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Capítulo #13 "Un Día, Me Encontré Con Un Zorro"


Capítulo 13

El zorro retrocedió, sacando la lengua impregnada de aquel sabor amargo. Miró a Adrian con unos ojos que parecían gritar que había sido víctima de una traición terrible.


Kking, kking…


Yo confiaba en ti. ¡Cómo pudiste darme algo así! La tristeza lo embargó tanto que sus ojos parecieron humedecerse.


Adrian chasqueó la lengua. A sus pies yacía el trozo de carne, mezclado con saliva y con un aspecto deplorable. Había mezclado la medicina con la comida precisamente para evitar esto, pero el animal lo había detectado como si tuviera un sexto sentido y lo había escupido. Se inclinó y recogió el trozo del suelo.


—Mira, aquí está la carne que tanto te gusta. ¿No quieres comerla?


Como si no hubiera hecho nada malo, volvió a acercar la carne al hocico del zorro. Sin embargo, el animal giró la cabeza con asco; no pensaba volver a tocar esa cosa espantosa. Ante tal rebeldía, una leve arruga apareció en el entrecejo de Adrian.


—No seas terco. Es medicina para que te pongas bien.


Su voz bajó un tono, intentando usar su autoridad imperial, pero el zorro simplemente resopló, ignorando por completo su mano.


—¡Hung!


No quiero. Ni lo sueñes.


La paciencia de Adrian empezaba a agotarse. Se levantó lentamente, moviéndose con cautela para no alertarlo, pero el astuto animal leyó sus intenciones y retrocedió. Entonces, Adrian extendió la mano como un rayo y sujetó al zorro por la nuca. Colgando en el aire, el zorro pataleó desconcertado.


—Será solo un momento.


Se arrodilló, inmovilizó el cuerpo del zorro con una mano y con la otra intentó abrirle la boca a la fuerza para introducir el trozo medicado. El zorro se retorció con todas sus fuerzas y, en el momento en que sintió aquel sabor entrando en su boca, sus reflejos actuaron.


—¡Tuet!


Con una fuerza certera, escupió la carne. El trozo dibujó una parábola y aterrizó exactamente en la mejilla de Adrian.


—....... —.......


Se hizo un silencio sepulcral. El trozo de carne empapado en saliva se deslizó lenta, muy lentamente, por la línea de la mandíbula del Emperador hasta caer al suelo con un suave toc, dejando una mancha en la carísima alfombra.


Debido a la sorpresa, Adrian aflojó el agarre. El inteligente zorro no perdió el tiempo: se zafó y atravesó la habitación como un relámpago para esconderse bajo el escritorio.


Adrian permaneció allí, inmóvil. Aún sentía el rastro húmedo en su piel. En toda mi vida... nunca me había pasado algo así. Le habían arrojado agua fría y hasta frascos de vidrio, pero era la primera vez que recibía el impacto de un trozo de carne masticado.


Se limpió la mejilla con parsimonia. Aunque su rostro no mostraba expresión, un extremo de sus labios temblaba de forma imperceptible. Respiró hondo; sabía que perder los estribos con una bola de pelos no serviría de nada. Lo primero era la medicina.


—Vamos, sé bueno —le rogó con la voz más dulce que pudo fingir—. Si te comes esto, te daré carne deliciosa después.


Tras un momento, la cabecita negra asomó con cautela. El zorro dudó, debatiéndose entre el rechazo a la medicina y la tentación de la comida. Adrian esperó con calma, dándole tiempo. Finalmente, el zorro salió del todo y se acercó a sus pies. Adrian ocultó una sonrisa de satisfacción. Bien. Al fin y al cabo, un animal es un animal.


—Aquí tienes.


Pero en ese instante, el pequeño cuerpo cambió de dirección hacia la mesa del comedor. Usando una silla como trampolín, el zorro saltó sobre la mesa. ¡Lo logré! El pequeño vencedor irguió la cola con orgullo. Su mirada decía: “Puedo cazar por mi cuenta sin tu ayuda”.


Adrian estaba estupefacto.


—Baja de ahí.


El zorro lo ignoró por completo. Con total descaro, tomó un trozo de bistec y huyó a un rincón para masticarlo ruidosamente. Adrian suspiró y decidió usar su último recurso. Tomó la chaqueta de su uniforme. El zorro lo vigiló con atención. ¿Se rinde? ¿O va a pegarme?


Adrian desplegó la prenda como un torero y, al segundo siguiente, la lanzó sobre el zorro como una red.


—¡Kyang!


A oscuras y bajo el peso de la tela, el zorro perdió la orientación. Adrian atrapó al animal envuelto en la chaqueta y le soltó un sonido extraño de queja: —¡Kkue-ek! Adrian lo sujetó con un brazo, le abrió la boca y empujó la medicina hasta el fondo de la garganta, asegurándose de que tragara.


Misión cumplida. La batalla terminó con la victoria del Emperador. Adrian sonrió y liberó al zorro.


—¡Tuet, tuet!


El zorro intentó vomitar el amargor, pero ya era tarde. Sus ojos, ahora empañados por las lágrimas, se clavaron en Adrian antes de soltar un aullido desgarrador.


—¡Kyaaaaung—!


¡Te odioooo!


Tras lanzarle una mirada cargada de furia y traición, el zorro huyó a la habitación de al lado. Todo quedó en silencio. El uniforme yacía arrugado y la comida se enfriaba. Pero lo que más desconcertaba a Adrian era esa opresión en el pecho al recordar esos ojos llenos de resentimiento.


Adrian entró en la habitación contigua. Buscó por todas partes, pero el pequeño ser no aparecía ni entre los cojines ni bajo las mantas.




 

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