Capítulo #32 "Un Día, Me Encontré Con Un Zorro"
—Kkiing…
"De verdad voy a morir aquí". El miedo lo invadió por completo. Intentó arrastrarse para sobrevivir, pero apenas pudo avanzar unos centímetros. El ataque de hacía un momento sin duda le había fracturado las costillas. Al forzar su cuerpo, un sonido seco escapó desde lo más profundo de su garganta.
¡Shhh!
Fue un silbido débil, como el aire escapando de un globo desinflado. No era una amenaza; era un llanto de puro terror y dolor.
La muerte estaba justo frente a él.
Al tomar conciencia de ese hecho de forma tan desgarradora, una culpa atroz y un arrepentimiento mucho más profundo que el de antes lo inundaron.
"No debí haber escapado. Debí quedarme en ese castillo aunque me castigaran. La fría furia de Adrian habría sido mil veces mejor que este final. No, desde el principio no debí haber codiciado ese maldito frasco de miel. Debí creer en sus palabras cuando dijo que volvería pronto y esperarlo tranquilo en un rincón".
Pero era un arrepentimiento tardío. Ya no había marcha atrás.
El lobo ya se había acercado a una distancia donde podía sentir su aliento. Agachando el cuerpo contra el suelo para dar el golpe final, la bestia abrió enormemente las fauces. Sus colmillos largos y amarillentos destellaron de forma espeluznante; eran tan grandes y afilados en comparación con su propio tamaño que parecían cuernos en lugar de dientes.
De inmediato, esos colmillos gruesos se lanzaron como un rayo directo hacia su nuca.
El zorro quiso esquivarlo, pero su cuerpo se negó a obedecer la orden; lo único que pudo hacer fue mover débilmente los dedos de sus patas. Ante la muerte inminente, cerró los ojos con todas sus fuerzas, esperando el dolor que se avecinaba.
Sin embargo, el dolor esperado jamás llegó.
—¡Auuuuuu!
En lugar del impacto, un aullido desgarrador que pareció retorcer el alma misma inundó sus oídos.
¡Aaagh!
Ese grito no duró mucho. Se cortó en seco, como un hilo que se rompe, y de inmediato, el eco sordo de huesos fracturándose y el crujido espantoso de carne desgarrándose golpearon el silencio. Poco después, un impacto pesado, como el derrumbe de una roca gigantesca, hizo vibrar el suelo del bosque. Tras eso, solo quedó un silencio sofocante.
"¿Qué... qué fue lo que pasó?".
Tenía curiosidad, pero no se atrevía a abrir los ojos por completo. Los sonidos de hace un momento le advertían que algo lógicamente imposible y espantoso había ocurrido. Aun así, no podía quedarse con los ojos cerrados para siempre. El zorro separó los párpados con cautela.
Lo primero que golpeó su vista fue la sangre.
Un fluido rojo intenso, como si hubieran volcado un tintero de tinta escarlata por completo, se esparcía sobre la tierra húmeda. Y más allá de ese rastro de sangre, el temible lobo que estuvo a punto de devorarlo yacía tirado sin fuerzas.
Su pelaje gris estaba cubierto de una mezcla asquerosa de lodo y sangre, y su costado estaba doblado en un ángulo grotesco. Sus patas aún se sacudían levemente en el aire con espasmos, mostrando que no había muerto del todo, pero ese era todo su movimiento.
"¿Quién... qué cosa pudo haber hecho esto?".
El primer pensamiento que cruzó su mente fue un humano.
"¿Habrá sido un cazador? O... ¿será que Adrian hizo esto?". Pero no había rastros de ningún humano ni de Adrian en los alrededores del bosque.
Entonces, ¿quién había sido?
El zorro tragó saliva con dificultad y volvió a mirar al lobo caído. Ese cuerpo enorme que hace unos instantes parecía una amenaza indestructible ahora estaba completamente desparramado.
"¿Qué tipo de fuerza pudo derribar a ese lobo de un solo golpe? ¿Las garras de un león? ¿Los colmillos de un tigre?". Dudas que escapaban a su comprensión se arremolinaron en su pequeña cabeza.
Fue en ese preciso instante.
La mirada del zorro se clavó en un punto como si fuera atraída por un imán. El lobo apenas se movía, respirando a duras penas en el umbral de la muerte.
Sin embargo, su sombra era diferente. Se retorcía sutilmente. No había luz solar directa ni soplaba el viento, pero la sombra ondulaba como si fuera un ser vivo e independiente. Pronto, esa silueta negra comenzó a erguirse lentamente desde el suelo.
No era una figura plana; tenía volumen, peso y voluntad. La sombra fue adquiriendo una forma física. Más que una criatura viva, parecía un ser extraído directamente de una pesadilla.
Su cuerpo estaba cubierto de una sustancia viscosa y pegajosa, y sus múltiples extremidades se asemejaban a las de una araña, pero eran mucho más gruesas y estaban retorcidas de una manera aberrante.
Lo más espantoso era su rostro. En la zona donde debería estar la cara no había ojos ni nariz; en su lugar, una enorme boca repleta de al menos cincuenta dientes afilados se abrió de par en par, revelando delgados tentáculos negros que se agitaban en su interior.
¡Kieeeek!
La criatura soltó un chillido desgarrador que le congeló la espalda. El zorro se olvidó por completo del lobo; el ser que tenía enfrente representaba un terror de una dimensión totalmente diferente.
Una bestia mágica.
Los monstruos que, según decían, habitaban en la oscuridad más profunda del bosque, donde los humanos jamás ponían un pie. Esta era la primera vez que veía una en la vida real.
"¿Acaso esta cosa me salvó del lobo... o yo seré el siguiente sacrificio?".
La bestia mágica no parecía haber notado aún la presencia del zorro debido a su diminuto tamaño, y mantuvo su atención fija únicamente en el lobo caído. Su boca desgarrada se abrió de forma aún más monstruosa, soltando un alarido horrendo que imitaba el grito de un humano. Acto seguido, balanceó su cola e impactó la cabeza del lobo.
¡Pum!
Con un golpe seco, la cabeza del lobo se hizo añicos como si fuera una sandía. Sesos y sangre salpicaron con violencia en todas direcciones. Unas gotas de esa sangre roja y caliente aterrizaron sobre el pelaje negro del zorro. Sintió asco.
Sin embargo, ni siquiera pudo pensar en limpiarse las manchas rojas de su pelo negro. Estaba completamente paralizado por la escena, conteniendo hasta el más mínimo aliento.
¡Chomp, crunch!
La criatura hundió su rostro en el cuerpo del lobo y comenzó a arrancar pedazos de carne con ferocidad. El sonido de la piel dura rasgándose y el crujido de los huesos triturándose rompieron la quietud del bosque. Un olor a sangre espeso y nauseabundo inundó el aire húmedo.
El lobo, que alguna vez fue el depredador de este bosque, ahora había sido reducido a una simple comida.
El zorro intentó calmar los latidos desbocados de su corazón y comenzó a levantar su cuerpo lentamente. La bestia mágica estaba tan concentrada en su banquete que no parecía notar su presencia. Esta era su oportunidad. El dolor de sus costillas fracturadas dejó de importar ante el pánico que amenazaba con ahogarlo.
Amortiguando el ruido lo más posible, el zorro comenzó a retroceder paso a paso con extrema cautela. El monstruo seguía sin notarlo. "Bien, si logro escapar en silencio de esta manera, tal vez pueda sobrevivir". Fue justo en ese instante de alivio.
¡Crack!
Su pata trasera pisó una rama seca.
Todo su pelaje se erizó al instante.
Los movimientos de la bestia mágica se detuvieron en seco, como si se hubiera congelado. Con un trozo de la pata del lobo colgando de la boca, giró la cabeza. Ese rostro plano y sin ojos apuntó directamente hacia el zorro.
Se hizo un silencio tan denso que resultaba escalofriante.
La bestia mágica, con extrema lentitud, escupió lo que estaba masticando.
¡Plop!
El trozo de carne cubierto de saliva y sangre cayó al suelo. La criatura ya no tenía el menor interés en el cadáver destrozado del lobo.
Ese rostro sin mirada estaba enfocado únicamente en el pequeño zorro.
El zorro contuvo la respiración mientras un leve temblor recorría todo su cuerpo. "Tengo que correr". La orden más primitiva de supervivencia estalló en su mente, pero sus extremidades estaban tan rígidas que no respondían. Frente a ese terror absoluto que había triturado al lobo en un segundo, sus músculos se habían paralizado por completo.
¡Clic, clic!
Produciendo un sonido extraño, la bestia mágica comenzó a moverse.
Esas patas aberrantes que imitaban a las de una araña avanzaban desafiando las leyes de la naturaleza. Con cada paso que daba, las hojas húmedas del suelo quedaban aplastadas bajo una sustancia pegajosa.
Habiendo perdido la capacidad de huir y el deseo de resistir, el zorro se quedó clavado en el suelo como un árbol seco, limitándose a observar la catástrofe que se le venía encima.
Finalmente, la sombra de la criatura cubrió por completo su pequeño cuerpo.
Justo en ese último segundo, cuando estaba a punto de ser engullido por esas fauces gigantescas, algo saltó desde la espesura del bosque.
Era el mismo conejo blanco e ingenuo que el zorro había dejado escapar antes. Al saltar repentinamente en medio del claro del bosque, el roedor no pareció notar la escena espantosa; solo miró a su alrededor moviendo sus orejas de forma inquieta.
El movimiento de la bestia mágica se detuvo por un milisegundo. Su rostro sin ojos giró levemente hacia el conejo, detectando una nueva presa.
Por un instante, la atención del monstruo se apartó por completo del zorro.
Era el momento. La única oportunidad que el destino le otorgaba.
La sangre caliente volvió a fluir de forma explosiva por su cuerpo paralizado. El zorro reunió la última gota de energía que le quedaba para sobrevivir, se impulsó contra el suelo y salió disparado.
No miró atrás. Solo corrió hacia el frente. Las ramas bajas le arañaban el rostro, las piedras afiladas se le clavaban en las almohadillas de las patas y el dolor de sus costillas le punzaba los pulmones, pero el dolor físico ya había sido devorado por el pánico.
—¡Haaah, haah...!
¿Cuánto tiempo corrió? Solo cuando alcanzó los límites del bosque se detuvo. Jadeando con fuerza, miró hacia atrás. Por suerte, la bestia mágica no lo había seguido.
"Me salvé...".
Toda la fuerza de sus patas desapareció de golpe. El zorro se desplomó sobre el suelo, cayendo sentado. Sus extremidades temblaban tanto que no podía dar un paso más, y su corazón latía con tanta violencia que parecía que iba a romperle las costillas.
La escena infernal de hace un momento flotaba como un recuerdo residual ante sus ojos: la boca rasgada, los tentáculos agitándose con locura y la cabeza destrozada del lobo. Una arcada le subió por la garganta.
Para sacudirse ese recuerdo espantoso, levantó la vista al cielo. Sin darse cuenta, el firmamento ya se había llenado de innumerables estrellas. Ya era de noche. Y a lo lejos, el suelo también parecía reflejar esas estrellas con pequeños destellos.
Eran luces pequeñas y cálidas esparcidas en medio de la oscuridad. No eran estrellas; era la luz que se filtraba desde un pueblo humano.
El pueblo. Ese lugar era peligroso. Los humanos solían arrojarle piedras o blandir armas frías en cuanto lo veían. Excepto una sola persona: Adrian.
Al evocar ese nombre, el corazón que acababa de escapar del terror volvió a hundirse con debilidad. "¿Qué estará haciendo ahora? ¿Me estará buscando? O... ¿ya se habrá olvidado de mí?".
¡Ruuumb!
Justo cuando la melancolía invadía su pecho, su estómago vacío rugió con imprudencia, ajeno a la situación.
✧・゚: 𝓐𝓷𝓽𝓮𝓻𝓲𝓸𝓻 | 𝓢𝓲𝓰𝓾𝓲𝓮𝓷𝓽𝓮 :・゚✧

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