Capítulo #31 "Un Día, Me Encontré Con Un Zorro"
Pero el zorro no estaba allí. Solo era el sonido de una rama sacudida por el viento que raspaba la pared exterior.
—Ah…
La esperanza se apagó tan rápido como había brotado, dejando en su lugar un vacío aún más profundo. Sintió como si el agua de la lluvia se filtrara directamente en su pecho desolado.
El sonido de la tormenta devoraba el mundo. Adrian, de pie e inmóvil bajo el diluvio, soltó una risa silenciosa. Era pura autocompasión. Tenía el cabello empapado y pegado desordenadamente al rostro, y su ropa ya estaba manchada de lodo. No quedaba ni un rastro de la dignidad que debía poseer el emperador de una nación.
"¿Por qué estoy haciendo esto?".
De todos modos, el plan era devolver a la bestia al bosque en cuanto su herida sanara. Aunque había sido una despedida repentina, era el final previsto. Que hubiera desaparecido no era algo por lo que debiera preocuparse. Al contrario, era lo mejor. Ya no interrumpirían su trabajo ni tendría que comer esquivando pelos flotantes.
A pesar de eso…
Los pies de Adrian seguían clavados en el mismo lugar.
Aunque sabía que debía dar la vuelta, su cuerpo no se movía. El tiempo que pasaron juntos pasó por su mente como un relámpago: la mirada de alerta del primer encuentro, la actitud que se ablandaba poco a poco y el momento en que el zorro se acurrucó en su regazo como si fuera el lugar más seguro y cómodo del mundo.
"Aún se necesitaba más tiempo".
Ese pensamiento brotó de repente en un rincón de su pecho, y Adrian intentó rechazarlo. ¿Qué más se necesitaba? La pata de la bestia ya estaba casi curada y regresar a la naturaleza era el curso natural de las cosas. Desde el principio, no había tenido la intención de domesticarlo.
Sin embargo, en algún lugar de su mente, otra voz susurró.
"No estás listo".
No sabía que la despedida llegaría así, de forma tan abrupta y sin un adiós. Si iba a liberar al zorro, quería al menos mirar esos ojos por última vez, alimentarlo bien en un día soleado y enviarlo por un sendero seguro, lejos del territorio de los depredadores.
Al menos, tenía esa razón para autoconvencerse.
La mano de Adrian se cerró en un puño inconsciente. Las uñas se clavaron en su palma, pero no dolió. Algo mucho más profundo que las razones que enumeraba a modo de excusa le oprimía el pecho.
Sintió resentimiento hacia el zorro que había desaparecido sin conocer sus sentimientos. Pero el reproche volvió a caer sobre sí mismo. Si tan solo le hubiera dado la miel antes de irse. Si les hubiera ordenado firmemente a los guardias que jamás abrieran la puerta cuando él no estuviera. No, si tan solo hubiera rechazado la audiencia del Duque desde el principio.
El arrepentimiento es solo un lujo. No había tiempo para lamentarse ni culparse por el pasado. Ahora, encontrar al zorro era lo más urgente.
Adrian comenzó a registrar todo de nuevo. No podía detenerse. Esa pequeña cosa debía estar acurrucada en algún lado en este mismo instante, recibiendo el impacto de la lluvia con todo su cuerpo.
Adrian buscó por todo el palacio imperial de manera implacable. Pero por más que buscó, el zorro no apareció. La lluvia borró cualquier rastro y la noche continuó profundizándose de ese modo.
****
La lluvia que cayó durante tres días seguidos finalmente se detuvo. Sin embargo, el cielo seguía sumergido bajo nubes oscuras y pesadas.
—Kking…
El zorro estaba acurrucado sobre la tierra fría, apoyando su cuerpo contra la base de un árbol. Su estómago hambriento le dolía como si se lo estuvieran retorciendo. Su pelaje empapado apenas se había secado, pero el frío provocado por la inanición no desaparecía.
Aquel día, el zorro corrió a ciegas en dirección opuesta a las luces.
Cualquier lugar donde no hubiera humanos estaba bien. Corrió hasta sentir que se le cortaba el aliento y, cuando se dio cuenta, estaba en medio de un bosque desconocido. Era la primera vez que veía ese lugar, pero era mejor que un pueblo lleno de humanos. Se mantuvo vivo estos días escondiéndose bajo los árboles y comiendo pequeñas frutas caídas en la tierra.
Pero ahora, ya no quedaba ni una sola fruta. Ojalá hubiera el cadáver de alguna presa abandonada, pero parecía que incluso eso había sido arrastrado por la fuerte tormenta. En el suelo solo rodaban hojas secas mojadas y ramas rotas.
"Tengo hambre".
Los días en el palacio imperial se sentían como un sueño lejano: los cojines suaves, el lecho cálido y la comida que recibía todos los días. La carne bien picada, la miel dulce... Todo eso parecía ahora una ilusión inalcanzable.
Y entre todo, lo que más extrañaba era a Adrian.
A pesar de pensar que él ya debía odiarlo, extrañaba con dolor sus caricias, su voz y su regazo. Había sobrevivido largos años sin Adrian, pero su cuerpo, habituado a los breves cuidados, ya buscaba ese calor.
Habría sido menos doloroso no haberlo conocido nunca; ahora que lo sabía, la ausencia se clavaba con más profundidad. La abundancia que disfrutó por un momento había entorpecido sus sentidos de supervivencia.
¡Fuuu!
Justo cuando soltaba un largo suspiro, un crujido resonó al otro lado del bosque.
¡Pas!
Las orejas del zorro se erizaron por reflejo. "¿Será Adrian? ¿Habrá venido a buscarme?". Aunque sabía que era imposible, una débil esperanza brotó en su pecho.
Un pequeño cuerpo salió de entre los matorrales. Era un conejo.
Un conejo de pelaje blanco y bastante regordete estaba masticando hierba. La decepción de que no fuera Adrian lo invadió por un segundo, pero de inmediato, algo más primitivo se agitó en lo profundo de su cuerpo.
Era el hambre.
¡Glup!
El zorro tragó saliva sin darse cuenta. Su instinto hambriento susurró.
"Tengo que cazar. No puedo perder al conejo. Si no lo atrapo, moriré de hambre aquí mismo".
Las pupilas del zorro se contrajeron en líneas verticales. Movió su cuerpo amortiguando el ruido lo más posible. Mientras avanzaba a gatas sobre las hojas húmedas acortando la distancia, su corazón latía con tanta fuerza que parecía que iba a romperle las costillas.
"¿Podré hacerlo?". Las veces que había tenido éxito cazando en su vida se podian contar con los dedos de una mano. Cuando surgía un peligro su cuerpo reaccionaba solo, pero en situaciones normales, siempre dejaba escapar fácilmente hasta a un pájaro pequeño.
Sin embargo, esta vez era diferente. Al pensar que si fallaba ahora sería el fin definitivo, el instinto salvaje que había dormido por largos años comenzó a despertar lentamente.
La distancia con el conejo era lo suficientemente corta. Era el momento exacto. El zorro se impulsó contra el suelo y se lanzó. El conejo sintió la presencia y levantó la cabeza. Al ver una sombra negra surcar el aire, el roedor giró en un instante y salió disparado como una flecha.
¡Kkaeng!
El zorro, que falló el tiro, se estrelló de cara contra el suelo. El olor húmedo de la tierra y el musgo le inundó la nariz. Postrado en el suelo, el zorro se quedó mirando fijamente la espalda del conejo que desaparecía de su vista.
—Kuuuung…
"Sabía que pasaría esto. El final siempre es el mismo. No importa si ruedo decenas de veces o si lo intento centenares, siempre termino perdiéndolos". Ya no tenía fuerzas ni para pensar si era porque sus patas eran lentas o simplemente porque no tenía suerte.
Al final, ¿moriría de hambre de esta manera?
Aun así, había resistido durante bastante tiempo. Arrojado solo en una tierra extraña, sobreviviendo a duras penas mientras era golpeado tanto por otras bestias como por humanos. Había aguantado por un tiempo que parecía un milagro e incluso conoció un lazo afortunado, aunque breve. Aunque terminó de forma efímera, no había sido una mala vida.
Con la cara hundida entre las hojas, el zorro cerró sus ojos cansados. Ya no le quedaban fuerzas para mover sus extremidades ni razones para esperar el sol de mañana. Su conciencia estaba a punto de sumergirse en la oscuridad, como una piedra que se hunde en un mar profundo sin fondo.
En ese instante, la nariz redonda y negra del zorro se movió levemente.
"¿Este olor...?".
Un aroma familiar, que parecía grabado en lo más profundo de su instinto, rozó su nariz decaída. No era la tierra mojada, ni el olor del conejo. Tampoco era el aroma cálido de Adrian.
Los ojos del zorro se abrieron de golpe. Sus orejas sucias de tierra se movieron activamente para captar cualquier indicio. A sus espaldas, la quietud se rompió con el sonido de una rama seca siendo aplastada.
¡Crack!
Al girar la cabeza, el dueño de ese sonido entró en su campo de visión.
Era un lobo.
El zorro se levantó de un salto como si le hubiera caído un rayo. Los sentidos que estaban paralizados por el hambre revivieron al instante, como si la sangre fluyera de golpe.
La mirada del lobo de pelaje gris se detuvo por un momento en el lugar donde antes estaba el conejo. No, ahora estaba fija en el zorro. Sus ojos amarillos, similares a los de Adrian pero cargados de una locura asesina, brillaban por el hambre. Una saliva espesa caía de su hocico, dejando manchas oscuras en la tierra.
¡Grrr...!
Cada vez que el lobo daba un paso pesado acercándose lentamente, el zorro retrocedía. Sus patas temblaban sin fuerzas. Su cuerpo, debilitado por la inanición, ya había alcanzado su límite.
"¿Podré escapar de ese lobo?".
El zorro miró a su alrededor desesperadamente, buscando una salida. Pero no parecía haber ningún escape. Los árboles y matorrales rodeaban el lugar como una jaula de hierro. La única salida era una: el camino donde el lobo estaba plantado.
El zorro intentó buscar aunque fuera una mínima posibilidad. Sin embargo, no pudo pensar mucho tiempo, porque el lobo se movió primero.
Una enorme pata delantera se blandió en su campo de visión como un rayo. El zorro reunió todos sus reflejos y se lanzó hacia un lado. Pero el experimentado lobo ya había previsto ese movimiento; modificó la trayectoria de su pesada pata y golpeó el costado del zorro. El pequeño cuerpo salió volando por el aire de forma lamentable junto con un chillido desgarrador.
—¡Kkaaang!
Un grito estalló cuando su pequeño cuerpo chocó fuertemente contra un árbol. Ante el impacto que le cortó la respiración por completo, su vista brilló como fuegos artificiales y un dolor agudo se extendió como una ola desde su costado. Ni siquiera podía inhalar aire correctamente.
El lobo, con los ojos brillando con codicia, se acercó lentamente a la presa caída. El zorro intentó levantarse tambaleándose. Sin embargo, como un montón de tierra que se derrumba, no pudo sostenerse y se desplomó en el suelo.

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