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Capítulo #11 "Un Día, Me Encontré Con Un Zorro"


Capítulo 11

—¿Tan poca reacción después de tanto esfuerzo por despertarlo?


El zorro sintió que el desaire le subía por el pecho. Estaba a punto de resoplir un enfadado ¡fuu! por la nariz y darle la espalda, cuando algo captó su atención.


Su mirada se clavó en las hebras doradas esparcidas sobre la almohada.


Bajo la luz de la mañana, aquel cabello brillaba como esos insectos extraños que veía en el bosque o como la hierba silvestre meciéndose al viento. Levantó con cuidado una patita delantera, redonda como un pompo de algodón, y lanzó un suave zarpazo hacia el pelo de Adrian. Los mechones desordenados se agitaron.


Sus pupilas azules brillaron con picardía.


¡Esto es divertido! El zorro se acomodó en una postura relajada y empezó a jugar con el suave cabello rubio de Adrian como si fuera un juguete nuevo. Lo presionaba con sus almohadillas y luego intentaba atraparlo con movimientos rápidos. El cabello del Emperador, que siempre solía estar impecablemente peinado, se convirtió en el campo de juegos de un pequeño cazador y empezó a enredarse por todos lados.


Adrian frunció levemente el entrecejo en sueños, pero seguía sin dar señales de emerger de su letargo. Envalentonado, el zorro se acercó aún más a su cabeza. Su cola se agitó rozando la punta de la nariz del hombre.


—...Mmm.


Un débil balbuceo escapó de los labios de Adrian. Giró un poco la cabeza hacia un lado, como si algo le diera comezón.


¿Por fin va a despertar? Pensando que Adrian abriría los ojos de inmediato, el zorro detuvo sus travesuras y agitó la cola con expectación. Sin embargo, Adrian volvió a sumergirse en el sueño con una respiración rítmica. La cola del zorro se detuvo en seco en el aire. Se desplomó un poco por la decepción, pero no se rindió.


Parecía que había llegado el momento de sacar su arma definitiva.


El zorro acercó su cara a la mejilla de Adrian, asomó un poco su lengüita rosada y le dio una lamió la piel. Una sensación cálida y húmeda se transmitió a la mejilla del hombre.


Ante ese suave estímulo, la conciencia de Adrian, que flotaba en un mar de sueño profundo, empezó a subir lentamente a la superficie. Era una mañana extrañamente despejada; no sentía las pesadillas que solían atormentarlo ni el cansancio que oprimía su cuerpo y mente.


Sin tiempo para procesar el motivo de tanta frescura, algo volvió a rozar su mejilla y los párpados de Adrian se abrieron por completo.


¿Qué acaba de...? En el momento en que giró la cabeza para identificar qué lo estaba despertando, la lengüita del zorro, que iba a lamerlo de nuevo, no tocó su mejilla, sino directamente sus labios.


Ante ese contacto desconocido, los pensamientos de Adrian se detuvieron en seco.


Sus ojos dorados, antes nublados, recobraron el enfoque. Lo que llenaba su campo de visión era el pequeño zorro con una expresión de inocencia absoluta, como si no supiera nada. Sus ojos azules, brillantes como zafiros, parpadeaban mientras lo observaban.

¿Qué acaba de pasar? El cerebro de Adrian necesitó unos segundos para despertar del todo y procesar la situación.


Una sensación húmeda, suave y cálida.


Lo que había tocado sus labios era la lengua de la bola de pelos que tenía justo enfrente.


En toda su vida como Emperador, jamás había experimentado un ataque de este tipo. Podía lidiar con el filo de la daga de un asesino o una copa de vino envenenada, pero nunca había recibido un saludo matutino de esta clase.


—¡Kyang!


El zorro, sin tener idea de lo que acababa de hacer, agitó la cola con alegría, entusiasmado porque Adrian al fin había despertado.


Ya despertaste, así que ahora me darás carne rica, ¿verdad? ¿Qué me darás hoy? ¿Pollo? ¿Ternera? El zorro esperaba que él saliera de la cama para darle de comer. Sin embargo, en lugar de levantarse, Adrian se quedó allí, mirándolo fijamente con la mente en blanco. El zorro dejó de mover la cola y ladeó la cabeza.


¿Qué le pasa? Lo miró con extrañeza mientras él seguía congelado, y de pronto recordó un juego que había visto hacer a los humanos alguna vez.


El juego de las estatuas.


No lo entendía muy bien, pero consistía en que si un humano se quedaba quieto como el hielo, otro venía, le daba un toque y salía corriendo.


¿Quiere jugar a eso ahora? ¡Está bien, jugar antes de comer no es mala idea! Interpretando así la inmovilidad de Adrian, el zorro le lamió rápidamente la mejilla una vez más y salió disparado como una flecha.


—... ¿?


¿Qué clase de situación absurda era esta?


Adrian se sentó en el borde de la cama, observando en silencio qué nuevas artimañas planeaba la bola de pelos frente a él.


Como él seguía sin moverse, limitándose a observarlo, el zorro empezó a provocarlo de nuevo. A pesar de su pata herida, daba saltitos ligeros y correteaba por la habitación con agilidad.


Ah... quiere que juegue con él. Solo entonces Adrian comprendió el significado de sus acciones y se levantó pausadamente de la cama.


La cama crujió levemente cuando su cuerpo, forjado con músculos sólidos, se movió. Al sentir el movimiento, el zorro asomó solo sus ojos azules desde detrás de la pata de una mesa para espiarlo. Era una mirada provocadora que decía: "A que no me atrapas".


Ante tal audacia, una débil sonrisa apareció en los labios de Adrian.


—No voy a tener piedad.


En el momento en que lanzó esa advertencia juguetona y se inclinó para atraparlo, la bola de pelos escapó hacia el lado opuesto a toda velocidad. Adrian cambió de dirección para acorralarlo, pero el zorro usó su pequeño tamaño para escabullirse rápidamente.


El enorme dormitorio imperial se convirtió en un instante en un patio de juegos para las escondidas. El zorro era bastante rápido. ¿Cómo podía correr así con una pata herida? Resultaba asombroso ver tanta energía saliendo de un cuerpo tan pequeño.


Tras una larga persecución, Adrian finalmente acorraló al zorro en una esquina. La única salida era pasar entre sus piernas. El zorro miró de reojo el espacio entre las piernas de Adrian, esperando su oportunidad, y cuando creyó verla, se agachó para intentar escapar a toda prisa.


Pero la mano de Adrian fue más rápida.


—Te tengo.


El diminuto zorro quedó atrapado entre las manos de Adrian. Él apuntó a sus suaves costados y empezó a mover los dedos de forma juguetona para hacerle cosquillas.


—¿Cómo te atreves a llenar de saliva la cara del Emperador y luego intentar huir? Será mejor que te prepares.


Adrian le hizo cosquillas con suavidad en la panza, los costados y hasta en el cuello. 


El zorro se retorcía incapaz de resistir las cosquillas, pero gemía de alegría aceptando el contacto.


Fue entonces cuando la mano de Adrian rozó accidentalmente la pata herida del zorro.


—¡Kka-gaeng!


Un alarido capaz de romper los tímpanos estalló en el aire. La mano del hombre se congeló en el acto. La sonrisa que habitaba en sus labios desapareció en un abrir y cerrar de ojos. El ambiente, que hasta hace un segundo estaba lleno de alegría, se volvió gélido de inmediato.


—¿Estás bien?


Extendió la mano con cuidado hacia el zorro para comprobar si la herida había empeorado. Pero el zorro rechazó el contacto con firmeza. Como si tuviera miedo de que volviera a lastimarlo, escondió desesperadamente su pata herida bajo su cuerpo.


Kkiing, kkiing... El llanto lastimero del zorro le desgarró el corazón a Adrian. El hecho de haber lastimado a la pequeña criatura por un error suyo lo atormentaba. Se agachó aún más y suavizó su voz para no asustarlo.


—Lo siento. Yo... no tuve cuidado.


Fue una disculpa torpe y poco acostumbrada, pero más sincera que cualquier otra palabra.


Y justo en ese momento…


—¡Heh!


Un brillo pícaro cruzó los ojos azules del zorro.


Como si gritara "¡Plan ejecutado con éxito!", se levantó de un salto del lugar donde yacía fingiendo dolor. Y antes de que Adrian pudiera reaccionar, le lamió rápidamente la punta de la nariz y huyó como el viento hacia la distancia.


Adrian, completamente petrificado en su lugar, observó al zorro, que desde lejos agitaba la cola con fuerza como declarando su victoria. En su rostro parecía dibujarse una sonrisa humana. Sus brillantes ojos azules decían claramente: "¿Qué tal? ¿Te engañé?".


—Ja…


Adrian soltó una risa de incredulidad. Él, que había sobrevivido a toda clase de intrigas y estratagemas palaciegas desde su infancia, acababa de ser engañado por completo por la actuación de una bola de pelos más pequeña que la palma de su mano.


El zorro, satisfecho con el éxito de su interpretación perfecta, agitaba la cola con más entusiasmo todavía. Esa actitud tan digna y llena de travesura resultaba tan irritante como adorable.


Una sutil sonrisa se extendió por los labios de Adrian. Sentía que, después de mucho tiempo, alguien le había ganado la partida de forma redonda. Y encima, se trataba de un oponente tan minúsculo.


—Ven aquí.


Su voz baja y suave contenía un afecto que sonaba a orden. Aun así, esta vez el zorro no se movió ni un milímetro. Al contrario, ladeó la cabeza como diciendo "¿Por qué debería?", burlándose de él.


Así que quieres seguir jugando, ¿eh? La mirada de Adrian cambió al instante. Brilló con una intensidad peligrosa, como la de un depredador que acaba de localizar a su presa. Al detectar instintivamente ese cambio, la cola del zorro se erizó por la alerta; al darse cuenta de que estaba en aprietos, giró sobre su cuerpo a toda prisa.


¡Tengo que esconderme! La bola de pelos negra salió disparada como una flecha y se ocultó tras las pesadas cortinas. Solo la punta blanca de su cola sobresalía mínimamente por el borde.





 

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