes y doncellas se movían con rapidez por todos los rincones del palacio.
En un lado de la lavandería, el vapor se elevaba desde una enorme caldera. Elisa, una joven doncella parada ante el agua caliente, detuvo sus manos mientras organizaba la ropa y observó la expresión de Hanna, la jefa de lavandería. Parecía que quería decir algo pero no se atrevía, hasta que finalmente abrió la boca con cautela.
—Hanna, ¿te has enterado? Dicen que Su Majestad recogió a un zorro.
La mano de Hanna, que agitaba una paleta de madera, se detuvo un momento. Echó una mirada rápida a su alrededor y respondió bajando la voz:
—Elisa, cuida tus palabras. ¿Qué harías si alguien te oye?
—Pero si todos hablan de lo mismo. Dicen que lo trajo él mismo en brazos tras salir herido en el torneo de caza. Fue todo un revuelo.
Los ojos de Elisa brillaban de curiosidad. Para ella, el Emperador era como una nube en el cielo: un gobernante implacable y perfecto al que ni siquiera se atrevía a mirar. Que alguien así hubiera mostrado misericordia hacia una bestia salvaje era una historia increíblemente fascinante.
Hanna soltó un pequeño suspiro.
—No es un rumor, es la verdad. Mi primo trabaja en la cocina y dice que ayer de madrugada ordenaron asar pato de repente. Sin condimentos, sin un solo hueso y solo la carne más tierna.
—¡Cielo santo...! ¿En serio? —Elisa abrió la boca sorprendida.
Era inimaginable que el Emperador se preocupara tanto por la comida de un animal, cuando ni siquiera prestaba tanta atención a la suya propia.
—Sí. Y dicen que lo está criando en su propio dormitorio real.
—¿En su dormitorio? ¿Cómo puede ser con un animal...?
El dormitorio del Emperador era el espacio más sagrado y secreto del imperio. Meter allí a una bestia salvaje era, de por sí, algo inaudito.
Hanna agitó la ropa dentro de la tina de lavado de donde brotaba vapor caliente y bajó aún más la voz.
—Todos intentan ser discretos, pero para ser sincera, corre el rumor de que esto no es normal. ¿Cuándo hemos visto a Su Majestad poner tanto empeño en un ser vivo?
—¿A qué te refieres con que no es normal?
Hanna volvió a mirar a su alrededor y susurró con el rostro medio oculto por el vapor:
—En el Este dicen que los zorros hechizan a las personas para quitarles el hígado. Por eso desde tiempos antiguos se les considera criaturas malignas y de mal agüero. No han pasado ni unos días desde que apareció ese zorro y parece que Su Majestad ya ha perdido el juicio por esa pequeña bestia…
Se detuvo un momento y agitó la paleta con más fuerza.
—Digo esto solo por si acaso, pero en el palacio se comenta que ese zorro podría ser un espectro que apareció para embrujar a Su Majestad. Y para colmo, es de ese color negro tan inquietante…
Criatura maligna. Hechizar. Ante esas palabras, el rostro de Elisa se puso serio. Si ese zorro fuera realmente un ser demoníaco, ¿no sería un gran problema?
—En fin, basta ya. Dejemos de hablar de esto y muévete rápido.
En la lavandería volvió a reinar el sonido del agua agitada y el siseo del vapor. Las dos doncellas no volvieron a abrir la boca, concentrándose en sus tareas como si nada hubiera pasado.
༺♡༻
A esa misma hora, una paz serena, como hacía mucho no se sentía, envolvía el dormitorio del Emperador.
Aquel aposento, que normalmente habría estado lleno del sonido de las páginas de un libro al pasar o del rasgueo de una pluma sobre el papel, se hallaba hoy sumido en un silencio absoluto.
El primero en recuperar la conciencia en la habitación fue el pequeño zorro.
—Kkung... kkung…
Un gemido escapó de lo profundo de su garganta. Su cuerpo empezó a temblar levemente hasta que, de pronto, tras un sacudida brusca y un agudo "¡Kkaeng!", abrió los ojos de par en par.
El zorro movió su cuerpo con inquietud mientras vigilaba el entorno. Tras recorrer el cuarto con una mirada teñida de espanto, solo cuando confirmó que la suave luz del sol se filtraba por la ventana, soltó un suspiro de alivio largo y profundo: Fiuuuu.
Había tenido una pesadilla. Sacudió la cabeza de lado a lado como si quisiera desprenderse de los recuerdos sombríos, pero esas sombras pesadas no desaparecían con facilidad.
Su instinto, brotando desde lo más profundo del alma, suplicaba consuelo, y su mirada se dirigió naturalmente hacia un solo punto. Al observar la expresión apacible de él mientras dormía, sintió que su corazón agitado se calmaba poco a poco.
El zorro se quedó un largo rato observando a Adrian en sus sueños, esperando a que abriera los ojos. Sin embargo, por más que pasaba el tiempo, él no parecía tener intención de salir del mundo de los sueños. A medida que la luz solar que se filtraba por la ventana se volvía más brillante y teñía la habitación de claridad, al zorro le resultaba cada vez más difícil quedarse quieto.
Tengo hambre. Me aburro.
Ojalá se despertara pronto y me diera otra vez esa carne deliciosa... pero no da señales de abrir los ojos.
¿Por qué no se levanta?
El zorro ladeó la cabeza, frustrado.
¿Será que está enfermo?
Presionó la frente del hombre con sus almohadillas, que a diferencia de otros zorros, eran blanditas y de un color rosado.
No parece tener fiebre. ¿O será que los humanos suelen dormir tanto tiempo?
El zorro rozó ligeramente el cuello de la ropa de Adrian con sus garras. Pero él no daba muestras de querer despertar. Dormía de forma tan profunda y serena, como si en este preciso instante estuviera recuperando todas las horas de sueño que las noches pasadas le habían robado.
¿Hasta cuándo vas a seguir durmiendo? Levántate ya, dame algo rico y juega conmigo.
Incapaz de contenerse más, el zorro golpeó suavemente la mejilla de Adrian con su propia nariz: ¡Kon!
Pero Adrian seguía sin inmutarse.
Esta vez, con más audacia, el zorro levantó su pata delantera izquierda —suave como un pastelito de sésamo negro— y le dio unos golpecitos en la mejilla. Las mullidas almohadillas tocaron su piel, pero él seguía sin dar señales de emerger del sueño.
—¡Hung!
Finalmente, la pequeña bola de pelos se enfadó.

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