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Capítulo #18 Un Día, Me Encontré Con Un Zorro"


Capítulo 18

La mirada de Adrian se deslizó discretamente hacia un lado. ¿Habrá entendido este pequeño la conversación? Si fuera un animal común, no le preocuparía, pero este zorro era diferente. No era la primera ni la segunda vez que mostraba una mirada que parecía comprender perfectamente el lenguaje humano.


Afortunadamente, el zorro estaba sumergido en la tarea más importante del mundo en ese momento: devorar los trozos de carne picada frente a su tazón. Al ver cómo su lengua rosada se movía con rapidez lamiendo el fondo del plato, parecía que no había escuchado nada.


Sin embargo, la preocupación de Adrian no terminaba ahí. Un problema mucho más espinoso pesaba en su mente.


¿Cómo voy a darle la medicina hoy?


El desastre de ayer estaba vívido en su memoria. Había escondido la medicina astutamente dentro de la carne, pero el zorro, tras un solo bocado, la escupió de inmediato. ¡Y qué mirada de traición le lanzó en ese momento! Al final, Adrian tuvo que sujetar al zorro mientras este pataleaba para obligarlo a tragarla, y el precio fue alto: el animal lo ignoró durante todo el día. Su enfado solo se disipó casi veinticuatro horas después.


Y ahora, hoy, tenía que repetir lo mismo.


Si lo obligaba de nuevo, estaba seguro de que el enfado no duraría solo un día; probablemente se encerraría en algún rincón durante varios. Pero no podía saltarse la dosis. Era preferible ser odiado a que esta bola de pelos siguiera enferma.


Adrian tragó saliva y tomó el sobre de medicina. El crujido del papel bajo sus dedos se sentía inusualmente pesado.


Va a estallar otra guerra.


En su mente ya se proyectaba la escena: el zorro acurrucado en el rincón más profundo y polvoriento bajo la cama, y él mismo, arrodillado frente a la oscuridad, suplicando patéticamente: "Por favor, solo esta vez. ¿Sí? Es por tu salud".


Él, el Emperador de toda una nación.


¿Cómo es que he acabado en este estado por culpa de una pequeña bestia?

Al pensar en la batalla que se repetiría durante los próximos tres días, se le quitó el hambre. Ya no le apetecía el pan caliente ni el tocino recién frito que habían traído los sirvientes. Incluso el dolor de cabeza, que se había calmado por un rato, volvió a punzarle las sienes.


Fue entonces cuando Adrian, con el ceño fruncido y el sobre de medicina en la mano, se quedó inmóvil.


La jefa de servicio, que observaba la escena en silencio, dio un paso adelante con cautela. Tras tantos años sirviendo en el palacio, parecía haber adivinado de inmediato qué preocupaba al soberano.


—Majestad.


Su voz rompió el silencio con suavidad.


—Si está preocupado por cómo darle la medicina al zorro... ¿me permitiría sugerirle una solución?


¿Una solución?


Ante esa palabra, la mirada de Adrian cambió. Giró la cabeza casi por reflejo para mirar fijamente a la mujer. En sus ojos brillaba una tenue luz de esperanza.


—Habla.


—¿Qué le parece mezclar el polvo con miel? Por muy sensible que sea su olfato, no lo notarán. No hay nada como la miel dulce para ocultar el sabor amargo y el olor medicinal.


Las pupilas de Adrian se dilataron y brillaron. Su expresión se iluminó como la de alguien que encuentra una luz en mitad de la oscuridad. Exacto. Eso era. Para neutralizar lo amargo, lo mejor era lo dulce.


—Tráela de inmediato.


—Sí, Majestad.


Tras recibir el permiso, la jefa de servicio ordenó traer un pequeño frasco con miel de acacia de la mejor calidad. Adrian tomó una generosa cucharada de plata de la viscosa miel y espolvoreó con cuidado la medicina encima. El polvo amargo desapareció por completo bajo el intenso dulzor y la textura pegajosa.


—Zorrito.


¿Ueng?


Al ser llamado con tanta ternura, el zorro, que acababa de terminar de comer y se lamía las comisuras, levantó la cabeza con curiosidad. Cuando vio la cuchara llena de esa miel que brillaba dorada como los ojos de Adrian, su nariz empezó a moverse frenéticamente.


¿Qué es esto?


Un aroma dulce y profundo estimuló su olfato.


—¡......!


¡Esto es... miel!


El zorro, que parecía a punto de abalanzarse, se detuvo de repente.


Adrian pensó que había detectado el olor de la medicina oculta. Pero no era eso. Era un recuerdo de cuando el zorro acababa de poner un pie en estas tierras extrañas.

Cuando llegó por primera vez a este país en un barco mercante, lo que se extendió ante él no fue una naturaleza vasta y pacífica, sino un pueblo caótico y complejo, lleno de humanos con ropas extrañas.


Caído allí sin saber nada, el zorro sobrevivió escondiéndose y rebuscando restos de comida entre la basura. Pero incluso eso era difícil. Ratas de campo más feroces de lo que parecían le arrebataron sus precarios refugios, y tuvo que vagar de un lado a otro escapando de las escobas de personas que lo confundían con un perro callejero enfermo.


Finalmente, encontró un bosque.


Esperaba que vivir allí fuera mejor que en el pueblo humano, pero la realidad fue distinta. Ya había otros animales establecidos en sus territorios y nadie dio la bienvenida al zorro forastero.


Tras vagar varios días sin comer nada, un aroma dulce se filtró en su nariz. Siguiendo el rastro, encontró un panal caído en el suelo. De sus numerosos agujeros brotaba un líquido que brillaba bajo la luz del sol.

Hambriento tras días de ayuno, el zorro se lanzó desesperado, pero antes de poder probar una sola gota de esa dulce miel, fue atacado por un enjambre furioso que lo picó por todo el cuerpo, obligándolo a huir miserablemente.


¿No habrá aquí también de esas abejas aterradoras...?


El zorro examinó con atención el frasco que Adrian le ofrecía. No veía agujeros ni abejas con aguijones afilados.


Tras dudar un momento, bajó la guardia y asomó con cuidado la punta de su lengua rosada para lamer un poco de miel. En ese instante, sus ojos se abrieron de par en par, llenos de asombro y éxtasis.


¡Cielo santo, qué cosa más rica!


Era un sabor dulce y admirable, muy diferente a la carne. Ahora entendía la furia de las abejas; él mismo no se quedaría quieto si alguien intentara robarle algo así.


¡Lamer, lamer, lamer!


Su pequeña lengua empezó a moverse con ferocidad sobre la cuchara. En un abrir y cerrar de ojos, quedó tan limpia como si la hubieran lavado. No contento con eso, el zorro empezó a lamer incluso la mano de Adrian, gimiendo lastimeramente pidiendo más.


—Ya, ya, lo entiendo. Espera, que te daré más.


Adrian se sintió aliviado al ver al zorro dispuesto a vender su alma por el dulzor, sin sospechar siquiera que estaba mezclado con medicina amarga. Debería habérselo dado así desde el principio. Era una solución tan sencilla que hacía que el sufrimiento de ayer por la medicina pareciera absurdo.


Le dio otra cucharada y el animal, completamente cautivado, se lanzó sobre ella. Comió con tanta prisa que la miel pegajosa acabó manchándole los pelos negros alrededor de la nariz y el hocico.


—Qué desastre eres —murmuró Adrian con un ligero chasquido de lengua.


Si no lo limpiaba, seguramente andaría por ahí con el pelo pegajoso y lleno de polvo. Sabiendo por experiencia que esta criatura odiaba profundamente el agua, ordenó a la sirvienta traer una toalla humedecida con agua tibia mientras retiraba la cuchara ya limpia.


—Bien, por hoy es suficiente.


¿Kkiing...?


Ante las palabras de Adrian, una profunda melancolía asomó en los ojos azules del zorro. Acto seguido, empezó a merodear alrededor de sus piernas frotándose suavemente. Era una súplica silenciosa por más.


¿Esto es un zorro o un cerdito?

Se preguntaba cómo cabía tanta comida en ese cuerpo tan pequeño. ¿Será por haber vivido en la naturaleza? Había oído que los animales salvajes, cuando prueban comida de verdad por primera vez, comen sin control por el miedo a pasar 

hambre de nuevo. No sabía si era por eso o si simplemente tenía un estómago enorme para su tamaño.


Adrian guardó la cuchara y el frasco, cortando por lo sano.


—Comer demasiado dulce es malo para la salud. Mañana te daré más, así que aguanta por hoy.


El zorro soltó un breve "ing" de decepción y se lamió el hocico, pero no insistió más. Parecía confiar en que el hombre cumpliría su promesa.


—Buen chico.

Ante el elogio por no hacer un berrinche, el zorro irguió una oreja y lo miró. Pareció ponerse de buen humor al ser felicitado, pues movió la cola alegremente.


Adrian lo tomó en brazos y lo sentó en su regazo. Justo en ese momento, la sirvienta trajo la toalla tibia. Al ver que el Emperador se disponía a limpiar al zorro personalmente apoyando una rodilla en el suelo, la mujer se apresuró a hablar:


—Majestad, nosotras lo haremos.


—No, está bien. Retirense.


Las sirvientas intercambiaron miradas discretas y salieron del despacho en silencio.


—Venga, vamos a limpiarte.


En la privacidad de la habitación, empezó a limpiar con cuidado la miel de la cara del zorro. El animal pareció molesto al principio por el contacto, pero pronto pareció gustarle el calor de la toalla y se dejó hacer. Incluso, al oler el dulce aroma de la miel en la toalla, intentó sacar su pequeña lengua para lamerla.


Al ver tal obsesión por la miel, Adrian se preocupó por un momento de si mezclarla con la medicina había sido realmente la mejor elección.




 

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