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Capítulo #20 "Un Día, Me Encontré Con Un Zorro"


Capítulo 20


Mírame. Juega conmigo.


Incluso su llanto sonaba lo más lastimero y patético posible. El zorro levantó la cabeza para mirar a Adrian, con los ojos tan llenos de humedad que parecía que las lágrimas brotarían en cualquier momento.


—Haaa.


Finalmente, la pluma cayó sin fuerzas sobre el papel.


Adrian admitió su derrota. No podía seguir firmando documentos con ese pequeño alborotador encima de su mano. Fue el momento en que perdió, una vez más, la batalla de voluntades contra una bola de pelos del tamaño de un puño.


—Está bien, tú ganas. Tú ganas.


Tan pronto como las palabras salieron de su boca, las lágrimas que asomaban en los ojos del zorro desaparecieron como por arte de magia. Como si nunca hubieran estado allí, soltó un ¡Kkyang! que sonó como un grito de victoria, mientras su cola empezaba a girar frenéticamente.


—Y bien, ¿qué es lo que quieres?


En lugar de responder, el zorro saltó ágilmente. A pesar de su pata herida, aterrizó perfectamente y trotó hacia la puerta del despacho, rascándola con sus patas delanteras.


Ras, ras, ras.


Su rostro, al girarse, lo apremiaba. Salgamos. Vamos afuera.


—¿Quieres dar un paseo?


Parecía que, tras estar encerrado, tenía ganas de respirar aire fresco. Adrian repasó mentalmente su agenda del día.


Por la mañana, el informe de Kael; por la tarde, la cita con el sacerdote; y después de la cena, terminar los documentos pendientes.


Sin embargo... en el momento en que vio al zorro mirándolo con ojos brillantes y llenos de expectativa, tanto los papeles acumulados como la voz insistente de Kael se borraron por completo de su mente.


Adrian se resignó con un suspiro. Sería mejor dar por perdidas las tareas de la mañana.


Revisó rápidamente su plan: pasaría la mañana con el zorro y llamaría a Kael por la noche para despachar los informes y firmas de un tirón. Si el tiempo no alcanzaba, trabajaría hasta el amanecer.


Le pareció escuchar el grito desesperado de Kael en alguna parte, pero ignoró el sonido, tomó un libro y se levantó de su asiento.


Al verlo moverse, el zorro saltó de alegría como un conejo. Al ver esa reacción, cualquier pensamiento sobre el trabajo acumulado se desvaneció. Al contrario, ver al zorro haciendo monerías para llamar su atención o alegrándose de esa manera, le hizo sentir que su propio estrés se evaporaba. Había intercambiado la velocidad del trabajo por paz mental, y parecía un trato bastante justo.

—Ten cuidado o se te abrirá la herida.


Habló por preocupación hacia su pata, pero el animal no parecía estar escuchando. En cuanto se abrió la puerta, una "bala negra" salió disparada.


Libre de la habitación opresiva, el zorro corrió entusiasmado por los pasillos de mármol bañados por la brillante luz del sol.


Estuvo a punto de resbalar varias veces en el suelo pulido, pero no le importó. Parecía fascinado por el sonido de sus propias uñas resonando en el amplio corredor y mantenía las orejas tiesas mientras seguía corriendo. Tal vez porque ya conocía el lugar o porque Adrian estaba con él, el pasillo ya no le resultaba aterrador.


¿Sabrá por dónde va?


Adrian, caminando lentamente detrás, pensaba mientras observaba al entusiasmado zorro.


Tal como predijo, la energía de la bola de pelos se desinfló al llegar a una bifurcación. El zorro se detuvo sin saber hacia dónde ir e inclinó la cabeza confundido. Luego se giró y empezó a gemir, como pidiendo que viniera rápido a indicarle el camino.


Sabía que pasaría eso después de salir corriendo solo.


Sin inmutarse por las prisas del animal, Adrian caminó tranquilamente hacia el pasillo de la derecha. El zorro lo siguió, acercándose a oler la base de las armaduras gigantes que antes le daban miedo, o intentando atrapar los reflejos coloridos que las vidrieras proyectaban en el suelo.


Debido a que el zorro se entretenía explorando, tardaron más de 30 minutos en llegar al jardín, un trayecto que normalmente tomaba diez. Pero Adrian no dijo nada; simplemente dejó que el pequeño recorriera el pasillo a su antojo.


Cuando finalmente llegaron al jardín, el zorro se quedó petrificado con los ojos muy abiertos, como si hubiera descubierto un mundo nuevo.


Olor a tierra, a hierba y la dulce fragancia de las flores. Era un festín para su olfato. Ante él se extendía una naturaleza hermosa y perfectamente segura, sin rastro de depredadores peligrosos.


—Venga, no hay nadie, juega tranquilo.


Ante las palabras de Adrian, la cola empezó a moverse. Primero despacio, luego cada vez más rápido. Finalmente, incapaz de contenerse, el zorro salió disparado hacia el césped como una flecha.


¡Salto! ¡Brinco! Corría sobre la suave hierba y rodaba sobre su lomo. Este era un lugar de paz, sin hambre, frío ni amenazas; solo luz cálida y aromas agradables.


Adrian lo observó un momento y luego se sentó en un banco bajo la sombra del árbol más grande. Una vez comprobado que el zorro se divertía solo, abrió su libro.


Mientras Adrian leía, algo amarillo y brillante entró en el campo de visión del zorro. Un insecto que volaba agitando sus pequeñas alas.


¡Una mariposa!


Sus ojos azules brillaron con curiosidad. Su instinto reaccionó primero: bajó las patas delanteras y movió ligeramente la cadera en posición de caza. Un instante después, saltó hacia la mariposa.


Pero, cruelmente, la mariposa se elevó justo frente a su nariz.


Picado en su orgullo, el zorro no se rindió. Siguió a la mariposa dando botes. Sin embargo, ella escapaba ágilmente cada vez. Si él extendía la pata, ella subía; si él saltaba, ella se movía a un lado. A diferencia del zorro, que ya estaba jadeando, la mariposa volaba como si bailara, llevándolo hacia una zona apartada del jardín.


Entonces, la mariposa se posó suavemente sobre una maceta rota. Pensando que finalmente la tenía, el zorro se lanzó una última vez, pero ella volvió a elevarse y desapareció.


Tras agitar las patas en el vacío, el zorro chocó la nariz contra el suelo. Duele. Su nariz palpitaba por el golpe. Mientras se frotaba con una pata y levantaba la cabeza con los ojos llorosos, se quedó helado por lo que vio.


Todo estaba muerto.


Las flores estaban negras y arrugadas, y las hojas se deshacían en polvo marrón. Parecía que la vida se había extinguido por completo, dejando que todo se pudriera.


Debido a que el anterior Emperador había cambiado la estructura del jardín, esta zona había dejado de usarse y permanecía abandonada.


—Kkiing…


Sin saber esto, el ánimo del zorro decayó súbitamente. El paisaje le recordaba el frío extremo y el hambre del bosque en invierno. Odiaba con toda su alma ese silencio de muerte.


Con expresión triste, se acercó a una flor marchita y negra. Exhaló un aliento cálido sobre ella, como si creyera que así podría revivirla.


Pero los pétalos secos solo se cayeron sin fuerza. Justo cuando bajaba la cabeza decepcionado, algo aterrizó suavemente en su nariz.


Era la mariposa amarilla de antes.


Movió sus pequeñas antenas y volvió a emprender el vuelo.

Como si la tristeza anterior nunca hubiera existido, el interés del zorro se centró de nuevo en su presa. Corrió tras ella bajo el sol. La mariposa, esquiva, voló hacia el cielo, pero el zorro la seguía de cerca sin rendirse. Finalmente, la mariposa buscó refugio en una fuente.


El zorro no dudó. Como un cazador que avista su objetivo, corrió a toda velocidad y saltó con todas sus fuerzas.


¡paap!


En ese momento suspendido en el aire, estaba seguro: esta vez la atraparía.


Pero la realidad fue otra.


¡Plaf! Con ese sonido, la bola de pelos negra desapareció dentro de la fuente.


Ante el impacto del agua fría, el zorro agitó desesperadamente las patas intentando aferrarse al borde. Pero su pelo, normalmente esponjoso, se volvió pesado como el plomo al absorber el agua, arrastrando su pequeño cuerpo hacia el fondo.


En realidad, el agua de la fuente era bastante poco profunda, y si se hubiera calmado habría podido salir nadando. Pero el pánico lo bloqueó. Arañaba desesperadamente las paredes de la fuente, pero sus uñas no encontraban agarre en la piedra resbaladiza.


Aterrado, gritó con todas sus fuerzas:


—¡Kyark! ¡Kyauung!


Adrian, que se había distraído un momento con el libro, se levantó de un salto al oír el chillido. Al mirar hacia la fuente, vio unas patitas chapoteando desesperadamente.


¿Cuándo demonios se ha metido ahí?


Corrió hacia la fuente y sacó del agua aquel cuerpo empapado que luchaba por su vida. El zorro se aferró a su brazo como si fuera un salvavidas, clavando sus uñas en la ropa de Adrian.


—Kkyuung, kking, kkiing…


—Tranquilo, ya pasó.


A Adrian no le importó que se le rompiera la manga ni que el agua fría empapara su ropa; estrechó contra su pecho aquel cuerpecito que temblaba de frío. Lo acarició hasta que se calmó un poco y luego se quitó la túnica exterior para envolver al zorro, que parecía un ratoncito mojado.


Rodeado por el calor corporal y el aroma familiar, el temblor del zorro fue cesando. Solo entonces, sintiéndose a salvo, hundió su cabeza húmeda contra el pecho del hombre.


—Ya ha sido suficiente paseo. Volvamos.


De regreso al dormitorio con la bola de pelos pesada por el agua, Adrian no pensó en cambiarse su propia ropa mojada; ordenó de inmediato a las sirvientas que trajeran telas secas. Para él, cuidar al zorro era la prioridad absoluta.


Las sirvientas se horrorizaron al ver al Emperador empapado, pero nadie se atrevió a preguntar el motivo y se limitaron a traer las toallas secas.






 

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