Capítulo #27 "Un Día, Me Encontré Con Un Zorro"
Capítulo 27
El zorro movió la punta de la nariz. Sus patas se tensaron como si fuera a saltar en cualquier momento, pero eso fue todo.
Estaba mucho más alto y lejos de lo que pensaba.
Incluso para subir del suelo al escritorio había tenido que seguir varios pasos; ¿podría realmente alcanzar la estantería desde aquí con un solo salto?
Era imposible. Él, que fallaba incluso al intentar atrapar una mariposa frente a su nariz, estaba ante un desafío temerario. Si sus patas fallaban por un milímetro, caería al vacío.
Sin embargo, había algo más fuerte que el miedo: el deseo por la comida.
Para un zorro que había vivido en la naturaleza, la "comida" siempre era la prioridad. Si había una oportunidad frente a sus ojos, debía tomarla. Al no saber cuándo o dónde surgiría un peligro, debía comer mientras pudiera.
Como si se hubiera decidido, el zorro retrocedió lentamente y bajó su postura. Su cola tembló por la tensión. De repente, una chispa se encendió en sus ojos azules y, reuniendo toda su fuerza, lanzó su cuerpo al aire.
Su pequeña figura cortó el viento. Estaba cerca. Parecía que lo lograría. Pero sus cálculos fallaron.
"¡Es muy corto...!"
Antes de que sus patas delanteras tocaran la estantería, la gravedad tiró de su cuerpo hacia abajo. En sus pupilas se reflejó el frasco de miel alejándose. Recordó el rostro de Adrian diciendo que volvería pronto.
"Debí escucharlo. Debí esperar tranquilo".
La comida lo había cegado, pero cuando se dio cuenta, ya era tarde. No había nada que frenara su caída. El zorro agitó sus patas delanteras desesperadamente en el vacío para intentar sobrevivir.
¡Tac! Gracias a su lucha desesperada, sus garras alcanzaron a engancharse en el borde de un estante de madera vacío. Sus músculos temblaron violentamente mientras su cuerpo quedaba colgando de repente.
¡Bum, bum, bum!
Su corazón latía como si fuera a estallar a través de sus delgadas costillas. Intentó impulsarse hacia arriba, pero sus frágiles patas no eran suficientes. Aunque intentaba avanzar, sus garras solo arañaban la madera lisa sin éxito, y esa vibración comenzó a extenderse por el estante.
Debido a esa vibración, justo encima de su cabeza, un busto de expresión solemne que reposaba peligrosamente en el borde empezó a tambalearse. Sin saberlo, el zorro pateó la parte inferior del estante con sus patas traseras en un intento de subir. El busto se balanceó con fuerza y terminó inclinándose por completo.
El objeto pesado se dio la vuelta lentamente y cayó. En el momento en que impactó contra el suelo, un estruendo ensordecedor que pareció desgarrar sus oídos resonó en toda la habitación.
¡PUM!
Asustado por el sonido, el zorro resbaló del estante.
—¡Kkaeng!
Con una agilidad que solo aparecía una vez al año, clavó sus garras en algo para sujetarse. Esta vez era el grueso lomo de cuero de un Código de Leyes Imperiales.
"¿E-estoy vivo...?"
Estaba vivo. Había logrado colgarse. Justo cuando iba a soltar un suspiro de alivio, el sonido de papel grueso rasgándose inundó sus oídos.
¡Zzzzt!
—¿Eh?
Frente a él, el libro antiguo no soportó el peso del zorro y comenzó a desgarrarse lentamente.
"¡Hic!"
El zorro escaló apresuradamente sobre el lomo del libro usando sus garras. Cada vez que impulsaba su cuerpo, otros libros comenzaban a derrumbarse.
¡Varan, varan!
Los libros que caían en cadena aterrizaron sobre el busto que ya estaba hecho pedazos.
Dejando atrás el desastre de libros, el zorro finalmente alcanzó la cima de la estantería. Jadeando con fuerza, la pequeña bola de pelo negro se desplomó sobre el estante cubierto de polvo. En el momento en que inhaló profundamente para recuperar el aliento…
¡Cof, cof!
El polvo acumulado entró directamente en su nariz. El zorro no pudo evitar estornudar y, por el impacto del movimiento, su cola se sacudió con fuerza golpeando algo.
—¿Qué fue eso? Con un mal presentimiento, el zorro levantó apenas la cabeza y miró hacia atrás. En su visión borrosa, vio un objeto en el borde del estante que perdía el equilibrio peligrosamente. Era el frasco de cristal liso lleno de miel.
—¡Kang!
"¡No!"
Soltando un sonido que casi fue un grito, estiró sus patas delanteras a toda prisa para atrapar el frasco. Sin embargo, el recipiente de superficie resbaladiza ya se había inclinado hacia el vacío tras apenas rozar las puntas de sus patas.
¡CRASH!
En el momento en que el frasco impactó contra el suelo, un estrepitoso sonido de cristales rotos llenó el despacho. El zorro cerró los ojos por reflejo ante el ruido. Su pequeño pecho subía y bajaba agitadamente mientras intentaba recuperar el aliento.
Poco después, tras calmarse un poco, abrió los ojos y miró hacia abajo. Al ver la escena frente a él, su rostro se quedó petrificado.
El impecable despacho se había convertido, en cuestión de minutos, en una ruina lamentable donde se mezclaban la miel y los trozos de vidrio. El líquido pegajoso fluía en todas direcciones, rodeado por los fragmentos del busto destrozado y los libros desgarrados, aumentando la sensación de desastre.
—Kiiiing…
"Estoy en problemas".
Esto no era una simple travesura como derramar tinta o molestar a Adrian en su trabajo. Era un accidente terrible e irreversible.
"¿Qué voy a hacer?"
Incluso la generosidad de Adrian debía tener un límite. Y hoy, el zorro parecía no haber puesto a prueba ese límite, sino haberlo hecho añicos por completo.
El zorro lo sabía: no era precisamente un animal bien portado.
A pesar de eso, Adrian nunca lo había presionado ni regañado. Siempre mantenía una actitud generosa y se limitaba a reír suavemente. Incluso cuando el zorro cruzaba la línea, su amabilidad era constante.
Pero esa bondad infinita se convirtió gradualmente en un veneno para el zorro.
Al empezar a dar por sentada la tolerancia de Adrian, el zorro se volvió, sin darse cuenta, más malcriado y caprichoso. La creencia de que su sonrisa amable siempre lo perdonaría lo hizo arrogante.
Y hoy, finalmente, había cruzado la raya.
—Kking…
Un quejido escapó involuntariamente de su garganta. "¿Ahora qué hago?". No podía saltar desde allí; no tenía la menor intención de aterrizar en un charco de miel lleno de vidrios rotos.
Pero tampoco podía quedarse esperando en esa cima polvorienta hasta que Adrian regresara. En el momento en que él viera esta escena, todo se habría acabado. No podía ni imaginar cómo cambiarían esos ojos tan dulces.
"Tal vez nunca más podría sentarse en su regazo. Tal vez, sin recibir nunca más sus caricias, sería expulsado al bosque frío y oscuro".
Solo pensar en eso hizo que se le erizara todo el pelaje. Expulsión. El terror que le producía esa palabra era mucho más horrible que caer de la estantería.
Los ojos azules del zorro, llenos de pánico, se movían de un lado a otro buscando desesperadamente una solución.
Tenía que arreglar este desastre antes de que Adrian volviera. ¿Pero cómo? Olvidando el descenso, con sus patas de animal no podía limpiar ni un solo trozo de vidrio.
En ese momento, un dato que había olvidado hace mucho tiempo cruzó débilmente la mente del zorro.
Un Gumiho podía transformarse en humano.
El problema era que nunca había logrado una transformación exitosa. Sin embargo, ya no tenía otra opción. El último recurso para escapar de esta situación desesperada era ese.
El zorro cerró los ojos con fuerza y se concentró desesperadamente. Agudizó todos sus sentidos y buscó una energía desconocida que dormía en lo más profundo de su cuerpo.
Al mismo tiempo, buscó con fervor en sus recuerdos. En el pasado distante, recordó la figura de su padre diciéndole en voz baja que sobreviviera. Su rostro era borroso, pero él definitivamente tenía orejas y cola de zorro de color blanco plateado mientras hablaba con forma y lenguaje humanos.
Si su padre lo había logrado, él también podría.
Al principio no fue más que un leve temblor, pero al sumarse la voluntad urgente y desesperada de cambiar, esa energía comenzó a crear un flujo claro que se extendió por todo su cuerpo a través de sus venas.
—¡...!
Nunca se había sentido así.
Era una sensación que no había experimentado a pesar de los innumerables intentos previos. Algo se agitaba y despertaba en su interior. Ante esa energía extraña y poderosa, el zorro abrió los ojos sorprendido.
En ese instante, todo se detuvo.
La energía que ardía como una chispa se apagó en un segundo. La fuerza se escapó como un hilo que se desenreda, y el zorro terminó desplosándose allí mismo.
—Kking.
¿Se habría dispersado su concentración? ¿O fue porque se asustó demasiado?
Apresurado, volvió a reunir su mente. Tal como hizo antes, evocó la imagen de su padre y puso toda su voluntad en ello.
Pero esta vez no ocurrió nada. Esa energía que debería estar dormida en algún lugar de su cuerpo no se movió. Solo unos pocos pelos de su cola brillaron débilmente antes de apagarse.
"Como pensaba, no funciona".
¿Habría sido una ilusión aquel flujo ardiente que sintió? La energía de su cuerpo, ahora fría, no regresaba por más que la llamara. Justo cuando perdía las fuerzas por la frustración de haber fallado otra vez, unos pasos ruidosos resonaron fuera de la puerta.
Esos pasos eran distintos a los de Adrian. Eran totalmente diferentes a su caminar ligero y disciplinado. Eran más pesados, más toscos.
Su pelaje, que estaba decaído, se erizó por completo.
El humano que venía hacia aquí no era Adrian. Ni las criadas, ni Kael.
A medida que los pasos se acercaban, se escuchó la conversación de los humanos tras la puerta.
—¿Realmente es necesario revisar? Ese zorro o lo que sea, seguro que ese animal volvió a causar un desastre. Dicen que es muy inquieto. Además, Su Majestad prohibió entrar sin permiso cuando él no está para no asustar al animal.
—Aun así, debemos verificar. ¿No oíste ese ruido de hace un momento? No fue el sonido de una mascota haciendo travesuras. Podría ser un intruso.
¡Clack! Se escuchó el sonido de alguien sujetando la manija de la puerta.
El zorro, escondido en lo alto de la estantería, bajó su cuerpo por reflejo. Contuvo hasta la respiración y se encogió para ser lo más pequeño e invisible posible.
Cuando la puerta se abrió, dos guardias con armadura entraron. En sus manos llevaban lanzas largas.
—Santo cielo...

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