🍊
Novelas BL
NOVELAS ✨

Capítulo #33 "Vino y Armas"


Capítulo 33


"Leda y el Cisne 03"


—¿Es eso la psicopatía? 



Preguntó Albariño con voz borrosa, quizá por el exceso de dolor o la pérdida de sangre.



—Así es —respondió Herstal, observando el cabello de Albariño pegado a su frente pálida por el sudor y la sangre.



Cualquiera que fuera la persona, aquello dolía demasiado.



Los siguientes tajos fueron profundos; al menos, en comparación, eran mucho más profundos que aquellas pequeñas incisiones alargadas que apenas alcanzaban un centímetro. Aunque los movimientos de Herstal seguían siendo cautelosos y contenidos —sin llegar a perforar la cavidad abdominal, pero afectando definitivamente el músculo, lo que planteaba la duda de si se trataba de una extraña piedad, ya que, de lo contrario, su presa habría muerto antes de que todo terminara—, Albariño sentía la sangre tibia brotar a borbotones con cada movimiento.



De su garganta escaparon varios sonidos guturales y difusos, mezclados con gemidos intermitentes y maldiciones: no era un rechazo real, sino la manifestación más instintiva y directa ante el dolor. Herstal continuaba sepultado en su interior, y ese dolor, comparado con el de las otras heridas, se sentía casi tenue y sordo; la lubricación previa había sido tan descuidada que estaba seguro de que su entrada se había desgarrado, y ahora lo único que escurría por sus piernas era sangre.



La hoja de Herstal presionaba fría contra su abdomen mientras su miembro seguía hundiéndose profundamente en su cuerpo. Los dedos del otro se cerraron sobre su pierna, clavando las yemas con fuerza en su muslo; uno de estos movimientos excitó a Herstal, y Albariño pudo percibirlo a través de las pesadas respiraciones que resonaban en su pecho. Albariño lo miró a través de sus pestañas, enredadas por las lágrimas o el sudor (o tal vez la sangre); el Pianista de Westland lo contemplaba como un cazador frenético.



—Trece —le siseó con un hilo de voz, revelándole el número de cortes, acompañado de una risa ronca.



—. ... Un número bastante icónico. Creo que puedo adivinar qué palabra estás tallando... No sé si debería felicitarte por tu falta de gusto.



Herstal posó lentamente la mano sobre las ardientes heridas del abdomen del otro; la sangre brotaba bajo su palma mientras la esparcía despacio, escuchando los jadeos sollozantes que Albariño emitía.



La mirada de Albariño, al posarse sobre él, estaba desvaída, como un ave asustadiza que se posa en algún rasgo de su rostro. Una de sus piernas aún rodeaba de forma laxa y sin fuerzas la cintura de Herstal, mientras que su propio miembro yacía completamente flácido; con el otro todavía sepultado en su interior, la escena parecía casi una humillación.



Sin embargo, ambos sabían que no era así.



Herstal decidió que ese era el momento para arrojar el cuchillo de vuelta al suelo. Dobló con crueldad el cuerpo del otro —sintiendo como si estuviera escurriendo un trapo, exprimiendo la sangre de las heridas de Albariño— y embistió con fuerza en su interior.



Albariño soltó un jadeo bajo, y sus manos, firmemente atadas sobre su cabeza, se agitaron levemente. Herstal extendió una mano empapada de sangre para presionar sus muñecas, sintiendo cómo esos dedos se contraían sin fuerzas bajo su peso, raspando torpemente su palma con las uñas.



Herstal incluso se distrajo un segundo pensando en qué pasaría si desatara esas cuerdas de piano: si los dedos de Albariño arañarían inútilmente el suelo o si se clavarían profundamente en sus hombros.



Podía sentir una especie de fuego quemándole entre las vértebras, similar a la emoción que experimentaba cada vez que mataba a alguien, o quizás más intensa; se parecía más al hambre, se parecía al pecado mismo. Y Albariño seguía esforzándose por resistirse en la medida de lo posible, esparciendo la sangre por el suelo y haciendo que la escena luciera aún más espeluznante.



—Te gusta esto —la voz de Albariño brotó envuelta en un susurro jadeante, rompiéndose a cada embestida; esos ojos verdes parecían capaces de albergar el dolor y la locura al mismo tiempo, configurando un cuadro impactante.



—Te gusta la sensación de controlarme y juzgarme, y... ¡ah!... y estoy seguro de que, al menos, te gusta mi rostro.



Herstal no pretendía ser tan falto de autoconsciencia como para negar aquello; si rehusaba admitirlo, habría sido un insulto a la inteligencia del otro. Las facciones de Albariño correspondían al tipo que él prefería —o mejor dicho, eran la categoría más alejada de la imagen que solía aparecer en sus pesadillas—, lo que explicaba por qué le tenía una tolerancia especial cuando Albariño visitaba su oficina a la menor provocación.



Pero seguía detestando ciertas expresiones que el otro dejaba entrever en sus ojos de manera inconsciente; cuando ese hombre sonreía, parecía tener siempre la victoria asegurada: incluso ahora. Esos destellos verdes bailaban como fuegos fatuos de locura, pero cuando ocasionalmente se cubrían de bruma, la mirada de Albariño parecía casi alegre y tolerante.



Esto siempre proclamaba el mismo hecho: era porque Albariño lo permitía que habían llegado hasta este punto.



Y Herstal realmente odiaba esa sensación.



Albariño no dejaba de parlotear entre susurros que sonaban a sollozos bajos, utilizando esas palabras entrecortadas para señalar la verdad.



—Te gusta verme destrozado por ti, y mejor aún si exhibes mis restos ante todos... ¡Herstal! ¡Mierda!



Herstal hundió un dedo dentro de una de las heridas de su abdomen.



La sangre fue empujada hacia fuera entre su dedo y los músculos abiertos, produciendo un sonido húmedo, casi erótico. El cuerpo de Albariño se sacudió violentamente bajo sus dedos, sus piernas temblaron y la contracción incontrolable de sus paredes internas arrancó un rugido de la boca de Herstal.



Las comisuras de los ojos de Albariño estaban enrojecidas, y la parte inferior de sus ojos estaba cubierta de lágrimas fisiológicas provocadas por el estímulo; aun así, parecía disfrutar de esta experiencia de una manera patológica. A pesar de estar cubierto de sangre, eso no le impidió esbozar una sonrisa provocadora hacia Herstal.



Entonces, Herstal soltó la mano con la que presionaba sus muñecas y la trasladó a su cuello.



Su palma se adhirió a la nuez de Adán, al pulso que latía con fuerza y a la piel húmeda por el sudor; al presionar esos tejidos blandos, pudo sentir la deglución seca y refleja del otro. 



Herstal ocupaba el cuerpo del otro cediendo a su propio deseo, y de la misma forma, cerró lentamente sus dedos atendiendo a su pulsión; pudo sentir la lucha silenciosa de Albariño cuando su respiración fue bloqueada, un método más lento y doloroso que obstruir el flujo sanguíneo al cerebro, lo cual se ajustaba mejor a sus intenciones.



La respiración del otro se volvía más difícil con cada intento, hasta que finalmente se sumió en el silencio tras un siseo abrupto.



Herstal empujó las piernas de Albariño hasta doblar su cuerpo de forma despiadada, abriéndolas para que sus rodillas tocaran su propio pecho, y sintió cómo la sangre corría por el torso del forense, empapando lentamente el frente de su camisa. Albariño, en los últimos espasmos de la asfixia, contrajo inconscientemente su interior, hasta que Herstal arremetió con brutalidad hacia lo más profundo, rompiendo las mucosas espasmódicas y alcanzando un clímax ardiente y casi doloroso.



Albariño debió de haber quedado inconsciente por la falta de oxígeno durante unos segundos, de eso no cabía duda, hasta que Herstal aflojó la mano —en ese transcurso, realmente consideró por medio segundo la idea de simplemente estrangularlo hasta la muerte—, permitiendo que el aire volviera a entrar a los pulmones a través de su torturada tráquea. Herstal no vio la necesidad de ocultar que también le dolía la espalda y que las piernas se le habían entumecido por la incómoda postura sobre el suelo de madera: después de todo, él era quien había estado retenido por Johnny el Cazador durante dos días; retomar sus labores la misma noche de haber escapado de un asesino en serie resultaba, en realidad, un exceso de profesionalismo, incluso para los estándares de un criminal de su categoría.



Por lo tanto, consideró que tenía motivos suficientes para aminorar el ritmo: no se apresuró a salir del cuerpo del otro, sino que estiró las piernas de Albariño. El forense yacía en su propio charco de sangre, con el cuerpo experimentando leves espasmos; el líquido carmesí seguía goteando desde las desordenadas incisiones de su abdomen, y su piel brillaba debido al sudor.



El aroma a vino blanco que antes impregnaba la habitación ya había sido sepultado por el olor a hierro de la sangre; en la chimenea, solo chispeaban unos últimos restos de brasas naranjas que se resistían a morir. Albariño lo contemplaba —aunque con la mirada perdida, seguía fijo en él— con una sonrisa dibujada en las comisuras de los labios.



Tras un momento de silencio, Herstal preguntó en voz baja.



—¿He caído en tu red?



Habían llegado a ese punto porque Albariño lo había permitido.



La voz de Albariño era ronca y rota, pero mantenía ese tono de quien siempre tiene la victoria asegurada.



—Tal vez —dijo.



—Pianista.


“Un estremecimiento en las entrañas engendra

los muros rotos, el techo y las torres envueltas en llamas,

y la muerte de Agamenón.”



Bart Hardy se encontraba sumido en un sueño profundo cuando el estridente timbre del teléfono comenzó a sonar. El ruido de la lluvia afuera casi había cesado; debió haber sido una noche apacible.



Tenía un brazo alrededor de su esposa, y su pequeña hija se acurrucaba entre ellos como un conejo, asomando su rostro sonrosado por encima de las cobijas. Cuando el teléfono sonó, la niña soltó un quejido y se giró para buscar refugio en el pecho de su madre.



Su esposa ya se había despertado y, mientras Hardy encendía torpemente la lámpara de noche de su lado, le dirigió una mirada confusa y adormilada.



Hardy ya conocía la rutina: algún colega del WLPD llamándole para arruinar su descanso y anunciarle que un esposo alcohólico le había disparado a su mujer, que alguien que salía del turno nocturno había sido asesinado por un asaltante en un callejón oscuro, o que las pandillas se habían enfrentado en algún sitio dejando un rastro de cadáveres... Esto era Westland, esa era su vida.



Pero quizás esta vez no: la pantalla mostraba un número completamente desconocido, lo que captó su atención.



—¿Bueno? —Hardy respondió frunciendo el ceño.



—Habla Bart Hardy.



Se escuchó un leve siseo de estática y luego resonó una voz alterada digitalmente mediante un modulador; hablaba con una precisión meticulosa, palabra por palabra, como si estuviera leyendo un guión, probablemente para ocultar cualquier rasgo distintivo en su forma de expresarse.



—Buenas noches —dijo la estridente voz con lentitud—, oficial Hardy.



Tom, quien se encontraba en el turno de noche, se disponía a llevar una pila de informes de inspección ocular a la oficina de los forenses; el día de los peritos de la Oficina Forense de Westland solía comenzar con esos reportes. Sin embargo, apenas había recorrido la mitad del trayecto cuando el oficial Hardy entró corriendo a toda prisa, seguido por un grupo de agentes del SWAT con las armas listas.



—¡Ah! —Tom se asustó tanto que estuvo a punto de tirar los informes que llevaba. Hardy se detuvo en seco frente a él y le espetó sin preámbulos.



—¿Dónde está la morgue?



Incluso para un forense en prácticas, ese inicio resultaba demasiado espeluznante. El pobre Tommy, presionado por la mirada llameante del oficial Hardy, corrió a toda velocidad en dirección a la morgue; a mitad del camino, notó que el director del departamento forense se había sumado a la multitud. Santo Dios.



Finalmente, el numeroso contingente se detuvo frente a la puerta de la morgue. El director forense, parado junto a Hardy, le entregó un manojo de llaves con manos tan temblorosas que estas chocaban entre sí produciendo un tintineo metálico mientras intentaba separar la correspondiente a la morgue.



Tommy se quedó al final del grupo, rodeado por policías armados con chalecos antibalas, completamente desconcertado, pero sintiendo por intuición que algo terrible había ocurrido; su corazón latía a todo ritmo.



El oficial Hardy giró lentamente la llave en la cerradura y luego hizo una seña a los oficiales que estaban detrás. Acto seguido, con el arma en la mano, empujó la puerta de la morgue con el hombro de manera abrupta.



Apuntó con su pistola hacia el interior; las luces de la morgue estaban encendidas, proyectando una claridad pálida y brillante, pero no parecía haber rastro del objetivo que buscaba.



Al principio, Tommy estuvo bloqueado por la multitud y no pudo ver lo que había dentro, pero de repente todos los policías guardaron un silencio sepulcral, contemplando el fondo del lugar como si no pudieran dar crédito a lo que veían.



Un tenue olor metálico, similar al de la sangre y el óxido, comenzó a filtrarse por los espacios entre los oficiales.



—Mierda, Dios mío —escuchó decir a Hardy, quien siempre se mantenía calmado, hablando de forma incoherente.



—Cristo Jesús.



Tommy se movió unos pasos hacia un lado y, por una de esas casualidades que en el futuro jamás agradecería, logró encontrar un ángulo desde el cual observar el interior de la morgue, y entonces... entonces lo vio.



—No deberías estar aquí —dijo Bates frunciendo el ceño.



—¿Y tú sí? ¿Desde cuándo los investigadores se encargan de leer los derechos Miranda? —replicó Olga.



—Sé que lo dices por mi bien, pero ten la bondad de ser más tolerante conmigo; de por sí me falta sueño: pensé que esta noche solo me molestaría ese imbécil de McCard.



Aunque, estrictamente hablando, la molestia de McCard había sido la noche anterior —ya eran más de las cinco de la mañana—, a nadie le importaban esos detalles.



Ambos bajaron del vehículo casi al mismo tiempo, evidentemente tras haber recibido el aviso de Hardy. El auto se estacionó en la entrada privada de la casa de Albariño, junto a otras dos patrullas cuyas luces parpadeaban.



La lluvia había disminuido tanto que solo se notaba por las ondas ocasionales en los charcos. La tierra estaba húmeda y blanda, y el aire guardaba ese aroma amargo y fresco típico de después de la tormenta; Bates se apresuraba a ponerse los guantes mientras corría junto a los policías. Al enterarse de que Herstal había sido rescatado, pensó que finalmente tendrían una noche tranquila.



Pero evidentemente no era así.



—Debió irse antes de que la lluvia disminuyera. En el camino presté atención a las marcas de neumáticos; solo quedan unos rastros difusos por el agua que ya no sirven para un análisis —dijo Bates a los cuatro agentes que se encontraban en la entrada.



—Bart tenía razón en el teléfono, es imposible que siga adentro.



El oficial a cargo asintió y luego hizo una seña a Olga y a Bates para que retrocedieran, antes de extender la mano con cautela para empujar la puerta: la entrada principal de la casa de Albariño estaba entornada, sumida en una sombra oscura y de aspecto siniestro.



La puerta se abrió sin hacer ruido, y varios oficiales ingresaron con linternas y armas en mano, revisando el lugar de forma ordenada y anunciando en voz alta que el área estaba despejada. Bates, quien ya había registrado la propiedad cuando Albariño fue sospechoso del asesinato de Sarah Adelman, conocía bien la distribución, por lo que avanzó rápido hasta dar con el interruptor de la luz.



Encendió las luces con un chasquido, justo cuando Olga entraba a la habitación.



Escuchó a Bates decir, completamente estupefacto.



—Dios mío.



El interior mostraba señales evidentes de una pelea: un marco de fotos de vidrio había caído de un mueble contra la pared, haciéndose añicos en el suelo; la chimenea estaba apagada, reducida a un montón de carbón negro y cenizas recientes; sobre una mesa cercana a la chimenea había una botella de vino blanco... o más bien, la había habido, pues ahora la botella y las copas yacían tiradas, permitiendo imaginar con facilidad lo que Albariño hacía al momento del ataque.



Y el resto de la habitación daba testimonio de lo que ocurrió después.



Toda la pared de la sala de estar había sido empapelada por el agresor con hojas impresas; las imágenes a color cubrían el tapiz original, dotando al espacio de una nueva y espantosa superficie. A primera vista, la mayoría de las fotografías mostraban heridas de diversos tipos, salpicaduras de sangre y pieles pálidas con gotas coaguladas.



Pero había algo más.



—El asesino abusó sexualmente de él —la mirada de Olga se detuvo en unas fotos específicas, las cuales denotaban una fijación anormal por retratar las zonas íntimas.



—Es evidente que el atacante lo emboscó y abusó de él.



Su voz sonaba con una estabilidad pasmosa, la clase de tono que explicaba por qué Lavasa McCard insistía en que ella no era apta para la BAU. Bates soltó un quejido de dolor en la garganta, como si le suplicara que se callara.



El ligero aroma metálico de la sangre se mezclaba con la fragancia frutal del vino, lo que mitigaba un poco el olor, pero Bates aun así sintió náuseas, algo que rara vez le ocurría en sus años dentro de la CSI.



El centro del suelo de la sala estaba cubierto de manchas de sangre, algunas ya secas y otras todavía frescas debido a la cantidad acumulada; la mayoría formaba charcos, sugiriendo que la víctima permaneció inmóvil en el suelo mientras sangraba, y el resto formaba largas y perturbadoras marcas de arrastre sobre la madera, cruzándose entre sí en un patrón caótico que revelaba los intentos del cuerpo por forcejear.



Y en medio de los charcos de sangre, yacía un objeto.



Olga y Bates se acercaron en silencio, mientras los oficiales regresaban de su infructuosa búsqueda, contemplando la escena con espanto. Habían visto muchos escenarios sangrientos, pero ver a un compañero como víctima resultaba mucho más aterrador.



Olga clavó la mirada en aquel objeto redondo empapado de sangre.



—Una manzana —dijo.



Siguió un segundo largo y silencioso.



Tommy contuvo la respiración, temblando por completo.



(Solo más tarde comprendería realmente que ese era el Pianista de Westland, el portador de la burla y el miedo, de la sangre y de una muerte similar a una tormenta).



En el centro mismo de la morgue, vio a Albariño completamente desnudo; en medio del lugar se encontraba una mesa de disección móvil, de las que a veces usaban para trasladar los cuerpos o cuando los oficiales revisaban un cadáver directamente en la morgue.



Pero ahora, Albariño estaba "colocado" (el término le causó náuseas a Tommy) sobre esa mesa móvil, con el torso y las extremidades sujetos por una multitud de cuerdas de piano brillantes que lo mantenían suspendido a medias en el aire; el otro extremo de los cables estaba fijo en algún punto del techo, brillando bajo las lámparas como hilos de telaraña.



La piel de Albariño lucía llena de lesiones, rodeada por innumerables cortes delgados y enrojecidos que semejaban una red ardiente sobre su cuerpo. Tenía la cabeza baja, y sus rizos castaños caían desordenados sobre su frente, casi ennegrecidos por la sangre coagulada. Se encontraba claramente inconsciente, sostenido únicamente por la tensión de los cables, dispuesto en la postura exacta que el perpetrador había deseado.



Yacía de lado de cara a la puerta de la morgue; la pierna izquierda, que estaba más alejada de los observadores, se encontraba flexionada, y su mano izquierda descansaba sobre la rodilla, sujeta por cuerdas en el codo y la muñeca que forzaban al brazo a apuntar inútilmente hacia un costado.



Entonces Tommy vio con horror algo más... Vio una serie de heridas entre el abdomen y la cintura de Albariño; parecían ser más profundas que los otros cortes, con los bordes de la piel abiertos, formando una serie de letras sangrientas que se asentaban en medio del fluido esparcido por la piel, y los trazos finales de algunas letras se extendían a lo largo de su línea de Adonis, dirigiéndose de manera sugerente hacia el bajo vientre.



B-I-T-C-H (ZORRA).



—Dios mío —murmuró Tommy, sintiendo una arcada en la garganta mientras retrocedía un paso, chocando accidentalmente con un hombre.



Era un sujeto de piel trigueña al que nunca había visto, con el ceño profundamente fruncido. El hombre lo sujetó por el hombro y lo apartó con firmeza pero sin brusquedad. Al mismo tiempo, el oficial Hardy se giró hacia él y le dijo en un tono rápido y de clara desaprobación.



—Agente McCard.



—Miguel Ángel —interrumpió el hombre llamado McCard, con voz fría y el ceño fruncido, manteniendo la mirada fija en el herido Albariño Barks.



—Es La creación de Adán, de Miguel Ángel Buonarroti.





Nota del autor:


La creación de Adán es uno de los frescos que Miguel Ángel pintó en la bóveda de la Capilla Sixtina en el Vaticano, perteneciente a las escenas del Génesis.


 



 

Comentarios

✨ Sweet Sparkles ✨

🍊 Traducciones sin fines de lucro ✨
📚 Traducciones BL Y Isekai
🌙 Actualizaciones constantes


✨ Historias que brillan con magia ✨

🌸 ✨ 🍊 💫 💖