Capítulo #29 "Un Día, Me Encontré Con Un Zorro"
Capítulo 29
"Solo fue una pérdida de tiempo".
La audiencia con el Duque Barque no fue lo que esperaba. Adrian lo había recibido con una pizca de esperanza, pero esa expectativa se hizo añicos antes de que terminara la primera frase.
Las palabras del Duque estaban disfrazadas de buena voluntad y preocupación, pero el punto final era claro: todos sus argumentos estaban diseñados para asegurar sus propios beneficios. Al final, Adrian se levantó antes de que terminara su discurso; decidió que no era necesario seguir escuchando.
El pasillo hacia el despacho estaba en silencio. En esa quietud, los pensamientos de Adrian fluyeron de forma natural, quizás inevitable, hacia un solo ser.
"¿Qué estará haciendo ahora?".
Probablemente estaría dormido, envuelto en una satisfacción plena tras haber comido. Al imaginar al pequeño zorro con su barriga rosada y regordeta expuesta hacia el techo, respirando suavemente con un rostro que desconocía las preocupaciones del mundo, una leve sonrisa se dibujó en los labios de Adrian.
Sin embargo, pronto surgió otra posibilidad.
"No, tal vez esté causando algún problema de nuevo...".
Los alborotos causados por esa pequeña criatura nunca se quedaban en algo trivial. Derramar tinteros ya era parte de la rutina diaria. Recorría cada rincón de la habitación esparciendo su pelaje negro por doquier, y algunos días mordía los cojines haciendo volar plumas por todo el cuarto.
Era un dolor de cabeza, sin duda. Pero comparado con pasar tiempo con los nobles, limpiar los desastres del zorro no era nada. No, era mucho más que eso.
Leer los cálculos ocultos tras la sonrisa hipócrita del Duque y mantener la guardia alta para no mostrar ni una sola grieta era una tarea agotadora.
Por el contrario, el caos que creaba el zorro era puro. En él no había cálculos, ni malicia, ni intenciones ocultas; solo era un alboroto nacido de la curiosidad, la picardía y un instinto inevitable.
Adrian apresuró el paso. Quería volver pronto a su habitación para poner a ese revoltoso sobre su regazo y acariciarlo. Al doblar la esquina del largo pasillo que llevaba a sus aposentos, un estrépito inesperado resonó en un espacio que normalmente debería estar en calma.
"¿Qué está pasando?".
Nunca había habido tanto ruido en este lugar. Adrian frunció el ceño y aceleró aún más el paso. Frente a la puerta del despacho, se había congregado un grupo de gente.
Junto a dos guardias con evidente nerviosismo, estaba de pie una sirvienta de cabello castaño, con los brazos cruzados, mirándolos con desdén. Detrás de ella, una sirvienta más joven entrelazaba sus manos con fuerza, inquieta y con ojos aterrorizados.
—¡...Fue demasiado rápido! —exclamó un guardia a modo de excusa, mientras la sirvienta de cabello castaño soltaba un largo suspiro de desaprobación.
—Aun así, ¿tiene sentido que los guardias del imperio no puedan atrapar ni a un solo zorro?
—Señorita, no diría eso si lo hubiera visto usted misma. Es pequeño, pero ¡qué ágil! ¡Quién iba a imaginar que saltaría así hacia las cortinas!
—¡Aun así, debieron atraparlo! No era uno solo, eran dos hombres.
Cuando la sirvienta alzó la voz para presionarlos, los guardias bajaron la cabeza y apretaron los labios. Un silencio incómodo y pesado inundó la habitación.
—Es-esto... ¿no creen que no es momento de pelear entre nosotros? —En ese momento, la sirvienta joven habló con voz temblorosa por el pánico—. Debemos encontrarlo rápido antes de que regrese Su Majestad. Si llega a enterarse de esto...
Sus palabras se detuvieron de golpe.
Todas las miradas se dirigieron al mismo punto. Los guardias y las sirvientas se pusieron pálidos y se quedaron petrificados como estatuas.
Unos fríos ojos dorados los atravesaban.
—¡Su... Su Majestad!
Se apresuraron a arrodillarse y agachar la cabeza. No hubo excusas ni explicaciones. Ante el gobernante del imperio, lo único que podían ofrecer era silencio y obediencia.
La mirada de Adrian pasó por encima de los que estaban postrados y se dirigió a la puerta del despacho entreabierta. Lo que se veía por la rendija no era el paisaje de un espacio familiar; era el caos y la destrucción personificados.
Entró con paso firme. En el momento en que puso un pie dentro, algo crujió bajo su bota. Era un fragmento del busto roto. Apartó el pie de la pieza y escrutó lentamente el interior.
El busto de los emperadores anteriores hecho añicos, la alfombra empapada en miel, el Código de Leyes Imperiales desgarrado en jirones, documentos esparcidos por doquier sin dejar espacio para pisar y las cortinas rasgadas que parecían sacadas de una casa abandonada.
Sin embargo, los ojos de Adrian no se detuvieron en nada de eso. Pasó de largo como si no le interesara el desastre y registró minuciosamente el despacho y el dormitorio. No estaba sobre los cojines mullidos, ni debajo del escritorio, ni detrás de las cortinas, ni sobre la cama.
La bola de pelo negro que debía estar en su habitación no aparecía por ninguna parte.
—Expliquen. —Fue una voz gélida como el hielo, que ni siquiera contenía ira.
—Es-esto... ¡parece que hubo un intruso, Su Majestad! Por eso, mientras verificábamos...
—¡No es así! El zorro que Su Majestad cría... ese animal...
Las voces de los guardias se mezclaron. La mirada de Adrian se clavó en ellos con ferocidad. Los guardias, que hablaban sin sentido, cerraron la boca. El sudor frío resbalaba por sus frentes.
—Hablen con claridad.
Ante la voz gélida, los guardias intercambiaron miradas. Nadie se atrevía a dar un paso al frente debido a la furia que emanaba de él. Finalmente, la sirvienta de cabello castaño habló en su lugar.
—Su Majestad, cuando se escuchó un gran ruido en el despacho y los guardias acudieron, la habitación ya estaba en este estado. No había rastros de intrusión; en su lugar, el zorro estaba en la cima de la estantería.
La sirvienta hizo una pausa antes de continuar.
—Preocupados de que el zorro se cayera y se lastimara, intentaron bajarlo, pero parece que se asustó mucho y escapó de los guardias. Lo persiguieron, pero ya había desaparecido. Lo sentimos mucho, Su Majestad.
—¿Escapó? —La voz de Adrian bajó un tono más.
—Sí, Su Majestad. Salió al exterior y... actualmente se desconoce su paradero.
Al terminar de hablar la sirvienta, se hizo el silencio. Un silencio tan pesado que cortaba la respiración. Los que estaban postrados no se atrevían ni a levantar la cabeza.
La mano de Adrian se movió lentamente. Recogió un mechón de pelo negro que estaba cerca de la puerta. El suave pelaje se deshizo débilmente entre sus dedos.
—Búsquenlo.
Solo una palabra. Ante esa orden, todo el palacio imperial comenzó a moverse. Decenas de sirvientes y guardias se dispersaron con antorchas y linternas. El sonido de la búsqueda minuciosa en cada rincón del jardín, pasillos vacíos y almacenes resonó por todo el palacio.
Pero el zorro no apareció por ninguna parte.
***
Bajo el cielo oscuro de la noche, las llamas se elevaron.
Hombres poseídos por la locura se levantaron en armas. Hoces y picos; cosas que debían ser herramientas agrícolas se habían transformado en instrumentos de matanza. El olor a sangre flotaba en cada filo.
“¡Atrapen a esa mujer!”
“¡Entreguemos el sacrificio!”
Gritos y alaridos se mezclaban. Alguien sollozaba, alguien reía como un loco. Ante el desastre, los humanos se habían convertido en seres inferiores a las bestias.
En medio de esa locura, una mujer corría desesperadamente.
Sujetando con fuerza algo envuelto en mantas contra su pecho, corría sin descanso. No se sabía qué protegía ni por qué estaba tan desesperada. Solo una cosa era clara: ella era el sacrificio. Era un ser que no debía sobrevivir.
“¡Te atrapé!”
Una mano tosca surgió y apresó el brazo de la mujer. Las uñas se clavaron en su piel.
“¿Cómo te atreves a huir siendo el sacrificio? Desde que escapaste, la enfermedad empezó a circular. ¡Es evidente que Dios está furioso! ¡Expirarás con tu vida!”
La hoz en su mano destelló. El filo impregnado de olor a sangre brilló fríamente bajo la luz de la luna. La mujer se retorció para resistirse. En ese instante, la manta que sostenía se resbaló de sus manos y cayó al suelo.
¡Kkiiing... kking!
El rostro de la mujer se volvió ceniciento y la mano del hombre se detuvo en el aire.
Ese no era el llanto de un bebé. Era el de un animal.
El hombre, aún con la hoz en mano, miró de cerca la manta tirada en el suelo. Entre los pliegues de la tela se asomaba un pelaje negro azabache. No era un humano. Era un cachorro de zorro negro.
“¿Un animal? ¿Por qué un animal...? Tú, no me digas que...”
La voz del hombre se quebró. Tras mirar alternadamente a la mujer y al zorro, una chispa de comprensión cruzó sus pupilas.
“¡Dio... dio a luz a una bestia! ¡Esta mujer parió a un animal! ¡Es un monstruo! ¡Un monstruo!”
El rostro que antes estaba rojo de ira, ahora se retorcía de asco y desprecio. Ya no era una expresión humana. Era la imagen de un hombre completamente consumido por el miedo, el odio y la locura.
Levantó la hoz. El extremo afilado voló hacia la mujer. En ese breve segundo, los ojos negros de la mujer y los del zorro se encontraron.
Y...
—¡...! ¡Ah!
Abrió los ojos de golpe. Su corazón galopaba salvajemente, de forma dolorosa.
"¿Fue un sueño?".
Por suerte, era un sueño. Pero ese sueño, o mejor dicho, esa pesadilla, había sido demasiado vívida.
El olor metálico de la sangre que parecía quedar en la punta de su nariz, los gritos que desgarraban sus oídos y la hoja que se blandía con violencia contra la mujer. El rostro de ella era borroso, pero sentía una familiaridad como si la hubiera visto en algún pasado lejano. Incluso la imagen del cachorro de zorro de pelo negro que ella abrazaba con fuerza...
"¿Habré sido yo?".
"Si es así, ¿habrá sido esa mujer mi madre?".
El zorro casi no tenía recuerdos de sus padres. Solo poseía fragmentos aislados, y aun esos eran difusos. Si ella era realmente su madre, ¿por qué la perseguían? ¿Había cometido un pecado? ¿Y qué significaba eso de "sacrificio"?
Los pensamientos se mezclaban en desorden. ¡Kking! Soltando un quejido, el zorro miró a su alrededor para sacudirse los pensamientos complejos y la pesadilla.
El mundo estaba sumergido en una oscuridad profunda, y el sonido de la lluvia gruesa golpeando las hojas de los árboles resonaba ruidosamente en sus oídos.
Este no era el dormitorio de Adrian. No estaba sobre su regazo cálido y cómodo. El lugar donde se escondía era debajo de un arbusto frío y húmedo. El frío del suelo de tierra se filtraba a través de su vientre hasta los huesos.
"Tengo hambre, tengo frío. Y tengo miedo".
✧・゚: 𝓐𝓷𝓽𝓮𝓻𝓲𝓸𝓻 | 𝓢𝓲𝓰𝓾𝓲𝓮𝓷𝓽𝓮 :・゚✧

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