🍊
Novelas BL
NOVELAS ✨

Capítulo #32 "Vino y Armas"


Capítulo 32

"Leda y el Cisne 02"


La mano de Herstal seguía aferrada con fuerza al frente de la camisa de Albariño; tenía la ilusión de que la sangre que fluía entre sus dedos estaba ardiendo. Podía sentir cómo sus dedos exprimían lentamente la sangre de Albariño a través de la tela.



El otro solo lo observaba, con un rastro de confusión mareada en la mirada. Albariño parpadeó con una expresión que parecía estar al borde de una sonrisa. Luego, lamió lentamente la sangre que aún corría por sus labios, soltando un siseo bajo por el ardor en las grietas de su piel.



Una gota de sangre resbaló por el borde de la herida, tan roja como una semilla de granada de Hades, y cayó con un chasquido en algún lugar incierto.



Al segundo siguiente —sin saber por qué— los labios de Herstal chocaron contra los del otro. Sus dientes atraparon ese trozo de carne tibia, succionando la sangre de la herida abierta.



Albariño dejó escapar un gemido bajo, un sonido a medio camino entre la sorpresa real y una risa fingida. Los dedos que rodeaban las muñecas de Herstal se soltaron, pasando a aferrarse a la tela de sus hombros.



Acostarse con una de las personas más peligrosas que conoces claramente no era una buena idea; probablemente solo era un poco mejor que acostarse con el mismísimo oficial Bart Hardy.



En cualquier caso, cuando Herstal empujó con fuerza a Albariño contra la pared y lamió la sangre de sus labios, pudo sentir que este psicópata, en el sentido literal de la palabra, ya estaba excitado; el bulto presionaba contra su muslo.



—Qué aburrido sería ponerme en el lugar de tus víctimas anteriores... especialmente cuando tú mismo admites que somos diferentes —murmuró Albariño contra sus labios, con un tono que oscilaba en la frontera entre la calma extrema y la locura total—. Si es así, desármame, reconstruyeme, ponme una marca y exhíbeme ante ellos... tal vez así…



Entonces su voz se cortó de golpe.



Aunque Albariño no intentó resistirse, Herstal le presionó el cuello con una mano, usando más fuerza de la necesaria, controlando cuidadosamente la cantidad de aire que inhalaba y dejando, inevitablemente, moretones en su piel.



Mientras Herstal pasaba de devorar sus labios a morder la piel manchada de sangre en la comisura de su boca, una de las manos de Albariño subió de pronto hasta su mandíbula.



Albariño había intentado sin éxito limpiarse la sangre de la mejilla con esa mano; ahora, con la sangre aún fresca en sus dedos, dejó un rastro carmesí en la barbilla de Herstal. Al hablar, Herstal pudo sentir la vibración de sus cuerdas vocales bajo sus dedos. Su voz seguía siendo ronca.



—Oye —susurró Albariño con una extraña sonrisa de embriaguez—, ten cuidado... no dejes tu ADN.



Herstal lo miró fijamente.



Una sombra oscura cruzó los ojos de Albariño, y el reflejo de las llamas en sus mejillas lo hacía parecer, extrañamente, como si estuviera sonriendo: —De lo contrario, cuando me hagas pedazos y me exhibas ante la policía, te encontrarán.



“¿Acaso pudo ella, ante tal embestida,

saber que el rayo mismo la estaba poseyendo?”

“¿Cómo pudo aquel cuerpo tan torpe, entre las garras,

no sentir el latido de ese pecho divino?”



Cuando Albariño fue derribado al suelo, la parte posterior de su cabeza golpeó la madera sin ninguna delicadeza. Tenía el cabello empapado de sangre fresca y sentía punzadas de dolor; era evidente que se había abierto el cuero cabelludo en alguna parte.



Albariño siseó y soltó una risa entrecortada: —No querrás que tu víctima tenga una conmoción cerebral y empiece a vomitar mientras la matas lentamente... no sería muy elegante para el Pianista.



—Parece que no tienes ningún problema en ponerte en el lugar de la víctima —señaló Herstal. Deslizó sus dedos bajo la camisa de Albariño y tocó su abdomen; el otro se estremeció ligeramente ante el frío de sus dedos.



Pero, en general, se quedó allí tumbado, incómodo pero tranquilo, con medio cuerpo bañado por el resplandor de la chimenea y la otra mitad sumida en la oscuridad, iluminada de vez en cuando por los relámpagos tras la ventana.



La lluvia no paraba. Si Elliot Evans no hubiera muerto, era muy probable que Herstal fuera el cadáver tras esta tormenta.



—¿Por qué no? Realmente tengo curiosidad por ver qué harás —respondió Albariño con naturalidad—. Cuando te enfrentas a una situación totalmente distinta a las anteriores, suele brotar una fuerza nueva... y en momentos así...



Bajó un poco la voz.



—Siento que tu vida tiene más sentido que solo decorarte con espuelas de caballero.



Herstal dejó de desabotonar la camisa de Albariño. Se sentó a horcajadas sobre sus piernas, sacó un par de guantes de látex del bolsillo de su saco y empezó a ponérselos lentamente. En ese momento, la furia en su voz pareció desvanecerse brevemente, dejando cenizas que se enfriaron en algo más gélido y duro. —Así que fuiste a buscar a "Johnny el Cazador" solo para ver cómo lo mataba.



—Debo admitirlo —Albariño sonrió—, el proceso de tu matanza es mucho más hermoso que esas exhibiciones aburridas que dejas... Cuando arrebatas una vida, eres realmente digno de admiración.



Herstal terminó de ponerse los guantes y sacó un rollo de alambre metálico de su bolsillo. Presionó las manos de Albariño sobre su cabeza y las ató firmemente por las muñecas.



—¿Cuerdas de piano? ¿En serio? —preguntó Albariño con interés.



—No planeo colgarte con esto, si es lo que ibas a preguntar —respondió Herstal. Una parte de él sabía que Albariño probablemente no pensaba luchar. Pero, por un lado, no quería correr el riesgo y, por otro, cada paso de su proceso debía ser preciso.



—Si atas a alguien así, terminarás causándole necrosis en las extremidades. Créeme, soy médico —le advirtió Albariño.



Herstal soltó una risa fría: —Ojalá hubieras recordado eso cuando viste cómo ataba "Johnny el Cazador".



Albariño murmuró algo entre dientes, probablemente quejándose de lo rencoroso que era el abogado. De cualquier modo, se quedó callado pronto, porque Herstal sacó un cuchillo de la funda en su espalda. La hoja lanzó un destello frío en la oscuridad que, por un instante, se reflejó en el rabillo del ojo de Albariño.



Por un momento, Albariño contuvo la respiración; incluso siendo un psicópata, era un acto puramente reflejo. Sus ojos aún brillaban con ese interés de un estudiante ante un problema matemático dificilísimo, pero su cuerpo se tensó instintivamente. Fue la reacción más honesta que Herstal pudo ver en él.



Herstal sostenía el cuchillo con la mano izquierda —sus movimientos con la izquierda siempre eran más ágiles que con la derecha; Albariño se dio cuenta de pronto de la gran pérdida que fue para el público que matara a Evans con la derecha—. Con la punta del cuchillo, soltó con destreza el primer botón de la camisa de Albariño.



Escucharon el tintineo metálico del botón rodando hacia la oscuridad. Herstal susurró. —Disfrutas de mi matanza... incluso si el objetivo eres tú.



—Incluso si soy yo —asintió Albariño con una risa leve y sin aliento, ya que Herstal seguía presionándole el cuello—. Aunque dudo que realmente lo hagas. Tus víctimas terminan así porque decides que no merecen tu respeto.



El final de la frase se alargó en un quejido de dolor, porque Herstal soltó su cuello y presionó su pecho con la mano derecha; luego, la punta del cuchillo descendió desde donde había saltado el botón. El filo cortó la tela con facilidad y se hundió ligeramente en la piel, creando un corte largo.



Desde el pecho hacia las costillas, la incisión empezó siendo superficial, apenas un rasguño, pero fue ganando profundidad conforme avanzaba, terminando con un tajo de aproximadamente un centímetro de hondo.



A esa profundidad solo había piel, grasa y capilares; nadie muere por una herida así, pero los nervios cumplieron con su deber enviando ráfagas de dolor al cerebro.



Herstal sintió cómo la piel del abdomen bajo sus dedos vibraba frenéticamente, mientras la sangre empezaba a brotar bajo la tela como pintura derramada.



Con la punta del cuchillo, apartó los restos de la camisa desgarrada. Los bordes de la tela, empapados de sangre, cayeron pesadamente al suelo. Así, Herstal pudo observar la herida extendiéndose sobre la piel que el fuego teñía de un naranja cálido. Los bordes del corte pronto empezaron a inflamarse y la sangre brotaba sin parar, luciendo casi negra bajo la luz mortecina.



La voz de Albariño era ronca y temblorosa. —Herstal.



—Cautivador —respondió Herstal en voz baja.



El corazón de Albariño latía con fuerza bajo sus dedos, manteniéndose estable a pesar del dolor y la amenaza del acero; era casi envidiable. Sintió una serie de vibraciones bajas en ese pecho, algo parecido a una risa, que luego se convirtió en un jadeo con el siguiente tajo.



Así fue como Herstal redujo la ropa de Albariño a jirones, quitándoselos uno a uno; mientras tanto, una red de cortes finos como telarañas cubría su piel. La mayoría eran superficiales, apenas perlas de sangre como collares de coral que ni siquiera necesitarían puntos.



Pero esas líneas rojas lo envolvían como hilos de seda, dejando una mezcla de inflamación, ardor y punzadas reales en su piel.



Durante el proceso, Herstal sentía cómo ese cuerpo forcejeaba a medias bajo su control. Las heridas sangraban con cada movimiento de Albariño, manchando todo mientras las manos de Herstal se movían por su torso, como si esparciera óleo color ocre y carmesí sobre un lienzo.



Albariño yacía bajo él, con las manos atadas y totalmente desnudo, casi sumiso. La escena era irónica en cierto sentido: su piel estaba cubierta de tajos y pintura de sangre fresca, su miembro se había ablandado por el dolor, pero sus ojos verdes, algo nublados, contaban otra historia: esto pasaba porque él lo permitía. Había un brillo de triunfo en su mirada.



Tanto así que el Jardinero incluso tuvo el descaro de señalar, entre jadeos de dolor: —La caja de condones está en el mueble contra la pared.



Su tono era casi amable, a pesar de que Herstal estaba exprimiendo la sangre de un corte más profundo en su cintura.



Fue en el camino a buscar esos condones cuando Herstal saboreó realmente la ironía. El otro seguía planeando su estrategia de "no dejar ADN rastreable"; la mala costumbre del Jardinero Dominical era intentar alargar el juego infinitamente.



Herstal abrió el cajón con cuidado para no mancharlo con la sangre de sus guantes. Lo último que necesitaba la CSI era una huella ensangrentada del Pianista en el cajón de los preservativos.



La caja ya estaba abierta, pero el contenido estaba intacto. No era de extrañar; Herstal no podía imaginar a Albariño trayendo a ninguna de sus conquistas de una noche a esta casa. Él era del tipo que se quedaba en casa del otro. La decoración tan personal de la casa confirmaba que este era su territorio, y a él no le gustaban los coyotes invadiendo su terreno.



Sin embargo, si eso era cierto, la presencia de esa caja era una paradoja en sí misma.



Herstal no quiso profundizar en el significado de ese hecho —al menos no hoy—. Al darse vuelta, vio a Albariño en el suelo, bajo la débil luz que se filtraba de la noche lluviosa, con el pecho agitado y cubierto de sangre.



El fuego finalmente se había reducido a cenizas, con apenas unas chispas naranjas ardiendo entre el carbón negro. Sin esa luz, la piel de Albariño parecía la de un cadáver pálido en las sombras, y la visión nocturna de Herstal era lo suficientemente buena para ver la red de heridas inflamadas cubriéndolo como una red negra.



Herstal se arrodilló a su lado, le abrió las piernas con las rodillas y, mojando sus dedos en la sangre que escurría, los introdujo entre sus nalgas. Las piernas de Albariño temblaron violentamente. Su voz, rota por el dolor seco, salía entrecortada, pero con algo ardiente vibrando en cada palabra.



—Pensé que te parecería poco íntimo usar guantes —dijo con dificultad.



—Cuando hay sangre por todos lados, los guantes son una buena idea —respondió Herstal con desdén mientras lo dilataba bruscamente.



—¿Ah, sí? Estoy seguro de que no usaste guantes cuando le sacaste las vísceras a tus víctimas. Si dejas que una capa de látex te separe del calor de sus cuerpos, ¿qué sentido tiene para ti? —Albariño soltó un jadeo que era una mezcla de ardor y dolor

.


—Porque después me encargo de limpiar cualquier huella de sangre que deje en ellos —Herstal metió dos dedos con rudeza, sintiendo cómo los músculos se tensaban alrededor de su mano—. Pero hoy no pienso hacer eso.



Albariño soltó una risa ahogada. —Porque limpiar la sangre arruinaría la estética.



Herstal no respondió, pero ambos sabían que tenía razón.



Siguió un largo silencio: el sonido del cuchillo al ser dejado en el suelo, el roce de la tela, el sonido del cierre al bajarse y el crujido del envoltorio de plástico desgarrándose. Todo anunciaba lo que vendría.



—Entonces, ese órgano ardiente presionó contra su muslo, rozando tentadoramente su entrada. El líquido pegajoso que había allí no tenía nada de romántico; era pura sangre.



Albariño lo miraba. A veces, la forma en que Herstal lo observaba parecía casi de angustia, como si estuviera debatiéndose internamente por qué no usaba el cuchillo para destriparlo de una vez.



Ese hecho le daba ganas de reír a Albariño, aunque no estaba seguro de tener las fuerzas. Casi exhausto, subió una pierna para rodear la cintura de Herstal. Cada movimiento le dolía horrores; ya podía imaginar el calvario que sería la cicatrización de esos cortes.



Aunque no era un masoquista y no podía mantener una erección en ese estado, se las arregló para rodear la cintura de Herstal con las piernas, moviéndose con intención y frotando su pelvis contra la del otro con descaro.



Ese gesto arrancó un gruñido de la garganta de Herstal, y Albariño cedió el control con gusto, dejando que el otro lo penetrara con brutalidad. Era difícil distinguir qué dolía más: si su interior sin dilatar lo suficiente o los cortes sangrantes de su cuerpo. Herstal le subió las piernas, casi doblándolo por la mitad, haciendo que brotara más sangre de sus heridas.



El hueso de la cadera de Herstal golpeaba su piel sin piedad, y sus dedos volvieron a apretar su cuello, clavando las yemas manchadas de sangre. Albariño sintió náuseas por el dolor continuo. Cuando intentó encogerse por instinto, Herstal lo sujetó del cuello y lo clavó contra el suelo con la fuerza con la que se abre una ostra.



No era "bueno", ni siquiera para el Jardinero Dominical, pero sabía a victoria. Porque en los ojos de Herstal Amalette había algo, lo que escondía tras esa pesada máscara de plomo, fluyendo finalmente a través de una grieta irreparable.



Era la esencia de la bestia, la dulzura metálica de la pura maldad.



Los dedos de Albariño rasguñaron débilmente el suelo. Sintió que Herstal buscaba de nuevo el cuchillo y lo empuñaba con una elegancia casi innata.



Mientras Herstal lo embestía con saña, el cuchillo se hundió en su piel, más profundo que nunca, arrancando un grito ronco de la garganta de Albariño. La tensión de su interior por el dolor hizo que Herstal soltara una maldición en voz baja. Fue como meter un cuchillo caliente en mantequilla; de los bordes suaves y burbujeantes brotaba la sangre.



Esa marca fue contenida, planeada: desde debajo de sus costillas, una línea recta y larga que se detenía con precisión en algún punto de su abdomen.



—Supongo que realmente tenías preparada una marca —susurró Albariño con voz borrosa, quizá por el exceso de dolor o la pérdida de sangre.



—Así es —respondió Herstal, observando el cabello de Albariño pegado a su frente pálida por el sudor y la sangre.



—¿Es eso la Psicopatía?




 

Comentarios

✨ Sweet Sparkles ✨

🍊 Traducciones sin fines de lucro ✨
📚 Traducciones BL Y Isekai
🌙 Actualizaciones constantes


✨ Historias que brillan con magia ✨

🌸 ✨ 🍊 💫 💖