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Capítulo #25 "Un Día, Me Encontré Con Un Zorro"


Capítulo 25


Hace 30 años, en la zona fronteriza entre el Reino de Bünhen y el Imperio, ocurrió una serie de saqueos contra las caravanas comerciales imperiales.


Al principio, los robos ocurrían una o dos veces al año, pero poco a poco se volvieron más frecuentes. Los comerciantes, que no tenían más remedio que cruzar ese camino para vender sus mercancías, suplicaron protección, pero el emperador de aquel entonces se negó rotundamente a enviar tropas más allá de las montañas debido al enorme costo y tiempo que implicaba.


Los saqueadores se dieron cuenta de ello. El Imperio no vendría; e incluso si lo hacía, sería demasiado tarde. Así, las caravanas que transitaban por esa ruta se convirtieron en presas fáciles.


Sin embargo, un día, fueron robadas las ofrendas destinadas al anterior emperador. Esos presentes incluían uno de los tesoros que el monarca más deseaba. Enfurecido, el emperador cruzó las montañas en apenas dos meses, capturó a todos los saqueadores y descubrió que el Rey de Bünhen estaba detrás de ellos.


El emperador invadió de inmediato la capital de Bünhen. El palacio real ardió y a Bünhen se le concedió la misericordia de permanecer como un estado vasallo en lugar de ser absorbido por completo. A cambio, cedieron la región de Laben y se les impuso un tributo anual.


Han pasado 30 años desde entonces.


Con el tiempo, Bünhen decayó. Su rey incompetente malgastó la fortuna del país en lujos y exprimió a su pueblo para preparar las ofrendas del Imperio. Los campesinos perdían la mayor parte de sus cosechas en impuestos y los comerciantes quebraban ante las excesivas recaudaciones.


Aunque era un asunto de otro país, Adrian no podía ignorar la situación.


Claramente, el saqueo original fue culpa de Bünhen, pero ese pecado pertenecía a los gobernantes de aquella época. Los que sufrían ahora eran ciudadanos que no habían hecho nada malo. Por ello, decidió flexibilizar los criterios del tributo. Una exención total era imposible, pues negaría los pecados del pasado y causaría revuelo dentro del Imperio, pero podía darles un respiro.


Mantener una responsabilidad mínima, pero aliviar el dolor excesivo. Ese fue el punto medio que Adrian eligió.


Sin embargo…


Bünhen había estado haciendo cálculos a sus espaldas. Pensaron que, como el joven emperador no era tan cruel como el anterior y su forma de tratar a los vasallos era moderada, podrían engañarlo un poco sin que se diera cuenta.


"Interpretaron mi misericordia como una debilidad".


Los ojos dorados de Adrian brillaron con una intensidad aterradora.


Llamó a Kael. Al entrar y ver el escritorio hecho un desastre junto a la expresión gélida del emperador, Kael intuyó de inmediato que algo grave estaba pasando.


—Kael, trae a la delegación de Bünhen a la sala de audiencias.


—¿Perdone? Majestad, ¿qué ha sucedido?


El rostro de Kael se tensó ante la voz fría de Adrian. Hacía mucho que no veía al emperador tan furioso.


—Solo tráelos. Ahora mismo.


El emperador ni siquiera lo miró. Su vista estaba fija en el documento arruinado, repasando las partes donde habían aparecido las letras ocultas.


Kael captó el ambiente ominoso. No sabía exactamente por qué estaba enojado o qué planeaba hacer, pero sabía que la delegación, que en ese momento disfrutaba de vino de alta calidad y pasteles de higos en el anexo, tendría una tarde espantosa. La cortesía diplomática se había terminado.


Inclinó la cabeza con movimientos rígidos.


—Así se hará, Majestad.


Adrian permaneció allí de pie hasta que los pasos de Kael se perdieron en el pasillo. Apoyado contra la ventana, miró el documento en su mano. La luz del sol, al atravesar el pergamino, revelaba nuevamente el contorno de las frases ocultas.


Sus ojos recorrieron lentamente las cláusulas escritas con tinta especial reactiva a la luz. Eran condiciones que solo se descubrirían en tres años, cuando el Imperio ya hubiera firmado y el Reino pudiera usar esas cláusulas como escudo para imponer sus términos.


El documento se arrugó bajo la presión de sus dedos. Pero, a pesar de la furia, su mente ya trabajaba con frialdad. Bünhen estaba seguro de que el emperador no sabría esto hasta dentro de tres años. Ese exceso de confianza sería su perdición.



Las venas se marcaron en la mano que sostenía el papel. En su mente, ya trazaba una venganza sangrienta.


En ese momento, un pequeño calor envolvió su tobillo.


Al bajar la vista, vio al zorro de pelaje negro frotando su cabecita contra su pierna. Tenía las orejas gachas y la cola arrastrando por el suelo. Parecía pensar que Adrian estaba enojado por el té que había derramado.


Adrian se inclinó y tomó al zorro en brazos. El animal soltó un pequeño quejido y le lamió el dorso de la mano. El contacto de esa lengüita relajó la tensión de la mano que apretaba el papel.


La comisura de sus labios se elevó levemente. Supuso que a esto se refería la gente cuando decía que estar con animales traía paz. La ira que le hacía zumbar la cabeza se calmó. Acarició el lomo del zorro.


—No es culpa tuya.


Su voz baja sonaba tan serena que parecía que la furia anterior se hubiera evaporado. Solo después de que la mano del emperador recorriera su espalda, el temblor del zorro se detuvo. El animal se acurrucó más profundamente en su regazo y frotó su nariz húmeda contra su mano.


—Gracias a ti, me salvé de un desastre.


Al escuchar esto, el zorro levantó la cabeza y lo miró. Sus ojos azules parpadearon con duda.


—Es verdad. Si no fuera por ti, me habrían engañado.


El zorro seguía con una expresión de no entender nada. Adrian, en lugar de explicarle, lo bajó al suelo y habló:


—Como lo hiciste bien, ¿quieres miel de recompensa?


Ante la palabra "miel", la cola del zorro se agitó de lado a lado. No sabía qué había pasado, pero le gustaba no estar en problemas y, sobre todo, le encantaba la idea de comer miel fuera de su horario de merienda. Empezó a dar vueltas sobre sí mismo, emocionado.


Adrian abrió la alacena junto a la estantería y sacó el pequeño frasco de miel. Tomó una cantidad adecuada con el dedo y la puso en el platito del zorro; el pequeño se lanzó de inmediato a lamerla.


—Saldré un momento, come despacio.


Tras acariciar la cabeza del zorro una vez más, extendió el documento arrugado para verificarlo de nuevo. Las frases ocultas bajo la luz eran claras. La evidencia era perfecta.


Adrian guardó el documento y salió del despacho. Al cruzar la puerta hacia el pasillo, la sonrisa desapareció de su rostro.


Ahora, era el momento de hacer pagar a quienes intentaron aprovecharse de su buena voluntad.


༺♡༻


Fue esa misma noche cuando la delegación del Reino de Bünhen partió de regreso.


Adrian restableció el monto del tributo a los niveles de la era del emperador anterior. No hubo espacio para la negociación. Junto con la carta que advertía el envío de la caballería si no cumplían, lo que el enviado llevó de vuelta fue su propio dedo índice derecho amputado. El mensajero, con la lección de la traición grabada en los huesos, cruzó la frontera sujetando su mano vendada.


El Reino de Bünhen no volvería a confundir la generosidad con la debilidad.


༺♡༻



El rumor se extendió como un incendio forestal. En cada salón del Imperio se hablaba de la estupidez de Bünhen. Algunos celebraban la contundencia del emperador, otros chasqueaban la lengua considerándolo excesivo, y otros juraban ser más cautelosos de ahora en adelante.


Sin embargo, el emperador, protagonista de todo, estaba sorprendentemente tranquilo.


El zorro, como de costumbre, devoraba faisán asado que las criadas le habían traído como almuerzo tardío. Tenía el hocico lleno de grasa, pero no le importaba; al terminar, se sentó frente al plato de miel para lamerlo. Aunque el dulce se le pegaba a la cara, se lamía el pelaje con expresión satisfecha.


Después de comer, el zorro normalmente habría saltado al escritorio de Adrian para pisar documentos o huir con una pluma en la boca.


Pero tras los incidentes del tintero y el té, Adrian cambió la rutina. Después de alimentarlo, lo llevaba al jardín para que corriera a su gusto. Tras pasar la mañana persiguiendo mariposas y revolcándose en la hierba, el zorro siempre regresaba agotado. Ya no interrumpiría el trabajo.


De vuelta del jardín, el zorro trepó lentamente al regazo de Adrian. Tras dar un par de vueltas para encontrar su posición habitual, se cubrió la nariz con su cola esponjosa y cerró los ojos. Su respiración se volvió rítmica y ligera.


Adrian, al confirmar que el zorro dormía, tomó los documentos con tranquilidad.


Aún sentía el cálido calor sobre su regazo. Acarició lentamente el lomo del zorro, que hoy estaba muy calmado. El pelaje suave fluía bajo su palma y el calor que emanaba de su cuerpo le tranquilizaba el corazón de forma extraña.


Afuera, la corte seguramente estaría agitada, discutiendo las medidas posteriores contra Bünhen y enviando advertencias a otros estados vasallos. Pero dentro de esa habitación, todo era como una isla apartada de ese alboroto.


Era una tarde a la que le sentaba bien la palabra "paz".


Sin embargo, la paz no duraría mucho.



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