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Capítulo #31 "Vino y Armas"

 


Capítulo 31

"Leda y el Cisne 01"



Albariño no se sorprendió cuando escuchó el sonido de la lluvia atravesando el pórtico.



La puerta se abrió sin hacer el menor ruido; lo más probable era que ni siquiera estuviera con llave. Cuando sabes que alguien entrará de todas formas, aunque sea forzando la cerradura, es mejor simplemente dejársela abierta.



Él estaba sentado en un sillón al fondo de la habitación. Las llamas de la chimenea eran ya muy débiles, pero seguían ardiendo perezosamente. El aire tenía un aroma mezcla de resina de pino y la acidez fresca y cortante de un vino blanco. No se dio vuelta ni se levantó; simplemente sintió la mirada del otro, como un cuchillo, recorriendo el trozo de piel desnuda de su muñeca apoyada en el brazo de la silla.



—Buenas noches —le dijo al Pianista.



Eran la una y veinticinco de la madrugada del 30 de octubre.



“¿Cómo pudo aquel cuerpo tan torpe, entre las garras”,

“no sentir el latido de ese pecho divino?”

“¿Acaso pudo ella, ante tal embestida”,

“saber que el rayo mismo la estaba poseyendo?”



Una ráfaga de aire frío y húmedo se coló en la estancia, recordándole mucho a la noche en que Albariño fue liberado de la prisión federal y Herstal le mostró a la policía el cadáver de Bob Landon. Parecía que la lluvia no tenía intención de parar; el otoño en Westland siempre era así.



Herstal cerró la puerta con el tacón, produciendo un leve clic. Albariño seguía sentado tranquilamente al fondo, envuelto apenas por el pequeño resplandor cálido del fuego. Herstal no se había equivocado: Albariño era exactamente el tipo de persona a la que le gustarían las chimeneas. Aprovechando esa luz tenue, se dedicó a observar la decoración.



Herstal ya había investigado antes: Albariño compró este terreno después de que sus padres murieron y vendió la casa familiar en el centro de Westland. El suelo en las afueras era barato; unas tres o cuatro hectáreas de tierra —incluyendo una pequeña parte del bosque que rodeaba la ciudad y una gran extensión de maleza salvaje— le pertenecían legalmente a Albariño.



Era, para Herstal, uno de los mejores lugares imaginables para deshacerse de un cuerpo, y Albariño no parecía alguien tan descuidado como para andar tirando huesos grandes por ahí. En resumen, la historia que Albariño contó antes era cierta: en sus tierras no había más visitantes que coyotes, zorros, liebres o ardillas. Su casa se alzaba solitaria en medio del páramo, conectada a la carretera principal por un camino privado descuidado.



Era una casa de dos pisos sin nada especial, tal vez con un sótano. La pintura blanca de las paredes exteriores estaba descascarada, dándole el aspecto de alguien que no espera mucho de la vida. Sin embargo, el interior se veía bastante ordenado. No había rastro de un diseñador; parecía armada pieza por pieza con elementos prácticos y cómodos: un sofá de segunda mano que parecía devorarte de lo suave que era, un piso de madera barnizado más de una vez, un papel tapiz de gusto extraño y estanterías que gritaban ser hechas a mano. Era lo que podría llamarse "el rastro de una vida humana".



A Herstal no le costaba imaginar a Albariño reparando la casa solo, comprando los muebles o incluso pintando las paredes. Era algo secreto, privado y extrañamente frágil. Por lo mismo, ambos entendían que el hecho de que Albariño invadiera el apartamento impersonal de Herstal no tenía el mismo significado que lo que representaba esta noche.



El invadido, sin embargo, seguía sin inmutarse. Albariño sostenía su copa, con la atención puesta más en el líquido de un dorado pálido que en su visitante.



Luego, con tono amable, dijo: —Es un vino blanco nuevo de la bodega Pazo de San Mauro, del año pasado. No pasó por barrica de roble. Estos vinos tan jóvenes se venden más en España, es difícil conseguirlos en otros lados. Me costó algo de trabajo conseguir esta botella.



La indirecta era obvia: “¿quieres probarlo?”



—No sabía que te gustaran los vinos españoles —respondió Herstal, con su habitual tono gélido, ignorando por completo la invitación.



—Es por costumbre —Albariño pareció soltar una risita leve; al menos las sombras de las llamas dibujaron esa ilusión en su rostro—. Cuando mi padre vivía, conseguía una botella cada año. Decía que tenía un valor conmemorativo.



Al principio Herstal no entendió a qué se refería, pero enseguida sus ojos cayeron en la etiqueta de la botella. En el vidrio estaba impreso en negrita el nombre de la bodega "PAZO de San MAURO", y debajo, en letras más pequeñas, la variedad de uva blanca utilizada:



"Albariño".



De pronto, a Herstal la escena le pareció absurda, y no solo por el hecho de que Albariño estuviera tomando un vino con su mismo nombre, sino por el tono en que mencionó a su familia. Esa entonación daba la falsa impresión de que realmente le importara alguien.



Herstal respondió con una risa fría. Albariño finalmente se dignó a mover la silla para encararlo, con un lenguaje corporal todavía perezoso.



—Mi padre era un alcohólico empedernido. Conoció a mi madre en la fiesta del vino de agosto en España. Supongo que pensó que ponerme este nombre era lo más apropiado —había una nota de diversión en la voz de Albariño mientras miraba a Herstal con interés.



A pesar de que el abogado vestía ropa informal —nadie creería que Herstal Amalette fuera capaz de usar ropa casual— y de que se había colado en una casa ajena a medianoche como un criminal, Albariño lo miraba como si fuera a atravesar una barrera inexistente. Herstal odiaba esa mirada. Respiró hondo y vio el reflejo del fuego saltando en la muñeca de Albariño.



—Mi padre solía decirme que el Albariño es una uva muy extraña y cambiante. Con que la lluvia o la temperatura varíen un poco cada año, o si la técnica de elaboración cambia apenas nada, el sabor resulta totalmente distinto —dijo Albariño con calma—. Por eso sus matices son infinitos; incluso un buen catador podría confundirlo con otro vino. La primera vez que lo probé, pensé que era un Chenin Blanc.



—¿Y? —Herstal no se molestó en ocultar la mordacidad de su voz, ni en interpretar las metáforas de Albariño.



Albariño dejó escapar una risa suave, puso la copa sobre la mesa y miró a Herstal con curiosidad. Entonces preguntó: —¿Quién de tu familia era el borracho?



Herstal frunció el ceño.



—Cuando mencioné que mi padre era un alcohólico, pusiste una expresión de desprecio —continuó Albariño con un tono demasiado relajado—. Él era de los que acompañaba la cena con vino, amaba eso como los jóvenes aman la marihuana. Pero supongo que en tu familia no era así, ¿verdad?



Su mirada era tan transparente que parecía decir "sabes que no sirve de nada mentirme". Albariño se puso de pie y caminó lentamente hacia él, deteniéndose en el centro de la sala, como si no supiera que Herstal seguramente llevaba un cuchillo en el bolsillo del abrigo. Con el fuego a sus espaldas, su cabello rizado castaño parecía tener un aura dorada.



—Pensé que ya estábamos en el punto de poder intercambiar secretos de este calibre —susurró.



—Eso solo significa que no estamos de acuerdo —respondió Herstal en voz baja—. Y sabes perfectamente que no vine a esto.



Albariño sonrió y parpadeó, pero ni siquiera Herstal se esperó lo que diría a continuación.



—Entonces hablemos de Elliot Evans... ¿Quién de tus mayores abusó de ti?



—¿Qué?



Cuando Herstal soltó la pregunta, ni siquiera sonó como tal. Sintió que algo más —como un río de fuego corriendo por sus venas— lo inundaba. Sus ojos se clavaron en Albariño, pero no lograron borrar la sonrisa de su cara.



—En 1987, en una pequeña iglesia al sur de Kentucky, ocurrió un asesinato —comenzó Albariño, con un brillo divertido en sus ojos verde menta—. Un acólito y un feligrés muy devoto fueron encontrados colgados en la nave central, justo encima del altar, a los lados de la cruz... como los dos ladrones crucificados con Jesús. El párroco desapareció y nunca más se supo de él, así que la policía local lo marcó como el sospechoso principal. Pero las víctimas estaban colgadas con...



No terminó. En parte porque Herstal se lanzó hacia adelante y le soltó un puñetazo en la cara, y en parte porque ambos cayeron pesadamente al suelo. Herstal presionó el abdomen de Albariño con la rodilla, le apretó el cuello con la mano derecha y le asestó un segundo golpe en el rostro.



La escena era casi idéntica a lo que pasó antes de que la policía irrumpiera en el sótano de Elliot. El labio de Albariño, que apenas estaba cicatrizando, volvió a sangrar. Luchó bajo el control de Herstal para escupir sangre y dejó escapar una risa ahogada.



—Las víctimas estaban colgadas con cuerdas de piano, las del piano que usaban para ensayar los himnos. Para un adolescente de catorce años, debió ser un trabajo enorme, ¿verdad?



Albariño continuó con voz ronca, mirando fijamente los ojos azules que lo observaban desde arriba.



—En las obras del Pianista siempre ha habido un desprecio anormal por los violadores. En el caso de abril, le cortaste los genitales a Trapp Caloan y se los metiste en la cavidad abdominal antes de que muriera.



—Entonces, ¿cuál de los dos abusó de ti? ¿O solo fueron espectadores indiferentes mientras el verdadero culpable era el cura desaparecido? En esos años en que tu padre estaba desempleado y sumido en la bebida, y tu madre no aparecía por ningún lado, ¿preferías pasar el tiempo en la iglesia...?



No pudo terminar. El tercer golpe de Herstal aterrizó en su abdomen. Fue un impacto fuerte; el cuerpo bajo su presión tembló y trató de encogerse por el dolor, mientras Albariño soltaba una arcada jadeante. Herstal no le prestó atención; el sonido de su propia sangre golpeándole los tímpanos era como un rugido.



Porque Albariño, por supuesto, no necesitaba preguntarle para saber cuál de sus familiares era el alcohólico. Este hombre tenía demasiados contactos, incluso amigos en la policía. En Westland sobraban policías corruptos que, por un poco de dinero, le entregarían el pasado de cualquiera en bandeja de plata.



Herstal cargó su peso sobre sus piernas y tiró violentamente del cabello de Albariño para obligarlo a levantar la cabeza. Albariño tenía los ojos enrojecidos y húmedos, las pestañas temblaban y sus labios estaban cubiertos de sangre; pero seguía sonriendo, una expresión que emergía del dolor como una máscara perfecta.



Herstal sintió que su voz era casi un rugido: —¿Hiciste todo esto solo por esa razón?



—¿Por entregarte a Elliot Evans? —Albariño se limpió la sangre de la cara con el dorso de la mano, manchándola como si fuera una pintura extraña—. No te imaginas lo fácil que fue sacarlo de su escondite. Si no hubiera golpeado a esa prostituta por sospechar que se reía de él porque no podía tener una erección, tal vez me habría costado más encontrarlo. Es tan frágil, Herstal, tan fácil de manipular. Fue sencillo hacer que eligiera a una víctima que ya encajaba en sus reglas... ni siquiera tuve que mencionar tu nombre.



—¿Lo hiciste solo por...?



—Curiosidad —respondió Albariño sin rodeos.



De repente, Albariño golpeó con la cabeza el abdomen de Herstal, justo en el borde de la larga herida de su costado. Escuchó el siseo de dolor de Herstal y aprovechó para zafarse de su agarre.



Se revolcaron en el suelo peleando. Por un momento, Albariño logró quedar encima de Herstal, presionándole la garganta con el antebrazo. Al inclinarse, sintió cómo la sangre goteaba de su boca, aterrizando justo debajo del ojo de su oponente.



—No tienes idea de cómo te ves ante los demás, Pianista —dijo Albariño con voz sibilante. Sentía la lucha desesperada bajo su peso; esa era la esencia de su relación—. Esa crueldad vibrante, esa locura salvaje. Tenía curiosidad. Quería saber cómo reaccionarías si hacía eso... ¿Se repetirían tus pesadillas en ti?



Y no lo había decepcionado.



Claro, no fue elegante ni refinado, como cuando estaban en el sótano de Elliot Evans mirando aquel cadáver despedazado en un río de sangre. Pero esto era más real, era la esencia del Pianista de Westland: la verdadera cara de la crueldad oculta bajo el papel de regalo de la ironía y la estética. Ese era el propósito original de sus sangrientos asesinatos.



Algo digno de verse.



Al segundo siguiente, Herstal lo lanzó fuera de encima. El abogado no encajaba en la imagen típica de su profesión; sus movimientos eran de una agilidad aterradora, tal vez gracias a la mezcla de furia y adrenalina en su sangre.



Albariño se puso de pie tambaleándose. Además del labio partido y el pómulo magullado, le sangraba la nariz, manchando el frente de su camisa. Casi en cuanto se levantó, Herstal se lanzó contra él. No se puso en guardia —o quizás tenía otras intenciones—; el caso es que Herstal lo estrelló violentamente contra la pared. Algo cayó de un mueble cercano y se rompió contra el suelo con un estruendo.



Esa era una de las ventajas de vivir en el campo: si hubieran hecho ese ruido en la ciudad, los vecinos ya habrían llamado a la policía.



Herstal lo agarró por el cabello y golpeó su cabeza contra la pared varias veces. Albariño no llevaba la cuenta; el sonido de los impactos era espantoso, pero también rápido. La sangre empezó a resbalar entre sus cabellos, empapándolos en mechones pegajosos.



Albariño no pudo evitar resbalar por la pared, sostenido solo por la mano de Herstal que apretaba su cuello. Albariño sujetó las muñecas de Herstal, sintiendo el calor de la sangre bajando por sus mejillas. Se quitó la sangre de las pestañas con un parpadeo y sonrió vagamente.



—¿Vas a matarme así? —preguntó Albariño, y su voz sonaba genuinamente curiosa.



Herstal lo miraba fijamente. El color de su iris parecía una llama azul que nunca se apagaría; su mirada era como un bisturí que pretendía separar la carne del hueso. Albariño sospechaba que esa misma idea rondaba la mente de Herstal.



—Porque, seamos honestos, no matas a esos criminales porque te creas un juez superior a Dios. Lo haces para desahogar tu pasión y tu furia, como quien huye de fantasmas que lo persiguen —las palabras de Albariño sonaban suaves y borrosas—. Pero tienes que admitir que yo no soy como ellos, ¿verdad?



—No eres del mismo tipo que esa gente, no tiene sentido negarlo —respondió Herstal con voz ronca. Albariño sabía que eso no era un cumplido. Como siempre decía Olga Morozé: siendo un psicópata, el Jardinero del Domingo no considera a sus víctimas como seres de su misma especie.



—¿Me vas a abrir como a ellos? ¿Me sacarás las vísceras, esperarás a que me desangre y me colgarás con cuerdas de piano? ¿Te llevarás mi corazón? Me gusta el simbolismo metafórico de eso —Albariño cerró sus dedos alrededor de las muñecas de Herstal, sintiendo el pulso frenético bajo la piel—. ¿O admites que matarme sería un desperdicio? Porque nadie más que yo ha visto tu verdadera esencia... el fondo mismo del abismo.



El Pianista dudó por un instante. Aunque Albariño realmente lo había enfurecido, sabía que Herstal también disfrutaba de ciertas partes de este juego, especialmente lo relacionado con Bob Landon.



En una situación así, no se podía volcar el tablero solo por ir perdiendo; parecía una cuestión de reglas, aunque quizá todo esto no tuviera regla alguna.



—¿Recuerdas lo que hablamos de las uvas blancas, Herstal? —soltó Albariño de repente, captando el destello de confusión en los ojos del otro—. Frutas interesantes, extrañas... sabores tan distintos por pequeñas diferencias en la elaboración...



Herstal advirtió en voz baja: —Albariño...



El Jardinero Dominical soltó una risa baja que, con la sangre goteando por sus labios, sonó casi como una tos.



—¿Seguro que no quieres probarlo, Pianista?






Notas del Autor:



Los fragmentos en cursiva pertenecen al poema "Leda y el cisne" de W.B. Yeats.



“Sobre el vino”:El Albariño es la principal uva blanca de la zona de Rías Baixas, en Galicia (España). Se considera uno de los mejores vinos blancos del país, aunque tiene una acidez muy marcada que no a todo el mundo le gusta.



“Bodega Pazo de San Mauro”:Ubicada en el extremo sur de Rías Baixas.



El vino mencionado es un "Vino Joven", que se vende uno o dos años después de su elaboración. No suele pasar por barrica, por lo que es menos robusto pero muy frutal. Se recomienda beberlo pronto para que no pierda su frescura.



“Fiesta del vino”: Se refiere al Día Internacional del Albariño, que se celebra a principios de agosto.


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