Capítulo #24 "Un Día, Me Encontré Con Un Zorro"
Adrian chasqueó la lengua. Realmente era un ser muy problemático. Un dolor de cabeza que pedía comida a cada rato, se resentía por trivialidades y estorbaba en los asuntos de Estado.
A pesar de eso, su mano seguía acariciando suavemente el lomo del animal. El cuerpo, que al principio estaba rígido, comenzó a relajarse poco a poco bajo el toque rítmico de sus dedos. Sus orejas, antes alertas, perdieron fuerza y se inclinaron hacia los lados, mientras que su cola esponjosa se desplomó tranquila.
Al mirar al zorro dormido, Adrian no pudo evitar admitirlo: era una molestia, pero no podía echarlo. Desde que esta pequeña criatura había llegado, su vida diaria definitivamente había cambiado para mejor.
El cambio más sorprendente fue el sueño. El terrible insomnio que lo atormentaba cada noche había desaparecido como si nunca hubiera existido. Era el mismo mal crónico que ni los sacerdotes con poder sagrado ni los mejores médicos del imperio habían podido curar.
Quizás era gracias a ese pequeño calor que lo acompañaba cada noche, pero ahora la oscuridad se sentía reconfortante. El calor de un ser vivo, el leve ascenso y descenso de su pecho al respirar, su aliento rítmico... todo eso tenía un efecto más potente que cualquier somnífero costoso. Parecía que la calidez del zorro le brindaba una paz psicológica y una estabilidad inmensas.
Incluso la vida en el palacio durante el día se volvió tolerable. Esas horas tediosas aguantando las adulaciones de nobles gordos de codicia y lidiando con ellos... La ira y la irritación que siempre le hervían por dentro tras enfrentarlos se derretían como nieve en primavera con solo pensar en el pequeño zorro que lo esperaba en el despacho.
Sin hacer nada, con su sola presencia, el animal había transformado su día. La mirada de Adrian recorrió lentamente al zorro. Su pelaje negro azabache, sus orejitas que se movían de vez en cuando y su pata, que ya estaba casi curada y con pelaje nuevo creciendo.
Lo que eso significaba era claro: había llegado el momento de devolver a esta pequeña vida a su lugar, al abrazo de la naturaleza a la que pertenecía. Era lo natural. Era el final planeado desde el principio.
Sin embargo, extrañamente, no podía tomar la decisión. Era una despedida que siempre consideró obvia, pero ahora que la tenía de frente, vacilaba. De todas las decisiones que había tomado como emperador, este era el momento más trivial y, a la vez, el más difícil.
Adrian soltó un profundo suspiro. Liberar al zorro era un problema para después; lo que debía enfrentar ahora mismo era la montaña de documentos sobre su escritorio. Él era el emperador. No podía detener los asuntos del imperio por el destino de una pequeña bestia. Volvió a tomar la pluma.
En el momento en que Adrian tomó la pluma, las orejas del zorro se pusieron alertas. Ante el sonido del rasgueo sobre el pergamino, sus orejas temblaron levemente y giró la cabeza hacia el escritorio. Era la pluma.
La punta se deslizaba sobre el papel. Las pupilas del zorro seguían el trayecto de la pluma de izquierda a derecha. Al ver el brillo metálico moviéndose bajo la luz del sol, su instinto de cazador despertó. Cuando la pluma se detuvo un momento y volvió a moverse, la punta de la cola del zorro tembló.
Tras recuperar su postura, empezó a tocar la pluma con sus garras afiladas. Toc. Silencio por un momento. Y luego, toc. "Ya empezó otra vez", pensó Adrian. Ese pequeño gesto era suficiente para dispersar su concentración.
Cuando intentó mover la pluma de nuevo, esta vez el zorro usó sus dos patas delanteras para intentar atrapar el mango. "¿Tanto le gusta la pluma?". Recordando que ya había pasado antes, Adrian dejó una pluma fuente frente al zorro. Tenía muchas, así que no importaba darle una como juguete.
El zorro, feliz con su nuevo juguete, empezó a darle golpecitos y a jugar solo. Al ver que se entretenía, Adrian abrió el cajón y sacó una pluma nueva. Pero en el momento en que iba a firmar el papel, el interés del zorro se trasladó de inmediato a esa nueva pluma.
—La tuya está ahí —dijo Adrian, señalando la pluma que estaba frente al animal.
Pero el zorro ni siquiera miró la que tenía frente a su nariz. Sin importar cuántas cosas nuevas y llamativas hubiera alrededor, su mirada y sus patas siempre se dirigían a la pluma que Adrian estaba a punto de usar. Adrian suspiró y dejó la pluma sobre el escritorio.
Entonces, el zorro, como si lo hubiera estado esperando, estiró sus patas, la arrastró hacia él y la abrazó con fuerza con ambas patas, como si fuera un trofeo valioso. No se sabía si quería llamar la atención del emperador o si era solo instinto. Lo único seguro era que este pequeño saboteador solo tenía ojos para una cosa: la pluma que Adrian sostenía en la mano.
A este paso, no terminaría ni un solo documento en todo el día. Pero no podía detener el trabajo. Adrian eligió otro método: aprovechar los breves segundos en que el juego se detenía para firmar rápidamente. Pensó que no sería tan difícil.
El problema fue que ese movimiento ágil tuvo el efecto contrario. La pluma moviéndose rápido estimuló al máximo el instinto de caza del zorro. Ahora, el animal se sentó directamente en medio del escritorio para acechar su presa. De repente, el escritorio del emperador se convirtió en el patio de juegos del zorro.
Cuando el zorro estiró la pata, Adrian retiró la pluma de prisa. En el instante en que el zorro se distrajo, Adrian volvió a extender la mano, pero el animal no se quedó atrás. Como un rayo, lanzó su pata para atrapar la pluma. Adrian retiró la mano justo antes de que las garras lo tocaran. El zorro solo rascó el aire.
Una vez, dos veces. Tras repetir el mismo duelo, la mirada del zorro cambió. La curiosidad brillante se transformó en una obstinación implacable. Ahora la pluma no era un simple juguete; era un objetivo que debía conquistar a toda costa.
El zorro se agachó más que antes. En posición de cazador, vigilaba la punta de los dedos de Adrian. Cada vez que el emperador intentaba tomar la pluma, él le bloqueaba el paso con rapidez. "Este zorro de verdad...".
Era un asunto de firmar una sola vez, pero cada vez que levantaba la pluma, el zorro se lanzaba y Adrian tenía que retirar la mano. Incluso él, que había mostrado una paciencia infinita con el animal, comenzó a sentir que se le agotaba.
—Si lo haces una vez más, te voy a bajar del escritorio.
La advertencia pareció funcionar, pues el zorro se estremeció un momento. Adrian aprovechó la oportunidad. Mientras el zorro dudaba, tomó la pluma de un solo movimiento. Justo cuando bajaba la punta hacia el espacio de la firma, los ojos del zorro brillaron.
Olvidando la advertencia y con la única meta de atraparla, lanzó todo su cuerpecito por el aire. Adrian encogió la mano por reflejo y, al mismo tiempo, movió el tintero. La pluma estaba a salvo. El tintero no se derramó. Pero el problema fue lo que siguió: la pata del zorro golpeó la taza de té que aún estaba a medio terminar.
—¡Rayos...!
Con un sonido sordo, la taza se volcó. El líquido café recorrió el costoso pergamino. Por concentrarse en la pluma y el tintero, no tomó en cuenta el té. Adrian levantó el papel rápidamente, pero el té ya había empapado el documento diplomático del pequeño reino de Bünhen.
Adrian tomó un paño limpio y lo presionó sobre las letras que empezaban a borrarse. La vez anterior no había sido un documento importante, pero esta vez era distinto. Tenía que salvarlo como fuera. Sin embargo, el té ya había mojado gran parte del papel.
Adrian observó el documento empapado en silencio. El culpable saltó rápido del escritorio y se escondió junto a la chimenea. Él también lo sabía: lo que acababa de hacer era bastante grave.
Adrian quiso atrapar al zorro y regañarlo fuerte, pero reprimió su ira. Dejó de lado tanto el enojo hacia el animal como el reproche hacia sí mismo. Tomó el papel manchado y se acercó a la ventana para que le diera la luz del sol.
En ese momento, bajo la luz, empezaron a aparecer débilmente unas letras ocultas sobre el pergamino que originalmente no estaban allí. Adrian entornó los ojos.
El documento originalmente decía: "Se entregarán al imperio anualmente 1,500 toneladas de mineral de hierro, 1,000 sacos de trigo, 500 caballos y 1,500 rollos de lana". Adrian estaba dispuesto a aprobarlo para ayudar al pequeño reino en crisis.
Sin embargo, la frase oculta revelada por la luz decía: "No obstante, a partir del tercer año, las cantidades se reducirán a 500 toneladas de hierro, 300 de trigo, 100 caballos y 500 rollos de lana; y la zona minera de Laben, cedida al imperio anteriormente, será devuelta al reino de Bünhen un año después de la firma".
Los dedos de Adrian apretaron con fuerza el borde del pergamino.
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