Capítulo #34 "Un Día, Me Encontré Con Un Zorro"
Capítulo 34
"¿Dónde estará?".
¿Dónde y qué estaría haciendo ahora? ¿Acaso se habría enfermado de gripe por culpa de la lluvia? ¿Estaría pasando hambre? Una infinidad de preocupaciones se encadenaban una tras otra en su mente, sin darle tregua.
Sin embargo, lamentarse no traería al zorro de vuelta. Como emperador, tenía una montaña de asuntos acumulados por resolver. Adrian contuvo un profundo suspiro y desvió la mirada hacia los documentos sobre el escritorio.
Sostuvo la pluma y fijó los ojos en los papeles. No obstante, la mano que sostenía la pluma permaneció completamente inmóvil. Las letras no entraban en su cabeza y su regazo, ahora vacío, se sentía extraño y ajeno. Al desaparecer esa pequeña bola de pelo que siempre se instalaba allí para estorbar en su trabajo, el vacío en ese espacio se percibía inusualmente enorme.
Al final, Adrian dejó la pluma de nuevo y apoyó la espalda profundamente contra la silla. Presionó su entrecejo con fuerza con los dedos. Le punzaba la cabeza debido a la falta de sueño.
Desde que el zorro había desaparecido, los días de insomnio habían regresado.
Su cuerpo suplicaba por un descanso, pero en cuanto cerraba los ojos, inevitablemente recordaba el jardín de aquella noche bajo el diluvio. La imagen de esa pequeña criatura, que tal vez yacía tirada en algún lugar empapada y debilitada, flotaba ante sus ojos. Al perder de golpe ese dulce sueño que apenas había empezado a saborear, sus nervios se volvieron aún más sensibles.
—Tonto animal.
Murmuró esas palabras, pero en su voz no había reproche, sino una profunda preocupación y un sentimiento de desolación.
¿Por qué había huido? ¿Acaso pensó que lo castigaría por un simple frasco de miel y por ese pequeño desastre? Quizás sí. Con esa pequeña cabecita, era muy probable que le hubiera tenido miedo.
Adrian permaneció sentado en esa misma postura durante un largo rato. Los documentos seguían apilados sobre el escritorio sin que nadie los tocara, y la pluma rodaba por ahí, habiendo perdido su lugar.
Incapaz de soportarlo más, arrastró su pesado cuerpo y se levantó de la silla. Al abrir la puerta del dormitorio, la cama entró en su campo de visión. Y, como era de esperarse, estaba completamente vacía. La pequeña bola de pelo que siempre ocupaba ese lugar ya no estaba por ninguna parte.
Se quedó de pie junto al umbral, sumido en un largo silencio. ¿De verdad ese zorro había existido en este lugar? Una duda vacía lo invadió de golpe, haciéndole pensar que tal vez todo había sido una ilusión creada por su propia mente.
Se acercó a la cama y levantó la manta con cuidado.
Sobre la sábana blanca, solo quedaban unos pocos pelos negros que el zorro había soltado. Adrian extendió los dedos y acarició lentamente ese pelaje suave, como si estuviera tocando el tesoro más valioso del mundo.
Esa era la única evidencia de que el zorro realmente había estado aquí, la única prueba de que su cálida presencia había sido real.
****
Un rayo de luz que se filtraba a través de sus párpados despertó su conciencia adormecida. El zorro abrió los ojos lentamente. Un techo desconocido entró en su campo de visión; era un techo de color beige, liso y sin ningún tipo de grabado.
"¿Dónde estoy?"
Al girar la cabeza, un paisaje extraño se extendió ante él. Era una habitación que, aunque no era lujosa, estaba pulcra y ordenada. Junto a la ventana, una cortina delgada se mecía con el viento y, en un lado del cuarto, había una pequeña estantería con unos pocos libros alineados perfectamente.
Este no era el dormitorio de Adrian.
El zorro se levantó de golpe. No podía quedarse mucho tiempo en un espacio de origen desconocido. Un lugar extraño significaba peligro, y el peligro siempre traía la muerte. Sin embargo, como si alguien hubiera estado esperando ese preciso momento, la puerta se abrió.
—Ya despertaste.
Era el mismo hombre que había visto anoche en la penumbra del callejón. No era su padre. Tenía el mismo cabello plateado que el hombre de sus recuerdos, pero el cabello de este sujeto era mucho más largo y abundante.
Los ojos que lo miraban desde arriba eran diferentes al azul de su padre; eran de un tono gris claro. En esa mirada no había ninguna desconfianza ni hostilidad. Solo se percibía una genuina buena voluntad y una profunda compasión. El hombre se sentó en la silla que estaba al lado de la cama. En sus manos sostenía un pequeño cuenco del cual se elevaba un vapor sutil junto a un aroma cálido.
—¿No tienes hambre?
El hombre acercó lentamente el cuenco hacia la nariz del zorro. Era una sopa preparada con esmero a base de carne picada y granos bien cocidos.
—Debes estar hambriento, come un poco.
Su razón le advertía que no debía confiar en un extraño, pero en este momento el zorro tenía muchísima hambre y el cuenco desprendía un olor increíblemente delicioso.
—Ten.
El hombre retrocedió unos pasos. Ese gesto le recordó a Adrian. Quizás por esa delicada consideración de no asustarlo, sumada a su aspecto físico similar al de su padre, su desconfianza se ablandó un poco.
Sin pensarlo más, el zorro comenzó a lamer la sopa. El sabor era excelente. Por supuesto, no se comparaba con la carne que le preparaban los chefs del palacio imperial, pero aun así estaba muy buena.
En cuanto la mirada del zorro se desvió de él hacia el cuenco, los ojos del hombre, Theodore, cambiaron drásticamente. La calidez de antes se evaporó, volviéndose gélida.
Él recordó la noche anterior.
Al lado de un montón de basura en un callejón oscuro, había encontrado a esa pequeña criatura que parecía estar al borde de la muerte. No se movía en lo absoluto, por lo que creyó que estaba muerta, pero al acercarse notó que apenas conservaba un hilo de respiración. Al principio pensó en pasar de largo; había demasiadas cosas en el mundo que no podían ser salvadas. Por mucho que fuera un sacerdote, no podía salvar a todos los seres vivos.
Sin embargo…
Justo en el instante en que iba a marcharse, los ojos de Theodore captaron un destello tenue.
Alrededor del corazón del zorro, flotaba una energía familiar.
"¿Poder sagrado?"
Al principio, Theodore pensó que algún sacerdote había curado a la bestia utilizando su poder sagrado. Cuando alguien recibe una curación de ese tipo, el remanente de esa fuerza permanece en el cuerpo desde un día hasta varios días para continuar con el efecto curativo.
Sin embargo, su suposición pronto se transformó en una duda.
"¿Qué clase de sacerdote desperdiciaría el valioso poder sagrado en un simple animal?"
Theodore pensó en dos posibilidades: o se trataba de un sacerdote necio que creía que se debía otorgar el poder sagrado a todos los seres vivos por igual, o era un novato que aún no sabía cuán valioso era su propio don.
De cualquier forma, pensó que sin duda debía de ser un idiota. No obstante, al analizar mejor la energía que brotaba del corazón del zorro, se dio cuenta de que era totalmente diferente a cualquier cosa que hubiera visto antes. Decir que era un poder sagrado puro resultaba extraño.
Lo que emanaba del corazón del zorro era, sin duda, una fuerza divina: un poder cálido, suave y capaz de sanar la vida. Pero en su interior, se mezclaba una oscuridad ajena. Una energía fría, que parecía lista para devorarlo todo. La luz y la oscuridad se entrelazaban de manera extraña, manteniendo un equilibrio perfecto.
Intrigado por el fenómeno, Theodore decidió llevar al zorro a su residencia temporal para observarlo mejor. Todavía había mucha gente transitando por las calles, y ver a alguien con las vestiduras blancas de un sacerdote examinando a una bestia llamaría demasiado la atención.
Una vez que llevó al zorro a sus aposentos, examinó esa energía detalladamente una vez más. El flujo seguía siendo caótico, pero una cosa quedó clara.
"Esto no es un poder sagrado común".
Si fuera el poder sagrado ordinario, debería emitir una suave luz blanca. Sin embargo, la luz que brotaba del corazón del zorro era diferente: no era blanca, sino cercana al azul, y formaba una esfera perfecta. Lo más peculiar era que una energía negra se filtraba constantemente desde los bordes de esa luz.
Cada vez que esa energía negra intentaba carcomer la fuerza vital del zorro, la luz azul la repelía con violencia. Por el contrario, cuando la luz azul intentaba purificar por completo la energía negra, esta se resistía tenazmente sin dar marcha atrás.
En medio de ese intenso estira y afloja, el cuerpo del zorro mantenía la vida de forma milagrosa.
"No parece que vaya a morir de inmediato si lo dejo así... pero supongo que puedo ayudarlo un poco".
Incapaz de contener su curiosidad, Theodore hizo algo que normalmente jamás habría hecho: reunió su poder sagrado y lo introdujo en el cuerpo del zorro.
Al hacerlo, las costillas fracturadas se curaron en un instante, pero él no se detuvo. Su objetivo era otro. Continuó inyectando poder sagrado con la intención de purificar la energía negra y revitalizar la debilitada luz azul.
Sin embargo, pronto tuvo que retirar la mano a toda prisa.
—Esto es…
Una maldición estuvo a punto de escapar de sus labios, pero se disipó en el aire.
La energía negra permanecía en su lugar sin inmutarse. Pero ese no era el problema. Esa luz azul, que antes parecía débil, despertó de golpe y comenzó a absorber el poder sagrado de Theodore. Fue como si un desierto sediento devorara el agua de la lluvia con desesperación.
El desconcierto invadió a Theodore. Esto desafiaba todo el conocimiento que poseía.
Este pequeño animal había tocado la autoridad divina, un poder que nadie se atrevía a invadir. Era una situación de la que jamás había oído hablar ni había presionado en toda su vida. Una profunda incomodidad y una sensación de peligro, como si hubieran profanado un santuario, se apoderaron de él.
El poder sagrado es la facultad de Dios. Era una habilidad intransferible para otros, y menos para alguien que no había sido elegido por la divinidad.
"¿Cómo es posible que me arrebate el poder sagrado?"
Su mirada gris se clavó en el zorro como si quisiera perforarlo. Con el fin de encontrar la respuesta a este enigma, intentó indagar en el origen de la luz azul que envolvía al animal. Estaba seguro de que la respuesta residía en ese brillo peculiar.
Sin embargo, su atención se desvió gradualmente hacia la energía negra que ondulaba de forma espeluznante en los bordes de su visión. Había algo extrañamente familiar en ella que le resultaba imposible de ignorar.
"¿Dónde he visto una energía similar a esta?"
Algo que era opuesto al poder sagrado. Y algo que ni siquiera su propio poder sagrado podía purificar.
Theodore se sumió en sus pensamientos. Los momentos en que su poder sagrado se había vuelto inútil se reducían a solo dos ocasiones en toda su vida. Una fue cuando intentó curar un defecto de nacimiento; y la otra fue cuando intentó purificar "aquella maldición" que carcomía lentamente el corazón del actual Emperador, Albrecht.
Sí, era exactamente igual. La energía negra que envolvía al zorro era la misma maldición que estaba arrastrando al emperador hacia la muerte.
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