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Capítulo #28 "Un Día, Me Encontré Con Un Zorro"


 

Capítulo 28



Alguien soltó un leve suspiro. Lo que se extendía ante sus ojos no parecía el despacho del emperador; era más bien la escena de un desastre, como si un huracán hubiera arrasado con todo a su paso.



La mirada del guardia de barba tupida se volvió severa.



—Asegura la entrada. Voy a verificar si hay algún intruso.



Dada la gravedad de la escena, el guardia dio instrucciones asumiendo que esto no podía ser simplemente el alboroto causado por un animal.



Pronto, uno de ellos se paró junto a la puerta bloqueando la salida, mientras el otro comenzó a registrar minuciosamente la biblioteca. Tocaba los fragmentos de la estatua rota con la punta de la bota y revisaba debajo del escritorio con su lanza.



¡Clank, clank! Cada vez que la armadura resonaba, la pequeña bola de pelo negro —la verdadera causa de todo este caos— observaba la escena conteniendo el aliento desde lo alto.



El olor mezclado de hierro, sudor y hostilidad le inundó la nariz. Ese aroma amenazante hizo que, por un instante, fragmentos de un recuerdo terrible y olvidado cruzaran la mente del zorro.



Un destello de luz fría en la punta de una lanza, gritos, llamas y el olor a sangre. "¿Qué clase de recuerdo es este?". Confundido, el zorro cerró los ojos con fuerza y comenzó a temblar violentamente.



—¿Y bien? ¿Encontraste algo? —preguntó el guardia que custodiaba la puerta.



—No. No hay nada. No hay ventanas rotas y todas las huellas en el suelo son nuestras. Puede que esté escondido en el dormitorio, revisemos ahí. ¡Rápido!



Los guardias entraron al dormitorio. El zorro abrió los ojos con cautela y observó sus espaldas. Volverían pronto. Y no se irían de allí hasta encontrar al culpable de tal alboroto.



"Si me descubren...".



El zorro bajó la mirada lentamente con ojos temblorosos. El suelo seguía siendo un desastre total. No había forma de que los guardias pasaran por alto el hecho de que alguien había destruido el despacho del emperador.



Su cuerpo se encogió aún más. La lanza que llevaban en sus manos... Pudo imaginar vívidamente la punta de esa arma aterradora apuntándole. Su pequeño corazón golpeaba su pecho con frenesí.



¿Debería saltar? ¿Debería bajar al suelo mientras no estaban, aunque se rompiera una pata? En el momento en que pensaba eso, escuchó a los guardias salir del dormitorio.



—Aquí tampoco hay rastros de ningún intruso.



—Maldición, ¿entonces qué es este desastre?



—Te lo dije. Fue cosa de ese animal.



—¿Esa cosita pequeña hizo todo esto? No puede ser.



—Su Majestad lo cría con demasiados mimos, por eso arma estos líos sin saber cuál es su lugar.



El hombre barbudo pateó con desprecio los libros esparcidos mientras hablaba con brusquedad.



—A los animales hay que dominarlos y entrenarlos con el látigo.



Las orejas del zorro se erizaron al instante.



"Dominar con el látigo".



Sintió que todo su cuerpo se congelaba ante esas palabras. Instintivamente, se encogió tanto que sus garras se clavaron en la madera, produciendo un leve sonido de raspado. Por suerte, el ruido fue tan bajo que no parecieron notarlo.



El otro guardia recorrió lentamente el despacho con la mirada y, de repente, ladeó la cabeza como si algo no encajara.



—Por cierto, ¿a dónde se fue ese bicho? ¿Lo viste?



—No, yo tampoco. —El guardia barbudo negó con la cabeza. Ambos comenzaron a registrar cada rincón del despacho simultáneamente.



—¿No estará escondido en algún rincón? Es tan pequeño que podría habérsenos pasado por alto.



El guardia revisó bajo el escritorio volcado, entre los documentos esparcidos y las macetas rotas. Pero no había rastro del zorro por ninguna parte. Mientras daba una vuelta más por la habitación convertida en un caos, una corazonada funesta cruzó su rostro.



—No me digas que... ¿se escapó?



En cuanto dijo eso, los rostros de ambos guardias palidecieron. Un terror desesperado, mucho más profundo que el desconcierto de antes, cubrió sus expresiones.



—¡Búscalo! ¡Rápido!



Con gritos de urgencia, ambos empezaron a moverse frenéticamente. Registraron los estantes de la biblioteca y miraron debajo de los muebles del dormitorio, buscando desesperadamente cualquier rastro del pequeño zorro como si sus vidas dependieran de ello.



El zorro, ajeno a la desesperación de los hombres, los observaba moverse de un lado a otro aterrado. Lo estaban buscando. Aún no lo habían descubierto, pero en cuanto levantaran la cabeza, lo verían.



—¡Aquí no está!



—Aquí tampoco.



—¿A dónde diablos se fue? ¿No habrá salido realmente al exterior?



—Es imposible. No hay forma de salir a menos que haya saltado por la ventana.



—Maldito zorro de porquería. ¿Dónde demonios se habrá metido?



El guardia barbudo soltó una maldición grosera y volvió a examinar la biblioteca una vez más.



Los libros tirados en desorden, las marcas profundas de garras desesperadas en la madera de la estantería... Su mirada siguió esas marcas. Sus ojos, que subieron siguiendo el rastro, finalmente se detuvieron en la cima de la estantería.



Allí, una pequeña bola de pelo negro estaba acurrucada, conteniendo el aliento.



—Lo encontré.



—¿Qué? ¿Dónde?



—Mira hacia arriba.



Dos pares de ojos se dirigieron al mismo tiempo hacia el estante más alto. Vieron una pequeña silueta encogida entre las sombras. Dos puntos azules que brillaban por el miedo temblaban visiblemente.



—Ahí estaba.



—¿Cómo subió hasta tan alto?



—Quién sabe. Bajémoslo antes de que regrese Su Majestad. Si se cae y se lastima, nosotros seremos los regañados.



—Espera un momento. Traeré la escalera.



El otro guardia salió al pasillo y regresó arrastrando una escalera de madera. El guardia barbudo la tomó, la colocó justo al lado de donde estaba el zorro y subió.



—Ven aquí, pequeño.



El guardia, que subió de un tirón, extendió una mano llena de callosidades. Él no tenía intención de lastimar al zorro, pero ante los ojos del animal, esa mano extraña parecía una trampa lista para atraparlo. El zorro erizó su pelaje y retrocedió.



—¡Te dije que te quedaras quieto!



Al ver que el zorro se alejaba, el guardia se irritó y estiró el brazo con brusquedad soltando un grito. Asustado por el bramido, el zorro salió disparado hacia el extremo opuesto justo antes de que la mano tocara su nuca.



—¡Yo lo acorralaré desde este lado!



La punta de una larga lanza se elevó desde abajo. El guardia que sostenía el arma comenzó a presionar al zorro, que ahora estaba atrapado en un rincón.



—¡Ke, kong! ¡Ke-ong... kki, kkiiing!



Al ver la punta afilada de la lanza tan cerca de su nariz, el zorro ladró de forma amenazante. Sin embargo, debido al miedo, su voz se volvía cada vez más aguda y débil.



"¿Qué hago?".



No tenía a dónde escapar. Frente a él estaba la lanza amenazante y detrás de él, las manos que intentaban atraparlo. Por encima, el techo bloqueaba el camino, y saltar hacia abajo era demasiado peligroso por la altura y los cristales rotos en el suelo.



Mientras sus ojos azules se movían de un lado a otro buscando desesperadamente una salida, divisó la cortina que colgaba junto a la ventana. La cortina, que caía hasta el suelo, le pareció una cuerda de salvamento.



"Si tan solo pudiera alcanzar eso".



El zorro evaluó la situación rápidamente. Para llegar a la cortina, tenía que rebasar al guardia que estaba sobre la escalera.



"¿Podré hacerlo?".



En el momento en que la pregunta cruzó su mente, la mano y la lanza ya se acercaban. Vacilar era un lujo que no tenía. Debía intentar lo que fuera. El zorro reunió todas las fuerzas que le quedaban, se impulsó contra la estantería y comenzó a correr.



—¡Ah...!



Cuando el zorro, que antes estaba agazapado como un fideo sobre el estante, saltó de repente, el guardia en la escalera se desconcertó. Agitó las manos apresuradamente para atraparlo, pero el zorro fue más rápido.



Esquivando la mano extendida, el zorro usó la cabeza del guardia como plataforma, saltando con fuerza hacia el vacío.



¡Ugh!



Un gemido escapó de la boca del guardia. Al perder el equilibrio, su mano solo rozó el aire. El cuerpo del zorro voló trazando una parábola. Tras un breve vuelo, sus garras se aferraron a la tela.



—¡¿Qué haces ahí parado?! ¡Atrapalo ya! —gritó furioso el guardia que había servido de escalón.



Solo entonces su compañero reaccionó y corrió hacia la cortina.



El zorro soltó la fuerza de sus garras instantáneamente. ¡Zrip! Con el sonido de la cortina rasgándose, su cuerpo se deslizó hacia abajo. En cuanto aterrizó en el suelo, giró en dirección opuesta sin tiempo para recuperar el aliento.



Lo que entró en su campo de visión fue la rendija de la puerta entreabierta.



El zorro rodeó el escritorio, saltó sobre los libros esparcidos y esquivó los fragmentos de la estatua rota mientras corría.



Vio la puerta.



—¡Oye, no dejes que salga! ¡Bloquea la puerta!



Al darse cuenta tarde de que el zorro se dirigía a la salida, el guardia barbudo gritó mientras bajaba a toda prisa de la escalera.



Los pasos del guardia se acercaban cada vez más a su espalda. El zorro exprimió su última gota de energía y se coló por la estrecha rendija. En el último milisegundo, una mano se extendió desde atrás, pero solo logró rozar la punta de su cola.



—¡Maldición!



Una maldición estalló a sus espaldas, pero el zorro ya estaba galopando por el pasillo. Sus patas temblaban y el aliento le quemaba la garganta. Aun así, no podía detenerse.



En la mente del zorro solo había una persona.



Adrian.



Solo tenía que llegar hasta él. Solo a su lado estaría a salvo. En medio de este terror interminable, solo él podía protegerlo.


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