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Capítulo #19 Un Día, Me Encontré Con Un Zorro"


Capítulo 19


Comer demasiado dulce no podía ser bueno para su salud. Aun así, era mejor que no tomar la medicina. Adrian borró rápidamente esa preocupación de su mente y, tras limpiar todo rastro de miel, dejó al zorro con cuidado en el suelo.


—Listo. Ya estás limpio, así que haz lo que quieras.


Como ya le había dado de comer lo suficiente, pensaba dejarlo a su aire, ya fuera para dormir o jugar. Adrian se dispuso a retomar su rutina, pero la pequeña criatura empezó a seguir sus pasos como si fuera su propia sombra.


Cuando Adrian se sentaba a la mesa para desayunar, el zorro se metía rápidamente debajo y se acurrucaba; cuando se dirigía al baño para lavarse los dientes, lo seguía trotando con sus patas cortas.


Al regresar al despacho y sentarse frente al escritorio, el zorro lo miró desde sus pies con ojos redondos. Sin embargo, la mirada del hombre ya estaba fija en la montaña de documentos acumulados.


Al darse cuenta de que no le prestaban atención, el interés del zorro se desplazó hacia otro lugar.


Ya había estado antes en el despacho, pero en aquel entonces estaba tan lleno de cautela que solo se limitó a comprobar si había peligros. Esta era la primera vez que exploraba el lugar con calma y confianza.


El zorro se levantó sigilosamente y comenzó una exploración formal dando una vuelta por la estancia.


Olfateó los altos estantes de libros, caminó sobre la gruesa alfombra disfrutando de su tacto mullido y golpeó con la pata el globo terráqueo junto al escritorio, haciéndolo girar. De vez en cuando, su cola se movía alegremente, como si disfrutara de su pequeña aventura.


Sin embargo, la diversión se agotó pronto. Aquí no había flores fragantes ni insectos que se movieran; solo muebles enormes y papeles llenos de cosas que no sabía leer.


El zorro volvió a mirar hacia Adrian. Inclinó la cabeza al verlo tan absorto en los informes.


¿Serán divertidos esos papeles?


Adrian pasaba casi todo el día mirándolos. Para un zorro que no sabía leer, era un misterio absoluto qué podía haber escrito allí para que lo mantuviera atrapado hora tras hora.


Lo miró fijamente, enviándole una súplica con sus ojos azules como zafiros. "Mírame", "Préstame un poco de atención". Pero Adrian, como si los documentos le hubieran robado el alma, permanecía inmóvil con la cabeza baja. Estaba tan concentrado que ni siquiera le importaba que un mechón de pelo le cayera sobre la frente.


El zorro esperó con paciencia. No hubo respuesta. Esperó un poco más. Seguía sin pasar nada.


Algo empezó a hervir en su interior.


Con la paciencia agotada, tomó una pequeña decisión. Se acercó sigilosamente, se situó junto a los pies de Adrian y golpeó suavemente la espinilla del hombre con su frente. ¡Kon!


Juega conmigo. Estoy aquí. Me aburro.


Movió la cola con esperanza mientras miraba hacia arriba. Su brillo ocular era una mezcla de expectativa, ternura y un poco de queja.


Sin embargo, lo que recibió fue un suspiro y una voz distante:


—Estoy ocupado. Ve a aquel rincón y duerme un rato tranquilo.


La cola, que antes se movía con esperanza, cayó sin fuerzas. Sus orejas erguidas se desplomaron con tristeza.


¿Ocupado? ¿Por eso no juegas conmigo?


La decepción lo invadió como una ola. Hace un momento le limpiaba la cara con dulzura y le acariciaba la cabeza... ¿Ya se había cansado de él?


Pero no era un zorro que se rindiera por tan poco. Se levantó y empezó a frotarse contra las piernas del hombre para que lo notara. No hubo reacción. Esta vez, acarició los tobillos de Adrian con la punta de su cola sedosa.


—.......


Adrian ni se inmutó. El zorro se puso de mal humor.


¿Por qué haces como si no existiera?


Él mismo lo había ignorado antes, pero ser el ignorado era una experiencia nueva. Se sentía desconcertado y molesto. De pronto, una idea traviesa cruzó su mente como un relámpago.


¡Es por esos montones de papel que no me mira!


Esos informes sobre el escritorio eran el problema.


Si hago desaparecer esos papeles... jugará conmigo, ¿verdad?


Se acercó trotando al escritorio e intentó saltar sobre él. Tomó impulso con sus patas traseras con valentía, pero su cuerpo chocó contra un cajón y cayó al suelo sin fuerzas.


—¡Kkaeng!


Ante el chillido, Adrian levantó la vista un momento y miró hacia abajo. Allí estaba la bola de pelos, desparramada en el suelo.


Tras quedarse allí tirado un instante, el zorro se encontró con la mirada de Adrian, se levantó de un salto y se sacudió el polvo como si nada hubiera pasado. Parecía decir: "¡Haz como si no hubieras visto eso!".


Cuando Adrian volvió a sus papeles, el zorro —que fingía indiferencia para ocultar su vergüenza— volvió a acercarse al escritorio. Pensaba subir de nuevo. Sin embargo, volvió a fracasar estrepitosamente.


Finalmente se rindió y, en su lugar, miró a Adrian lloriqueando lastimeramente.


—¡Kking! Kkiing…


La mirada de Adrian bajó. Era una petición evidente de que lo subiera.


El hombre soltó un suspiro, pero era un suspiro mezclado con una ternura resignada. Dejó la pluma y se inclinó. Lo tomó con facilidad y lo sentó en su regazo, pensando que allí se quedaría dormido como siempre. Pero el zorro, como si hubiera estado esperando ese momento, saltó de inmediato al escritorio.


Al zorro no le interesaba el regazo; quería eliminar los papeles que le robaban la atención.


¿Y ahora qué hago?


Había logrado subir, pero no había pensado en cómo hacer desaparecer los papeles.


Hum... ¿Y si tiro ese frasco como la otra vez?


Miró a Adrian de reojo y se acercó sigilosamente al tintero. Pero el hombre, como si adivinara sus intenciones, cerró la tapa del tintero sin siquiera mirarlo, para que la tinta no se derramara por mucho que lo golpeara.


¡Ese plan no sirve!


Esta vez caminó sobre los papeles. Clavó sus uñas a propósito, presionando con fuerza: pum, pum. Dejó pequeñas marcas en el papel, pero ni eso fue suficiente para atraer la mirada del Emperador.


Afortunadamente, no eran documentos críticos, sino simples informes que ya había leído varias veces; si se rompían, solo tendría que pedirle a Kael que los redactara de nuevo.


Esto también ha fallado.


Ante el fracaso de sus esfuerzos, el deseo de ganar ardió en los ojos del zorro. Era hora de iniciar el Plan C.


El objetivo estaba claro: la hoja exacta donde estaba apoyada la pluma de Adrian.


Caminó con decisión y ocupó ese papel. No se limitó a sentarse; como quien elige el lugar perfecto para dormir, dio un par de vueltas sobre él y se dejó caer sobre su lomo negro, como si hubiera encontrado el sitio más mullido.


—.......


La pluma de Adrian se detuvo. Su mirada ya no estaba en el informe, sino en la barriguita rosada del zorro.


La bola de pelos empezó a lamerse una pata delantera moviendo la cola con arrogancia. Su actitud decía claramente: "He ganado. Ahora juega conmigo".


Adrian arqueó una ceja.


Hasta ayer, el animal caía rendido tras comer. ¿Por qué hoy estaba tan inquieto y juguetón, saboteando su trabajo? ¿Sería por la miel?


Como sospechaba que no se movería aunque se lo pidiera, extendió las manos para levantarlo. El zorro bajó su centro de gravedad y puso todo su peso para resistirse, soltando un pequeño gruñido de esfuerzo.


Sigue siendo solo una bola de pelos.


Por mucha fuerza que hiciera, para Adrian seguía siendo ligero como una pluma. Envolvió el pequeño cuerpo con ambas manos y lo levantó por los aires.


¡E-esto no debería estar pasando!


Colgando en el aire, el zorro no se rindió y pataleó con sus cuatro patas, aunque para Adrian aquello no era más que un gesto adorable. Lo dejó en un rincón del escritorio, en una zona vacía de documentos, y le puso una hoja de pergamino suave debajo.



—Quédate aquí. Este es tu sitio.


Esto no es lo que yo quería.


El zorro miró el pergamino bajo sus patas. No quería un lugar en el escritorio; quería la atención de Adrian. Al levantar la cabeza, vio que el hombre volvía a tomar la pluma. En ese instante, no dudó más.


Trot, trot.


Cruzó el escritorio de un salto y se acercó a él. Esta vez no fue hacía el papel.


Fue directamente hacia la mano que sostenía la pluma.


Se dejó caer pesadamente sobre ella. Su pequeño pero firme peso cubrió la muñeca y el dorso de la mano del hombre. Ante ese peso, la mano que intentaba seguir trabajando se detuvo en seco.


—Kkyuung…




 

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