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Capítulo #23 "Un Día, Me Encontré Con Un Zorro"

 


Capítulo 23


Adrian estaba preocupado por el zorro, pero el veterinario le respondió con voz despreocupada que solo se trataba de que el animal se estaba relajando al acostumbrarse al lugar.



Tal vez no se equivocaba. El zorro se estaba adaptando claramente a ese espacio.



Incluso las criadas, que al principio se mantenían alerta, ahora actuaban con normalidad. El zorro se estiraba sobre la cama y dejaba sus pelos sin importarle si ellas andaban por ahí, o incluso se sentaba en el sofá a observar tranquilamente cómo limpiaban. Había dejado de verlas como seres temibles para considerarlas humanos buenos que traían comida.



Eso no significaba que el zorro hubiera bajado la guardia por completo ante todos los humanos. Especialmente con Kael, la relación seguía siendo gélida.



Kael tampoco tenía intenciones de encariñarse. Se mantenía distante, convencido de que, una vez que la herida sanara por completo, el emperador devolvería a la bestia a la montaña.



Hoy también, cuando la mañana terminaba y el mediodía se acercaba, el zorro abrió los ojos lentamente. Las manecillas del reloj marcaban casi las 12.



El zorro abrió la boca y soltó un largo bostezo. Con el rostro aún somnoliento, frotó su nariz contra la almohada de Adrian, pero al sentir el vacío y la falta de calor a su lado, abrió los ojos de golpe.


Adrian no estaba.



En el pasado, se habría sentido muy ansioso al despertar solo en la cama. Pero ahora, tras escuchar los ruidos que provenían de la habitación de al lado, se estiró perezosamente y se dirigió hacia allá.



—¿Ya despertaste?



Al oír el sonido de la puerta, Adrian levantó la vista de sus documentos. El zorro, parado en el umbral, parpadeaba lentamente como si todavía estuviera ebrio de sueño. Adrian, que antes se preocupaba por esto, ya no le daba importancia porque sabía que esa falta de energía era temporal.



—¿Quieres comer?



Esa frase fue suficiente.


Como Adrian esperaba, el zorro, que parecía a punto de quedarse dormido otra vez en la puerta, reaccionó de inmediato a la palabra "comer".



Abrió los ojos por completo y miró a Adrian con una mirada brillante y llena de vida. Al verlo agitar su cola esponjosa como un plumero, Adrian llamó a una criada para que preparara la comida. Poco después, trajeron el almuerzo.



El menú de hoy era cordero. El zorro se lo devoró en un instante, pero como si le faltara algo, se acercó a los pies de Adrian.



En sus ojos brillantes había un anhelo profundo. Esta vez no pedía carne; quería la miel que estaba sobre la estantería, en un lugar que sus patas no alcanzaban.



Desde que Adrian mezcló miel con su medicina para que se la tomara, el zorro empezó a amar la miel tanto como la carne. Siempre que terminaba de comer, exigía su dosis de dulce, y Adrian le permitía lamer solo un poco.



—¿Quieres miel?



—¡Kang!



La cola del zorro se agitó con más fuerza que antes. Adrian terminó rápido su comida, se levantó y fue hacia la estantería. En cuanto bajó el frasco de miel, el zorro empezó a dar vueltas en el suelo; no podía ocultar su alegría.



"¿Tanto le gusta?", pensó Adrian. Aunque se preguntó si al zorro le saldrían caries, su mano ya estaba dándole una cucharada de miel. El zorro la aceptó con una sonrisa de satisfacción.



Tras llenarse de carne y miel, el estado del zorro cambió totalmente respecto a la mañana.



Como si nunca hubiera estado sin energía, empezó a recorrer animado el dormitorio y el despacho. Las criadas terminaron agotadas tratando de limpiar el desastre que dejaba, y el emperador apenas podía calmarlo. Adrian llegó a extrañar al zorro tranquilo de antes de comer.



—Quédate quieto.



Ese día, Adrian logró atrapar al zorro que correteaba por el cuarto y lo llevó al despacho. Se sentó frente al escritorio con el zorro en su regazo y comenzó a acariciarlo suavemente.



Con solo unas caricias, el zorro se calmaba pronto. Era seguro que se dormiría rápido y Adrian podría concentrarse en el trabajo. Sin embargo, justo antes de que el zorro cayera en los brazos de Morfeo, llamaron a la puerta.



—Adelante.



La puerta se abrió con cuidado y entró una criada. En su bandeja traía una taza de té de la que salía vapor caliente.



—Soberano, traje su té.



Al oír eso, el zorro levantó la cabeza y empezó a olfatear, buscando el origen de ese nuevo aroma.



La criada dejó la taza cerca de la mano de Adrian, evitando al zorro que la miraba con curiosidad. Un aroma dulce y fragante se esparció por el aire. El zorro, intrigado, observó el vapor que salía de la taza mientras el calorcito le rozaba la nariz.



"¿Sabrá rico?", pensó.



Incapaz de ocultar su curiosidad, levantó una pata delantera para apoyarla en el borde de la taza. En ese instante, una mano grande apareció y bloqueó su paso. Adrian alejó la taza hacia el otro extremo del escritorio, donde el zorro no pudiera alcanzarla.



El zorro soltó un bufido corto, tratando de ocultar su molestia, y retiró la pata. Era una distancia que podía alcanzar si se lo proponía, pero le molestó que Adrian la alejara como si fuera a cometer un gran error solo por tocarla.



"Ni que fuera la gran cosa esa agua café", pensó el zorro, girando la cabeza como si ya no le interesara. Pero en cuanto escuchó el tintineo de la loza, sus orejas se movieron siguiendo el sonido y su cabeza giró sin querer. Adrian se estaba llevando la taza a los labios.



Si el emperador lo bebía, seguro era algo delicioso.



Acomodado en el regazo, el zorro frotó su cabecita bajo la barbilla de Adrian.



—Kking, kkiung.



Sus ojos azules lo miraron fijamente. Esa mirada de zafiro estaba empapada de súplica y esperanza. "Yo también, yo también quiero beber".



Adrian bajó la vista hacia el zorro que le hacía cosquillas en la barbilla. Esos ojos azules brillaban con una curiosidad tenaz, alternando entre la taza y su rostro. Había anhelo y una pureza infantil en ese gesto.



—¿Quieres beber?


La respuesta fue inmediata. La cola golpeó con entusiasmo el muslo de Adrian, levantando pelos. Su nariz olfateaba el aire y su hocico se estiró en línea recta hacia la taza. No hacían falta palabras.



Adrian esbozó una pequeña sonrisa.



—No.



Con esa sola palabra, alejó la taza de nuevo, a una distancia que sus patas cortas no podían alcanzar. El zorro siguió la taza con la mirada, con sus ojos azules reflejando decepción.



"Hmp. Yo también quería probar...".



Todo lo que Adrian comía siempre era rico. Seguramente ese té también era dulce y fragante. Le pareció injusto y mezquino que él disfrutara solo sin darle ni un sorbo.



El zorro hizo ademán de saltar del regazo hacia la taza, pero de pronto, cambió de idea. Se hizo un ovillo, hundió la cabeza en el abdomen de Adrian y cerró los ojos.



Adrian alzó una ceja. Qué extraño, que se rindiera tan fácil. Normalmente habría gemido de queja o protestado con sus patas sobre su mano.



Aunque sintió una pizca de decepción por esa sumisión inesperada, Adrian volvió a sus documentos. Era su oportunidad para terminar el trabajo mientras el zorro estaba tranquilo.



Tomó la pluma y el despacho quedó en silencio, solo se escuchaba el rasgueo sobre el pergamino. Pasó el tiempo.



Poco después, Adrian sintió sed y acercó la taza. El té ya estaba tibio. Justo cuando iba a beber…



El zorro, que parecía dormido, se movió como un rayo. Levantó la cabeza y, más rápido que Adrian, metió su pequeño hocico en la taza. Su lengua rosada salió y lamió el líquido café.



En ese instante, todo el cuerpo del zorro se estremeció. Su carita se deformó. Entornó los ojos y echó las orejas hacia atrás. Frunció la nariz, sacó la lengua y soltó un sonido extraño.



—¡Buej!



¿A qué diablos sabía esto?



No era dulce como la miel ni salado como la carne. Lo que llenó su boca fue un sabor amargo, áspero y a hierba desconocida. Era un sabor extraño y desagradable.



Quiso escupirlo, pero ya era tarde; ya lo había tragado. Limpiándose el hocico con la pata para quitarse el mal sabor, miró a Adrian sin poder creerlo.



"¿Por qué bebes algo tan feo?".



Adrian vio su reacción y no pudo evitar sonreír. Como era un té sin cafeína, no le haría daño al zorro. En lugar de regañarlo, tocó suavemente con el dedo la nariz arrugada del animal.



—¿Quién te mandó a robártelo?



El zorro hizo como si no lo oyera y soltó un bufido. Se sentía irritado por haber robado algo que sabía tan mal. Se dio la vuelta dándole la espalda a propósito y hundió su cara en su cola esponjosa.









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