🍊
Novelas BL
NOVELAS ✨

Capítulo #35 "Un Día, Me Encontré Con Un Zorro"


 

Capítulo 35


“Un zorro que sufre exactamente la misma maldición que el emperador”.


Theodore no podía salir de su asombro. Había pasado años buscando todo tipo de información para romper la maldición de Adrian; era una cuestión que afectaba directamente a su orgullo. Sin embargo, jamás había encontrado a nadie que mostrara los mismos síntomas que el soberano, y mucho menos un método para solucionarlo.


Pero ahora, acababa de descubrir a un zorro con la misma maldición. Y además, por pura casualidad.


Esto era una oportunidad de oro: la oportunidad perfecta para ganarse la confianza absoluta del emperador y elevar su propia reputación a la cima. Si lograba estudiar a este zorro, sin duda encontraría la pista definitiva para disolver la maldición de Adrian.


No obstante, un gran obstáculo se interponía en su camino. ¿Cómo se suponía que iba a interrogar a una bestia que no hablaba para saber cómo demonios había terminado maldita? Theodore escudriñó al zorro mientras meditaba profundamente en este dilema para desentrañar el misterio.


Un pelaje negro como el azabache... y una cola cuya punta blanca destellaba con un matiz plateado... Un momento, ¿pelaje negro?


De repente, la voz de Kael, que había escuchado de pasada durante su última visita al palacio unos días atrás, golpeó su mente como un relámpago.


"Su Majestad me ha indicado que su insomnio ha mejorado desde hace unos días, por lo que ya no requiere de sus tratamientos".


"Ah, si nos ponemos... si nos ponemos minuciosos, hubo un asunto bastante trivial, en realidad... Su Majestad adoptó una mascota recientemente".


"Sí. Creo que es un zorro negro. Me enteré de que lo encontró por casualidad en los terrenos de caza...".


Pelaje negro. Un zorro negro.


¿Acaso este zorro era esa misma mascota del emperador?


Los ojos de Theodore se abrieron un poco más.


¿Y si este zorro no es que estuviera sufriendo la misma maldición que Adrian, sino que la estaba absorbiendo?


Era una hipótesis descabellada. Una maldición no es un objeto material. Una vez que se graba en el cuerpo, se fusiona con el huésped y, sin recurrir al poder sagrado, es imposible separarla ni siquiera con la muerte. Esa era la naturaleza de una maldición.


Sin embargo, la evidencia frente a sus ojos era innegable. En el interior del zorro residían los restos de una maldición que encajaba a la perfección con la del emperador. Además, acababa de presenciar con total claridad cómo el zorro absorbía su propio poder sagrado. Este zorro había estado succionando la terrible maldición de Adrian utilizando su propia energía como combustible.


Theodore inhaló aire lentamente. Solo entonces comprendió todo. Cómo era posible que el insomnio del emperador hubiera sanado de golpe y cómo una maldición que nadie pudo disolver en años había parecido evaporarse sin dejar rastro.


No había desaparecido. Se había trasladado. Se había mudado a este pequeño y frágil animal.


El impacto de esa revelación pulverizó por completo el orgullo de Theodore.


Theodore siempre se había considerado el mismísimo vicario de Dios en la tierra. No, más que una creencia, era una certeza absoluta.


Había nacido y crecido en un barrio marginal sin padres, pero desde su niñez poseía un poder sagrado capaz de rivalizar con el del mismísimo Papa. Gracias a ello, escaló en un instante hasta una posición que a otros les costaba décadas de arrastrarse como perros para poder alcanzar. Que se le mencionara a una edad tan temprana como el próximo Papa era el curso natural de las cosas. Lo extraño habría sido que no se considerara un ser excepcional.


Un elegido directo de Dios, el santo destinado a salvar a un mundo sumergido en la corrupción. Esa era la razón de su nacimiento y el significado de su existencia.


Por lo tanto, durante años estuvo convencido de que él sería quien resolvería la maldición que nadie, ni siquiera el Papa, había podido tocar. Creía que, al ser el heredero más fidedigno de la autoridad divina, era algo que lógicamente le correspondía lograr.


Sin embargo, la realidad había sido muy diferente. Su poder sagrado no había sido más que un analgésico temporal para mitigar el dolor colateral que provocaba la maldición de Adrian.


Aunque por fuera fingía mantener la compostura, Theodore había experimentado una profunda frustración y desesperación. Ese había sido el segundo fracaso de su vida, y llegó a la conclusión de que la única vía para redimirse de ese fallo y quitarse la responsabilidad de encima era sanar el insomnio de Adrian. Por ello, entregó literalmente todo de sí para curar la enfermedad del emperador, pero jamás halló una sola pista para resolverlo.


Y sin embargo, ¿un simple animal lo había conseguido? ¿Y además sin intención, por el mero hecho de existir a su lado?


Una humillante oleada de celos le subió desde lo más profundo del estómago. Era una emoción vil y demasiado humana, algo que un elegido de Dios jamás debería sentir, pero el sentimiento no se desvanecía. Al contrario, se clavaba con más fuerza en su interior.


Era natural. Theodore era un humano. Por más que imitara a la divinidad, al final no era más que un simple mortal que regresaría a la tierra con el paso del tiempo. Pero su soberbio orgullo se negaba a aceptar esa realidad.


Su puño se apretó con fuerza.


¿Por qué Dios no lo había elegido a él y, en su lugar, le otorgó semejante facultad a una bestia tan insignificante? En ese territorio que él tanto había ansiado y al que jamás pudo aproximarse, se encontraba ese zorro de pacotilla. No podía comprenderlo. No podía aceptarlo.


Theodore clavó sus oscuros ojos grises en el zorro que tenía enfrente.


La energía negra se había disipado considerablemente en comparación con antes. Parecía que, al comer y recuperar las fuerzas, el poder de la luz azul se había fortalecido. No obstante, en lo más profundo de su ser, los residuos oscuros continuaban agazapados de forma sutil. Era la prueba irrefutable de que la purificación no se había completado.


Aunque desconocía cómo un zorro que residía en el palacio imperial había terminado deambulando por las calles, era evidente que la vida a la intemperie había debilitado notablemente a la bestia.


Theodore comenzó a maquinar. Si ese zorro recuperaba su fuerza original, ¿cuán poderoso llegaría a ser ese poder?


El mero pensamiento le revolvió las entrañas. Con tener a ese maldito emperador por encima de él ya era más que suficiente. Cualquier otra existencia debía permanecer bajo sus pies. Aunque los celos incontrolables retorcían su juicio, al mismo tiempo, una idea mucho más interesante y colosal comenzó a germinar en la cabeza de Theodore.


"¿Y si utilizo a este zorro?"


Así era. Esto no era una prueba impuesta por Dios; era una oportunidad perfecta y una auténtica bendición. Si lograba descifrar a la perfección el mecanismo por el cual el zorro absorbía la energía ajena y conseguía apoderarse de esa misma habilidad, se volvería más poderoso que nunca.


Una sutil sonrisa, de apariencia santa, se dibujó en los labios de Theodore.


Esto no era codicia personal; era un paso inevitable para cumplir la voluntad divina. No eran celos; era un deber sagrado para enderezar el mundo.


Al menos, eso era lo que él quería creer.


Theodore extendió la mano hacia el zorro. En el instante en que sus dedos estuvieron a punto de rozar su cabeza, el cuerpo del zorro, que acababa de lamer el plato vacío tras terminar su comida, se sobresaltó y retrocedió rápidamente un paso. El zorro levantó la vista y miró fijamente a Theodore.


Sus pupilas eran tan claras como un lago que refleja el cielo azul; eran profundas, transparentes y puras. En ellas no había astucia ni hostilidad, sino que estaban completamente inundadas de desconfianza.


"Mira qué desconfiado, y eso que ya se terminó toda la comida". Theodore retiró la mano lentamente. Bueno, era obvio que no se podía domesticar a una bestia con una sola porción de comida. Recogió el cuenco vacío que estaba frente al zorro.


—¿Quieres más?


Al escuchar la pregunta de Theodore, el zorro reaccionó irguiendo las orejas. Un destello de ansia por la comida y un toque de vacilación se asomaron en sus ojos, pero solo duró un segundo. Su cola se movió con una sutil muestra de expectación. Como buena bestia fiel a sus instintos, parecía incapaz de resistirse al apetito.


—Espera aquí. Iré a traerte más de inmediato.


Una sonrisa de satisfacción se dibujó en los labios de Theodore mientras se ponía de pie con el cuenco vacío. Sus pasos al salir de la habitación eran sumamente ligeros. En lo más profundo de su corazón, ya había tomado una decisión definitiva.


"A este zorro me lo llevaré yo y lo criaré yo mismo".


****


Ya había pasado casi una semana desde que el zorro había desaparecido.


Las luces del despacho del emperador permanecían encendidas incluso en mitad de la noche. Cuanto más se prolongaba la ausencia del zorro, más se sepultaba Adrian entre montañas de documentos. Se concentraba en el trabajo en un intento de apartar de su mente, aunque fuera por un momento, el pensamiento del animal.


Parecía dar resultado, pero eso solo duraba durante el día. Al caer la noche, sus ojos se dirigían habitualmente hacia la cama donde el zorro siempre se acurrucaba para dormir. Ese espacio ahora estaba desierto.


Solo se trataba de una pequeña bestia que lo había acompañado por escasamente un mes, pero Adrian sentía como si le hubieran arrancado la mitad de su vida por completo.


¿Por qué? Solo era un animal. Era un ser que tarde o temprano tendría que marcharse, ¿por qué entonces se veía atormentado por semejante vacío? ¿Simplemente porque la despedida había sido demasiado abrupta? ¿O existía otra razón?


Al verse confrontado con una emoción cuyo origen no alcanzaba a comprender, Adrian se enfureció. Era una mezcla de rabia ante la pérdida y la impotencia, combinada con un resentimiento hacia el zorro que lo había dejado en ese estado.


El emperador debía ser capaz de mantener el control absoluto sobre todas las cosas. Ese trono lo exigía. Y sin embargo, se estaba tambaleando de esta manera por no ser capaz de encontrar a un zorro del tamaño de una mano. Semejante impotencia era algo que jamás había experimentado en su vida, y no sabía cómo procesar ese sentimiento.


Al final, Adrian comenzó a canalizar su frustración de la manera que mejor conocía.


Su furia se descargó contra los que estaban más cerca. Le lanzó una reprimenda feroz a un sirviente solo porque la tinta de un documento se había corrido ligeramente, y ordenó rehacer por completo el diseño de los jardines alegando que el paisajismo no era de su agrado. Incluso rechazó la sopa que el chef le había preparado, ordenando que se la llevaran porque estaba demasiado salada.


La repentina y quisquillosa actitud del soberano sumió a los habitantes del palacio imperial en el desconcierto y el terror. Era la primera vez que veían al emperador, habitualmente estricto pero justo, estallar en cólera por detalles tan insignificantes.


Para evitar la ira del monarca, los sirvientes amortiguaban sus pasos cada vez que cruzaban los pasillos y se comunicaban únicamente con la mirada por miedo a alterar sus nervios, anhelando que el emperador regresara a la normalidad lo antes posible.


Sin embargo, al entrar en la segunda semana desde la desaparición del zorro, la furia de Adrian, lejos de calmarse, rebasó los muros del palacio imperial y comenzó a extenderse por toda la sociedad aristocrática.


✧・゚: 𝓐𝓷𝓽𝓮𝓻𝓲𝓸𝓻 |


Comentarios

✨ Sweet Sparkles ✨

🍊 Traducciones sin fines de lucro ✨
📚 Traducciones BL Y Isekai
🌙 Actualizaciones constantes


✨ Historias que brillan con magia ✨

🌸 ✨ 🍊 💫 💖