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Capítulo #17 Un Día, Me Encontré Con Un Zorro"


Capítulo 17


Paso a paso. Fue un movimiento cauteloso, extremadamente precuidadoso, como si estuviera evitando una trampa o vigilando a un cazador. El rastro de ese movimiento se detuvo justo al lado de la cama. Sin duda, lo estaba observando. Parecía estar comprobando si Adrian realmente dormía o si se trataba de algún truco.


Adrian imitó un ligero quejido y se removió como alguien sumido en un sueño ligero. Fue una actuación perfecta. Tranquilizado por su actitud, se escuchó un suave cloc y un lado del colchón se hundió imperceptiblemente.


Finalmente, había subido. Adrian estuvo a punto de sonreír y abrir los ojos, pero se contuvo a duras penas. Aún no terminaba. Tenía que esperar un poco más hasta que el zorro bajará la guardia por completo y se acomodara.


Unas patitas pequeñas caminaron con ligereza sobre la manta. Se detuvieron cerca de su pecho y dieron un par de vueltas, como buscando el lugar ideal. Pronto, tras encontrar la posición que le gustaba, se escuchó un suspiro reconfortante y Adrian sintió el calor del cuerpo del animal ovillándose contra él. Acto seguido, una respiración rítmica y tranquila empezó a escucharse.


El plan había sido un éxito. En la oscuridad, una leve sonrisa se dibujó en los labios de Adrian.


Su predicción de que el zorro terminaría buscándolo si se quedaba en la cama había sido acertada. Había decidido intentarlo al recordar cómo el animal solía buscarlo o acercarse a él inconscientemente.


Ahora, una vez que la criatura estuviera profundamente dormida, planeaba moverla con cuidado a un lado y regresar al despacho. Lo de ayer había sido una excepción; no creía poder conciliar el sueño hoy tan fácilmente. Era mejor leer un documento más que quedarse tumbado mirando al vacío.


Se quedó allí, acostado y con los ojos cerrados, esperando a que el zorro se durmiera. El calor de ese pequeño ser vivo se filtraba a través de su fino pijama directamente hacia su pecho.


Era cálido y pacífico. Creía que su mente aún estaba despejada, pero una languidez empezó a relajar la tensión de todo su cuerpo, como si descendiera una densa niebla. Sintió que la maldición del insomnio, que lo había encadenado durante tanto tiempo, se desvanecía y se dispersaba.


¿Estaré cansado?


No era posible. Debido a su insomnio crónico, por muy cansado que estuviera, nunca podía dormir bien. Sin embargo, ayer, por alguna razón, durmió profundamente durante ocho horas. No había forma de que estuviera físicamente agotado.


¿Sería que su cuerpo intentaba recuperar de golpe toda la falta de sueño acumulada? ¿O quizás estaba entrando en una fase de transición mientras su organismo se adaptaba a un cambio repentino de estilo de vida?


Junto con la duda, una paz desconocida fue invadiendo todo su ser.


Adrian intentó espantar el sueño, pero no pudo levantar sus párpados cada vez más pesados. La respiración pausada del zorro se filtró en su mente como una canción de cuna. Como si hubiera caído bajo un hechizo irresistible, su conciencia se hundió lentamente en una bruma difusa.



༺♡༻



La tenue luz del sol matutino se filtró por la ventana junto a la cama.


Adrian abrió los ojos más tarde de lo habitual, pero más temprano que ayer. Hoy también sentía el cuerpo ligero como una pluma y la mente clara, como si la niebla se hubiera disipado. Anoche, olvidando por completo su plan de regresar al despacho, se había quedado dormido junto al zorro.


Al girar la cabeza, vio la bola de pelos negra ovillada junto a su muslo. Dormía profundamente con una respiración rítmica.


Ya iban dos días seguidos. Dos días durmiendo profundamente sin sufrir el asfixiante insomnio. Y todo desde que esa pequeña bola de pelos llegó a su lado. Era una coincidencia demasiado perfecta.


¿Sería simple azar? ¿O había algo especial en esta criatura? Una sospecha cruzó su mente, pero sacudió la cabeza para borrarla.


Si ni el Papa pudo curar mi enfermedad, ¿cómo lo haría un zorro del tamaño de una palma? Murmuró para sí que era una tontería mientras se incorporaba en la cama. En ese instante, como si supiera que él se movía, el zorro abrió los ojos de par en par.


Su mirada, aún nublada por el sueño, parpadeó un par de veces para situarse. ¿Sería imaginación suya que esos ojos se veían inusualmente cansados? No sabía si era por haber despertado recién o si realmente estaba agotado, pero la fatiga era evidente en la mirada del animal.


—Zorrito.


Al oír el llamado de Adrian, el zorro pareció recobrar el sentido y se enderezó de un salto. Pero esta vez no huyó como ayer; simplemente mantuvo una distancia prudencial sobre la cama y lo observó.


—¿Sigues enfadado?


En lugar de responder, el zorro giró la cabeza con brusquedad. Seguía mostrando claramente su resentimiento con un aire bastante altanero.


Pero eso fue todo. Si estuviera realmente furioso, ya habría escapado bajo la cama, pero allí seguía sentado. Incluso soltó un gran bostezo, mostrando sus afilados colmillos.


Se frotó la cara con las patas delanteras como queriendo secarse las lágrimas del sueño, con un aspecto que gritaba que se moría de ganas de seguir durmiendo. Adrian se preguntó si se habría quedado jugando solo mientras él dormía; no entendía por qué estaba tan cansado.


Extendió la mano y acarició la cabecita que se había girado con desdén. El cuerpo del zorro se tensó un momento, pero no huyó. Al contrario, cerró los ojos dejándose llevar por la caricia.


Un cansancio profundo, como si hubiera pasado la noche en vela, emanaba de todo su cuerpo. Finalmente, sin fuerzas para resistirse, apoyó la mejilla en la palma de Adrian.


Toc, toc.


En ese momento, llamaron a la puerta del despacho.


—Majestad, es la jefa de servicio. He traído la vestimenta que usará esta tarde. 

—Adelante.


La puerta se abrió, pero los pasos de la jefa de servicio se detuvieron antes siquiera de entrar del todo. Su mirada acababa de descubrir la bola de pelos negra acurrucada sobre la cama del Emperador.


Escuchar que el Emperador había cenado con un zorro ayer ya había sido sorprendente, pero lo que veía ahora superaba cualquier expectativa. Que un animal pequeño ocupara con tanta libertad el lecho imperial, donde nadie se atrevía siquiera a poner un pie…


La jefa de servicio intentó controlar su expresión y entró con la ropa del soberano como de costumbre.


Limítate a hacer tu trabajo. Haz como si no hubieras visto nada.


Sin embargo, sus ojos se desviaban una y otra vez hacia la cama. Sobre el pijama de seda de alta calidad que Adrian se había quitado, un zorro se hacía un ovillo.


Que las patas de una bestia sucia tocaran esa tela preciosa, hecha exclusivamente para la familia imperial... La jefa de servicio, que había servido a la corona durante tres generaciones, sentía ganas de desmayarse. Tras recuperar la compostura y ayudar a Adrian a vestirse, habló con cautela.


—¿Desea tomar el desayuno en el despacho como siempre? —Así lo haré. 

—Entonces... el zorro…


Su voz se apagó. Su mirada seguía fija en el ser que dormía plácidamente sobre el pijama del Emperador. Adrian siguió esa mirada y frunció el entrecejo al ver al animal.


Era extraño.


¿Cómo era posible que, por muy cansado que estuviera, su cautela hubiera desaparecido por completo en una sola noche?


Hasta ayer mismo, en cuanto veía a las sirvientas, corría a esconderse tras las piernas de Adrian. Pero ahora, lejos de estar alerta, soltaba bostezos lánguidos. No parecía que su cautela se hubiera esfumado, sino que estaba tan agotado que no podía mantener la tensión. Una profunda duda cruzó los ojos de Adrian.


¿Por qué demonios está tan cansado?


Le resultaba ajeno ver así al zorro, que normalmente a esta hora le hacía mimos pidiendo comida. Preocupado por si estaba enfermo, acarició con cuidado la suave mejilla del animal con la punta de los dedos.


Ante el toque, el zorro abrió los ojos lentamente.


—¿Tienes sueño? ¿Quieres dormir más? ¿O prefieres comer?


Comida.


Esa palabra fue como un conjuro mágico.


Los ojos azules que hace un segundo estaban a medio cerrar por el sueño se abrieron de par en par. El enfoque difuso se volvió nítido al instante y una llama de codicia ardió en sus pupilas.


¡Comida!


Su pequeño cuerpo, que antes parecía lánguido, se incorporó de un salto. Su lengua salió disparada para lamerse la nariz negra. Como si hubiera olvidado el enfado y el sueño, una pura expectativa por la comida emanaba de toda la bola de pelos.


Parece que no estaba enfermo.


Sintiéndose aliviado, Adrian le ordenó a la jefa de servicio:


—Trae el desayuno aquí. También el del zorro. —... Sí, Majestad.


La mujer hizo una profunda reverencia y salió del dormitorio.


En cuanto salió, el zorro saltó de la cama como si hubiera estado esperando el momento y empezó a frotarse contra las piernas de Adrian. Como si no recordara el resentimiento de ayer, su suave cola acarició dulcemente los pantalones del hombre.


—¿Tanto te gusta la comida?


En lugar de responder, el zorro movió la cola a una velocidad casi imperceptible. Emitió un gemido impaciente y empezó a dar vueltas alrededor de las piernas de Adrian. Esa bola de pelos moviéndose frenéticamente parecía gritar con todo su cuerpo: "¡Sí! ¡Mucho! ¡Es lo que más me gusta en el mundo!".


Poco después, las sirvientas entraron con bandejas de plata. El aroma del pan recién horneado y de la carne cocinada suavemente llenó la habitación.


Cuando la sirvienta dejó el plato en el suelo, la nariz del zorro se movió con rapidez. Dudó un momento, receloso de la extraña, pero al haberla visto ayer, pareció acostumbrarse rápido y no pudo contenerse: corrió a hundir la cabeza en el plato.


Adrian también tomó asiento. Hoy no era necesario darle más medicina, así que pensó que no habría una pequeña guerra como la de ayer. Comía tranquilamente bajo esa premisa, cuando la jefa de servicio se acercó con una pequeña bandeja de plata. Para su sorpresa, sobre la bandeja había un papel con medicina en polvo, exactamente igual al de ayer.


Ya se la di ayer, ¿por qué la trae de nuevo? Al leer su expresión, la mujer inclinó la cabeza con respeto y explicó:


—El doctor Alex dijo que debe seguir tomándola al menos durante tres días. Dijo que es un antibiótico para prevenir infecciones.





 

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