Capítulo #33 "Un Día, Me Encontré Con Un Zorro"
Capítulo 33
Al relajarse, la inanición primitiva que había estado oculta se desbordó como una ola.
"¿Dónde conseguiré comida?"
"¿Debería volver al bosque?". Mientras huía, había visto algunas frutas caídas en la tierra. En ese momento no se atrevió a llevárselas a la boca por miedo a que la bestia mágica lo persiguiera, pero pensándolo bien ahora, debió haber corrido con ellas entre los dientes incluso arriesgando la vida.
"¿Y si vuelvo a recogerlas? No estaban tan lejos, así que podría comer rápido y salir de inmediato".
Sin embargo, la razón le envió una advertencia de inmediato.
"No, de ninguna manera. Es demasiado peligroso".
En el momento en que pusiera un pie en el bosque, la bestia mágica caería sobre él. Esta vez, sin duda, moriría.
¡Ruuumb!
Pero su estómago, fiel únicamente al instinto de supervivencia, no entendía de razones y volvió a agitarse. Por si el hambre fuera poco, al desaparecer la tensión que oprimía todo su cuerpo, el dolor en su costado regresó con fuerza, como si acabara de despertar. Era el sufrimiento que la calma recuperada le traía de vuelta.
"¿Entonces qué hago?"
Debía conseguir comida, pero la terrible bestia mágica acechaba en el bosque. En el pueblo habría alimento mucho más abundante, pero ese lugar también estaba infestado de humanos armados con temibles armas. Eligiera lo que eligiera, el peligro era el mismo.
Tras una profunda agonía, el zorro se levantó tambaleándose. Al final, solo quedaba un camino: dirigirse al pueblo, donde las luces humanas parpadeaban débilmente a lo lejos.
Incluso si regresaba al bosque ahora, ya estaba demasiado oscuro para encontrar alimento. En cambio, el pueblo seguía iluminado y rebosaba de comida en comparación con la naturaleza. Con un poco de suerte, tal vez podría conseguir algo sin llamar la atención de los humanos.
El zorro avanzó paso a paso, abrigando una pequeña y ferviente esperanza.
****
Al llegar a la entrada del pueblo, el zorro contuvo el aliento por un momento. Un aroma ajeno y totalmente diferente al del bosque le inundó la nariz. En lugar del olor a tierra húmeda y fría, el humo de la madera quemada y el rastro sutil de comida se filtraban mezclados con el viento.
El zorro bajó el cuerpo todo lo posible y se ocultó en las largas sombras. Su pelaje negro resultaba de gran ayuda en estos casos.
Su objetivo era uno solo: comida. Ya fuera algo que a alguien se le hubiera caído o que hubieran desechado, quería comer aunque fuera un solo pedazo y marcharse de inmediato de ese lugar peligroso.
Tras deambular un buen rato siguiendo el apetitoso aroma, llegó a la parte trasera de un edificio que parecía ser una taberna, donde se mezclaban los olores a alcohol y a carne. Olfateó con cuidado alrededor de un enorme contenedor de basura en busca de algo comestible. Había bajado al pueblo de los humanos unas pocas veces en el pasado para comer, y en esas ocasiones siempre buscaba las tabernas. Al ser lugares que vendían todo tipo de bocadillos, siempre era posible encontrar restos de comida cerca de la basura.
—¡Guau! ¡Guau, guau!
De repente, un enorme perro apareció de la nada. Estaba suelto, sin ninguna correa. El can, que tenía un pelaje completamente negro y un tamaño tres veces mayor que el del zorro, gruñó con ferocidad en cuanto lo vio, mostrando los dientes.
El zorro huyó despavorido, perdiendo el juicio por el susto. El perro intentó perseguirlo, ladrando con fuerza. En ese instante, la puerta trasera de la taberna se abrió con un chirrido. Un hombre salió con un balde lleno de comida y le gritó con irritación al perro que no paraba de ladrar.
—¡Cállate, Bucky! ¿A qué demonios le ladras a esta hora? ¡Cállate y cómete esto!
El hombre arrojó el balde al suelo sin cuidado. La atención del perro se desvió de inmediato hacia el recipiente. Dejando atrás al perro que ya hundía la nariz en el montón de comida, el hombre regresó al interior refunfuñando.
Aprovechando que el perro estaba concentrado en su banquete, el zorro escapó de allí. Al adentrarse tambaleándose de nuevo en un callejón oscuro, esta vez escuchó un bullicio ruidoso a lo lejos.
Era el mercado.
Los gritos de los comerciantes que exhibían sus puestos, las voces de las mujeres que intentaban regatear los precios y las risas de los niños se mezclaban para crear un ambiente lleno de vida. Además, el olor a pan horneado y a carne cocinándose estimuló su estómago hambriento.
El zorro tragó saliva sin darse cuenta.
"Si voy allá, tal vez consiga algo de comer. Pero hay demasiada, demasiada gente". Aunque su pelaje negro lo hacía invisible de noche, no tenía la confianza para robar algo sin ser descubierto.
Tras meditarlo, decidió esconderse entre las sombras y esperar a que el fervor del mercado se calmara. Al llegar la madrugada, todos recogerían sus puestos y entonces podría recoger aunque fueran las migajas de comida que quedaran olvidadas.
El zorro se ocultó detrás de unas cajas de madera apiladas. Allí, decidió esperar en silencio a que el intenso calor del mercado disminuyera y los ruidosos pasos de los humanos cesaran.
—Ah, es un perrito.
Al escuchar la voz que resonó de repente, el zorro levantó la cabeza de golpe por el susto. Justo frente a sus ojos, un niño estaba de pie sosteniendo una brocheta de pollo. No se había dado cuenta de en qué momento se había acercado.
El niño lo miraba con ojos llenos de curiosidad. Tenía el pelaje sucio y un cuerpo sumamente flaco. Aunque el zorro lucía enfermo, ante los ojos del niño parecía simplemente un perrito pequeño y tierno.
—Perrito —murmuró el niño dando un paso hacia el frente.
El zorro retrocedió por reflejo. Su pelaje se erizó por la desconfianza, pero no podía apartar la mirada de la brocheta de pollo que el niño sostenía. El olor delicioso y grasoso de la carne le acariciaba la nariz.
El niño pareció notar el interés del zorro en la comida, así que sonrió con inocencia y extendió la brocheta hacia él.
—¿Quieres comer esto?
Las orejas del zorro se movieron alertas. "¿Puedo comerlo?". Como el zorro dudaba y solo miraba alternadamente el rostro del niño y la brocheta, el pequeño se agachó y dejó la comida en el suelo. El zorro se acercó con cautela y olfateó la brocheta tirada en la tierra. Tenía un olor cálido y delicioso.
El zorro atrapó rápidamente la brocheta con la boca llena y volvió a esconderse detrás de las cajas. Temiendo que se la quitaran, comenzó a arrancar los pedazos de carne a toda prisa. No era tan buena como la carne que comía en el palacio imperial, pero estaba tan deliciosa que casi le hace saltar las lágrimas.
—¡Mamá! ¡Papá! ¡Miren esto! ¡Hay un perrito aquí!
Al ver que el zorro devoraba con gusto la comida que le había dado, el niño gritó hacia sus padres con un rostro lleno de inocencia. Al escuchar la voz del pequeño, una pareja de mediana edad se acercó de inmediato. La madre del niño se horrorizó en cuanto vio al zorro.
—¡Santo cielo, Ein! ¡No te acerques! ¡Te va a contagiar una enfermedad!
La mujer tiró con fuerza del brazo del niño y retrocedió. El aspecto del zorro, sucio, babeante y manchado de sangre, sin duda lo hacía parecer un perro callejero enfermo.
El padre, que tenía una expresión severa, recogió sin dudarlo una piedra que rodaba por el suelo.
—¡Maldito perro sarnoso! ¡Lárgate de aquí!
¡Pum!
La piedra voló e impactó fuertemente contra la caja de al lado.
Asustado por el estruendoso golpe, el zorro soltó el pollo que llevaba en la boca y comenzó a correr despavorido, perdiendo el juicio. Tras avanzar a ciegas por un camino estrecho y oscuro, finalmente se ocultó detrás de un montón de basura, jadeando con fuerza para recuperar el aliento.
—Kking.
El zorro sollozó, tragándose el llanto. "Como pensé, los humanos son aterradores".
La hostilidad de ellos no era algo nuevo para el zorro. Antes de llegar al palacio, no, era algo que había sufrido desde el instante en que nació. Por eso, su reacción no hirió sus sentimientos. Sin embargo, los pedazos de carne que quedaban en esa brocheta no dejaban de flotar ante sus ojos.
"El pollo... ni siquiera pude comérmelo bien...".
La brocheta de pollo que el niño le dio seguía vívida en su mente. Pero el miedo era más fuerte que el lamento. Al final, no reunió el valor para regresar.
Se acurrucó, limitándose a lamerse los labios.
¿Habría sido por haber corrido durante todo el día? Su cuerpo, exhausto al extremo, le exigía dormir. Aunque pensó que si se dormía de esa manera tal vez nunca volvería a despertar, no pudo vencer el abrumador sueño que caía sobre él.
Justo cuando su conciencia comenzaba a desvanecerse, escuchó unos pasos tenues. Alguien se estaba acercando. El zorro separó los párpados con suma dificultad.
Una silueta borrosa se recortó en medio de la oscuridad. Era una persona vestida completamente de blanco, desde la cabeza hasta los pies. Al recibir la luz de la luna, su cabello brillaba con un tono plateado.
"¿Papá...?"
En lo más profundo de su memoria, el hombre que le había dicho que sobreviviera parecía tener el cabello de ese mismo color. El zorro forzó sus párpados en medio de su conciencia agonizante para ver bien a ese hombre. Sin embargo, su cuerpo agotado no le respondió.
Pronto, su visión se sumergió por completo en la oscuridad.
****
—¿Todavía no lo han encontrado?
—Lo sentimos mucho, Majestad. Hemos registrado minuciosamente el interior y el exterior del palacio, pero aún no hay ningún rastro…
La mano cerrada en puño de Adrian se apretó con más fuerza. Su mirada recorrió el despacho vacío. Aunque las sirvientas habían limpiado toda la noche, las marcas de las garras del zorro seguían grabadas en la estantería, alterando sus nervios.
La búsqueda continuaba, pero no había resultados. Registraron los alrededores del palacio imperial de forma implacable, pero no había rastro del zorro por ninguna parte. Era como si se hubiera evaporado por completo, sin haber existido jamás.
Tras la desaparición del zorro, el palacio imperial recuperó su aparente calma. Los sirvientes continuaron con sus labores y los nobles discutían los asuntos de Estado como de costumbre.
Sin embargo, el mundo de Adrian se había detenido en ese mismo lugar. Todo le parecía carente de sentido. Saltaba las comidas, se quedaba mirando fijamente por la ventana en medio de las reuniones y era incapaz de concentrarse en su rutina diaria.
—Amplíen el radio de búsqueda. Regístrenlo todo, incluso si tienen que dar la vuelta a la capital entera para encontrarlo.
Kael movió los labios por un momento ante esa orden. Probablemente quería disuadirlo. O tal vez quería protestar exponiendo las dificultades reales de una instrucción tan poco realista.
La capital del imperio era inmensa. Desde el sector norte, donde se alineaban las mansiones de los nobles, pasando por el mercado central repleto de tiendas, hasta los suburbios del sur donde ni siquiera la luz del sol llegaba correctamente. Cientos de miles de personas respiraban, vivían y desaparecían allí dentro.
En medio de esas calles colosales, encontrar a un solo zorro —un animal más pequeño que un niño— era una tarea cercana a lo imposible. Sin embargo, Kael terminó tragándose las palabras ante la mirada del emperador.
—Entendido.
En cuanto Kael salió del despacho con la cabeza baja, la mirada de Adrian se dirigió hacia la ventana. La lluvia finalmente había cesado, pero el cielo seguía cubierto por nubes oscuras y pesadas.

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