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Extra #4 "Jefe, Por Favor Críeme Con Leche"

 


Extra 4

"La historia de aquel día"



No es que esperara que la vida de un huérfano sin hogar ni raíces fuera alegre y feliz, pero... ¿Realmente tenía que ser así de difícil y agotadora?


Un día de principios de enero, en medio de una ola de frío glacial.


¡Clink!


Seo Yeoul, un joven de veinticuatro años que trabajaba a tiempo parcial en una cafetería, observó con ojos vacíos cómo una copa de cristal se hacía añicos, emitiendo un sonido agudo y estridente. Quizás, en ese instante, ese pensamiento cruzó su mente de forma involuntaria.


—Ah…!


Solo después de un momento se dio cuenta de que el contenido se había derramado sobre el portátil que estaba en la mesa y que el vaso, junto con un teléfono móvil, se había precipitado al suelo. Se agachó apresuradamente.


Trozos de cristal roto, un teléfono con la pantalla resquebrajada, la bebida goteando sobre ambos y un pitido electrónico largo y agudo: biiiiii.


Yeoul rescató rápidamente el teléfono que yacía entre el café y la crema batida. Su rostro hacía tiempo que estaba pálido, pero si es que era posible perder aún más color, su semblante se tornó casi azulado cada vez que intentaba limpiar con el dorso de la mano la superficie pegajosa.


Era, sin duda, la desolación de no saber qué hacer con esa masa de azúcar viscosa que se filtraba por cada rendija del dispositivo.


¿Qué hago? He vuelto a meter la pata. Y esta vez es un desastre total.


—Lo... lo siento mucho. De verdad, lo siento —Yeoul inclinó la cabeza repetidamente ante el dueño del portátil y del teléfono, sintiendo cómo el aturdimiento se disipaba por el golpe de realidad.


Eran dispositivos que, a simple vista, parecían extremadamente caros. Mientras las disculpas brotaban mecánicamente de sus labios, su mente solo podía pensar en cómo demonios iba a solucionar aquello, hasta el punto de no atreverse ni a mirar el rostro de la otra persona.


El hecho de que Yeoul terminará levantando la vista no fue precisamente por voluntad propia. Fue cuando sus hombros se sobresaltaron ante un suspiro bajo.


Esperando los insultos o gritos habituales, Yeoul cerró los ojos con fuerza, pero las palabras que llegaron a sus oídos fueron del todo inesperadas.


—Deme el teléfono, por favor.


Ante aquel uso del lenguaje formal, tan cortés que resultaba casi rígido, las pupilas castaño claro de Yeoul se dilataron por la sorpresa. Para Seo Yeoul, un huérfano sin nadie que lo protegiera sin importar el trato que recibiera, el lenguaje formal era algo que siempre debía salir de su propia boca, nunca algo que debiera entrar por sus oídos.


Por un instante, sin estar seguro de si aquellas palabras iban dirigidas a él, se quedó mirando al hombre con estupefacción.


—...


El hombre, de impresión gélida, movió las cejas en silencio y le arrebató el teléfono de las manos. Solo entonces Yeoul comprendió que había cometido otra falta de educación. Volvió a bajar la cabeza profundamente.


Frente al hombre que manipulaba el teléfono de un lado a otro, Yeoul sintió que sus mejillas se encendían, probablemente de vergüenza, al encoger sus dedos ahora vacíos. No era porque se sintiera extraño por recibir ese trato formal de un hombre tan malditamente atractivo, sino por la vergüenza de haber causado tal accidente y, encima, haber mostrado una actitud tan torpe.


No es momento de quedarse aquí pasmado. Se dijo a sí mismo.


El portátil que alcanzaba a ver de reojo no tenía buena pinta, y a juzgar por el nuevo suspiro del hombre, el teléfono no parecía estar en mejor estado.


¿Cuánto costará la reparación? Espero que sea una cantidad que pueda pagar.


Pero no podía permitirse el lujo de rumiar solo preocupaciones financieras; el suelo de la cafetería hecho un desastre y los zapatos del hombre manchados de crema batida también eran su realidad inmediata. Yeoul tenía que hacer lo que estuviera a su alcance ahora mismo.


—¡Un momento! ¡Le limpiaré los zapatos...!


No dudó ni un segundo en arrodillarse sobre el suelo sucio. Había oído en alguna parte que arrodillarse ante otros era algo que hería el orgullo, pero Yeoul nunca lo había experimentado realmente. Era lógico. Era un orgullo que nunca se había molestado en cuidar. Sus rodillas valían menos que el servicio de limpieza de unos zapatos, incluso menos que el Americano más barato de esa cafetería.


Mientras sacaba apresuradamente los pañuelos que guardaba en su uniforme de falda cruzada, su único deseo era que el hombre, al notar tarde el estado de su calzado, no se enfadara demasiado.


Sin embargo, una vez más, la reacción del hombre se salió de lo previsto.


—Está bien.


Antes de que el pañuelo llegara a tocarlo, el hombre retiró el pie suavemente mientras pronunciaba aquellas palabras. ¿Cómo no iba Yeoul a notar la incomodidad y el leve desconcierto en esa frase tan corta? Solo era un "está bien" para rechazar su gesto, pero…


—Levántese.


Le pareció escuchar esas palabras, y Yeoul apretó con fuerza los pañuelos que tenía en la mano. Fue porque no entendía qué era esa sensación de falta de aire y ese dolor punzante en el pecho. ¿Cómo lo habría interpretado el hombre?


—... Tsk.


Chasqueó la lengua levemente, como si algo no le gustara, y se inclinó para limpiarse los zapatos él mismo. Luego, sus ojos negros lo miraron de reojo, como preguntando si ya estaba satisfecho.


Aunque no lo sabía con certeza, parecía que al hombre le molestaba verlo allí arrodillado, así que Yeoul tuvo que hacer fuerza en sus rodillas para ponerse en pie con dificultad. En realidad, pensó que quizás solo era una ilusión conveniente para él, pero el hombre, al dejar el pañuelo sobre la mesa con indiferencia, pareció confirmar que no era un error de percepción.


Yeoul tuvo que bajar la cabeza de nuevo. Sentía que si seguía mirando al hombre, su corazón empezaría a sentirse realmente extraño.


—Esto... lamento mucho lo del portátil y el teléfono... Si se han estropeado, le pagaré los gastos de reparación…


Por eso, la voz de Yeoul, que mencionaba el dinero a pesar de su precaria situación, tembló tanto como su mirada. Y sus mejillas se encendieron de nuevo ante el silencio del hombre, que se limitaba a observarlo en lugar de responder de inmediato.


—... Está bien. Entonces, póngase en contacto conmigo a través de esto.


Tras una breve pausa, le tendió una tarjeta de visita que Yeoul aceptó con un "sí" apenas audible.


Era una tarjeta de fondo negro con letras grabadas en dorado, exactamente igual que el hombre. Elegante pero pesada, rígida pero sofisticada. Tras mirar el papel que solo contenía el nombre del hombre y un número de once dígitos, Yeoul hizo una reverencia profunda.


Aunque era un día especialmente desafortunado, por alguna razón, aquello le servía de consuelo, así que Yeoul decidió sacar fuerzas. Al intentar limpiar el suelo, hizo el esfuerzo de ponerse en cuclillas en lugar de arrodillarse.


—¡Ah, de verdad, qué rabia! ¡Yeoul, tú limpia eso primero y luego hablamos!


... Aunque ese esfuerzo pronto se volvería insignificante ante los gritos del dueño de la cafetería que llegaban desde atrás.


El hombre se marchó de la cafetería. Lo único que quedó fue un lugar hecho un desastre y un Seo Yeoul con el semblante aún más desastroso.



****


—¡¿Cuántas veces va a pasar esto?!


Ante los gritos del dueño de la cafetería, Yeoul bajó la cabeza sin fuerzas.


En sus dedos, alineados frente a él, habían aparecido varias líneas rojas. Sin haber notado siquiera que se había cortado con los trozos de cristal, Yeoul ocultó silenciosamente sus heridas bajo las palmas de sus manos.


—¡Ya es la cuarta vez, la cuarta! ¡No, pero ¿qué diablos te pasa últimamente?!


Tenía una explicación para su estado, pero Yeoul no tuvo más remedio que guardar silencio. No podía decirle: "Usted le vendió mi información personal a ese cliente, jefe".


Yeoul se limitó a morderse los labios frente al hombre, que gritaba con tal fuerza que le hacía zumbar la cabeza. Quizás era una suerte que su mente estuviera nublada por la falta de sueño de los últimos días, a causa de aquel cliente que no solo le enviaba mensajes desagradables al móvil, sino que además lo perseguía de camino a casa tras el trabajo.


Gracias a eso, todos los gritos resbalaban por sus oídos sin llegar a afectarlo del todo.


Cuando esto pase, tendré que contactar con aquel hombre. ¿Cuánto costará arreglar el móvil y el portátil? Espero que sea algo que pueda cubrir con mi sueldo, pero ¿cuánto dinero me queda en la cuenta ahora mismo?


Pensaba que, mientras hiciera cálculos mentales de forma vacía, aunque le doliera la cabeza, al menos no sentiría que se asfixiaba. Fue en ese momento.


—Ya he tenido suficiente paciencia. ¡Se acabó, estás despedido! Prefiero trabajar solo que tener a un empleado como tú. ¡Lárgate ahora mismo!


—¡...!


Pum. Sintió como si el corazón se le cayera al suelo.


Incluso este trabajo le había costado muchísimo conseguirlo. Para alguien como él, que no solo no había ido a la universidad sino que ni siquiera había terminado la educación obligatoria, encontrar un empleo era como alcanzar las estrellas. ¡Si de repente perdía el trabajo...!


Esta vez sí que era como un rayo en un cielo despejado. Yeoul levantó la cabeza con desesperación, pero sus labios solo temblaron violentamente antes de cerrarse con fuerza.


Justo cuando iba a pedir perdón, descubrió la codicia que brillaba en los ojos del dueño. Sí, no debía olvidarlo: quien lo había acorralado hasta este punto no era otro que ese mismo hombre.


... Quizás, después de todo, era lo mejor.


Ahora que lo pensaba, era alguien que lo había mirado con ojos extraños desde el primer día. Alguien que siempre decía que "el cliente siempre tiene la razón" y que él debía aguantar incluso cuando intentaban tocar su cuerpo discretamente.


A pesar de que hubo varias señales de peligro, Yeoul las había ignorado deliberadamente porque este era el lugar donde mejor pagaban por hora. Sus ojos se oscurecieron. ¿Por qué había aguantado de forma tan patética en lugar de renunciar antes, sabiendo que el dueño vendía su número y su horario por unas monedas?


Incluso después de pasar noches en vela por el miedo tras recibir mensajes de voz extraños de madrugada, se había comportado como un tonto.


Sintiendo de nuevo que se asfixiaba, Yeoul se mordió los labios y se desató la falda cruzada negra que llevaba a la cintura. Por muy difícil que fuera, si buscaba, encontraría otro trabajo en alguna parte.


Así que…


—... El pago por el trabajo de hoy…


Mientras tuviera dinero para aguantar hasta entonces. Yeoul apretó los puños con fuerza, pues le resultaba increíblemente difícil expresar una exigencia tan legítima.


Tsk. —El dueño chasqueó la lengua abiertamente y le lanzó cuatro billetes de cincuenta mil wones.


Era una cantidad ridículamente inferior a lo que debía recibir. Ante las dudas de Yeoul, que no se decidía a cogerlo, el dueño le gritó que pensara en el precio de todas las tazas que había roto hasta ahora.


Aquello fue suficiente para reafirmar su resignación. Al darse la vuelta, los ojos de Yeoul estaban ligeramente enrojecidos.


Se puso su ropa de abrigo en la sala del personal. Su chaqueta acolchada, vieja y apelmazada por el tiempo, no abrigaba mucho, pero era la mejor de las dos prendas de invierno que poseía. Se subió la cremallera hasta el cuello, echó un último vistazo al local y salió por la puerta trasera.


En cuanto sintió el aire gélido, Yeoul empezó a correr.


Había una parte de él que quería alejarse lo antes posible de aquel lugar que ahora solo sería un recuerdo vergonzoso y desagradable. Pero, sobre todo, quería escapar del acosador que podía aparecer en cualquier momento y lugar.


En ese instante, lo que ocupaba el corazón de Yeoul no era la tristeza ni la impotencia, sino el miedo. Incluso ahora, que no era su hora habitual de salida y que sus sentidos agudizados al límite no detectaban ninguna presencia cercana.


¿Y cómo no iba a ser así? Aquel acosador que le seguía los pasos finalmente había descubierto el número de su habitación.


El terror seco que sintió hace dos días al encontrar en el buzón una carta sin remitente ni sello de correos, y las náuseas al descubrir en su interior fotos de sí mismo que ni siquiera sabía que existían, lo perseguían constantemente, impidiéndole dejar de correr.


Tras correr un buen rato, llegó a una habitación de un motel cutre. Yeoul, que no había parado ni un segundo, se desplomó en el suelo solo después de echar el doble cerrojo a la puerta.


Hah, haah. Su respiración agitada se fue calmando poco a poco.


Al incorporarse, lo primero que hizo fue revisar la maleta que había dejado a un lado. Su vieja maleta, donde guardaba todas sus posesiones, seguía en el mismo sitio donde la dejó por la mañana. Qué alivio.


—... Fuh.


Irónicamente, su cuerpo empezó a temblar solo después de que su mente se calmará. Yeoul se abrazó a sí mismo con ambos brazos, como intentando consolarse.


Haber recibido aquella carta justo cuando su contrato de alquiler estaba por expirar había sido, dentro de su desgracia, una suerte. Yeoul decidió dejar la habitación de inmediato. A las tres de la madrugada, cuando no había tránsito de personas, recogió sus cosas y se escondió en la zona de moteles. Aquello había ocurrido hacía dos días.


Se dejó caer en la cama como si se desmoronara. De su bolsillo cayeron los cuatro billetes. Al mirar los trozos de papel esparcidos sobre la sábana blanca, sus ojos se llenaron de lágrimas.


Llorar no va a cambiar nada. Además, aunque llore, no tengo a nadie que me consuele.


Aun así, le resultaba difícil reprimir las ganas de llorar y cerró los ojos con fuerza. En su bolsillo, solo quedaba, solitaria, una tarjeta de visita que no encajaba en absoluto con su situación actual.


****


Una cafetería ni muy grande ni muy pequeña.


Yeoul asomó la cabeza tras el cristal, observando el interior que desprendía un calor acogedor a simple vista, mientras su nuez de Adán se movía con un trago seco. Sus ojos, con una agudeza visual dos veces superior a la normal, habían captado los precios del gran menú sobre el mostrador, y eran algo aterradores.


Cuando aceptó la propuesta del hombre de verse en una cafetería, pensó en el nivel de precios del local donde él trabajaba... ¿Sería porque era un barrio caro? Al ver importes que casi duplicaban los que conocía, le resultaba difícil abrir la puerta y entrar sin más.


¿Debería preguntar si podemos ir a otro sitio ahora mismo? Era vergonzoso, pero dada su situación, no estaba para andarse con miramientos. Yeoul dudó y estaba a punto de sacar el móvil, pero…


—...


De pronto, sus ojos se encontraron a través del cristal con los del hombre de semblante gélido, y no tuvo más remedio que bajar la mano dócilmente.


—Hola... ¿qué tal?


Ante su saludo con una leve reverencia, el hombre pasó junto a Yeoul sin decir palabra y abrió la puerta.


Técnicamente había ignorado su saludo, pero Yeoul no se sintió mal. Al ver al hombre sujetando la puerta para que entrara, mientras lo miraba como diciendo "¿qué hace ahí parado?", le era imposible sentirse ofendido.


En cuanto Yeoul puso un pie dentro, el hombre soltó la puerta y empezó a caminar con paso firme. Sus zancadas, acordes a su gran estatura, eran difíciles de seguir, pero Yeoul se esforzó por alargar el paso tras él. La oportunidad de preguntar si podían ir a otro café se desvaneció como granos de arena.


—Yo... póngame lo mismo, por favor.


"Un americano caliente, por favor". Empujado por la mirada indiferente del hombre que había pedido primero, Yeoul acabó diciendo aquello. En realidad no le gustaba el sabor, pero era lo más barato.


Con ese dinero podría comprar ocho comidas en la tienda de conveniencia. El rostro de Yeoul se ensombreció al recordar el precio del ramen instantáneo que había tomado como desayuno-almuerzo, mientras sacaba del bolsillo un billete de diez mil wones todo arrugado.


Sin embargo, cuando vio al hombre lanzarle una mirada de incredulidad y extender su tarjeta de crédito con naturalidad, se sintió un poco avergonzado. Su mano, al volver a meter el dinero en el bolsillo, se sentía torpe, y Yeoul se preguntó por qué sus mejillas ardían tanto mientras bajaba la cabeza para dar las gracias.


Se sentaron frente a frente en una mesa vacía, con dos tazas de americano de las que subía un vapor cálido entre ambos.


Yeoul levantó su taza imitando al hombre, que bebía con expresión impasible, pero tras probar aquel café caliente, amargo y extrañamente ácido, volvió a dejarla sin haber tomado ni un sorbo completo. Aunque se sentía cohibido, el hombre no dijo nada, así que Yeoul se limitó a juguetear con la taza de cerámica. Le gustaba sentir cómo sus manos, congeladas por el frío, se derretían poco a poco.


El hombre rompió el silencio justo cuando el color había vuelto por completo a las puntas de los dedos de Yeoul, que antes estaban pálidas.


—El coste de la reparación... ha sido este.


Dicho esto, sacó un papel y lo puso sobre la mesa. Era un recibo.


En ese instante, el corazón de Yeoul latió un poco más rápido, pero se sentía bastante sereno. Sabía perfectamente a qué venía y pensó que, finalmente, había llegado el momento de afrontarlo.


Pero…


Unidades, decenas, centenas, millares, decenas de millares…


A medida que sus ojos seguían las cifras y las unidades se volvían más desconocidas, no pudo evitar que su mirada temblara. Sus pupilas castaño claro se movieron de izquierda a derecha varias veces ante aquella cantidad inaudita, pero por mucho que lo comprobara, el importe impreso no iba a cambiar.


Sus dedos, sin rastro de sangre, temblaron visiblemente. Fue entonces cuando los elegantes dedos del hombre, que tamborileaban sobre la mesa a un ritmo constante como si pensara en algo, se detuvieron en seco.


—Ha salido eso —suspiró el hombre—, pero pague solo la mitad. Digamos que la mitad de la culpa fue mía por estar ahí.


—¿La... la mitad? —Yeoul levantó la mirada poco a poco.


Pensaba que el hombre no tenía ni un ápice de culpa más allá de haber estado presente, pero no fue capaz de rechazar el ofrecimiento. Incluso reducida a la mitad, la cifra equivalía a varios meses de su sueldo; no tenía margen para permitirse el lujo de la honestidad.


Era un descaro total, pero si era la mitad, quizás podría... Tras tragar saliva con dificultad, Yeoul empezó a hablar con un tono lleno de vacilación. Sin ser capaz de sostener la mirada indiferente del hombre durante mucho tiempo, bajó las pestañas y dijo.


—¿Podría... podría dejarme pagarlo a plazos?


—...


Por supuesto, tuvo que cerrar la boca rápido al ver cómo las cejas del hombre se crispaban, como si acabara de oír algo absurdo. Pensándolo bien, era una petición ridícula. Pero no tenía tanto dinero en ese momento.


Mientras se mordía el labio con aire abatido, una idea cruzó la mente de Yeoul al recordar la habitación que pronto tendría que dejar. Levantó la cabeza de golpe.


—¡Ah! El depósito. Si espera un poco, le daré al menos el dinero del depósito de mi habitación cuando me lo devuelvan.


Aunque faltaban unos días para que terminara el contrato, pensó que si le explicaba la situación al casero, podría recibirlo un poco antes. Esta vez no hablaba por hablar; estaba realmente convencido.


—El depósito... —repitió el hombre con incredulidad. Su expresión parecía tan cansada que Yeoul se impacientó.


Tal vez no se fiaba de sus palabras. O más bien, a juzgar por ese tono de estupefacción, era evidente que no.


—No es mentira —Yeoul rebuscó atropelladamente en sus bolsillos—. ¡No se preocupe, llamaré ahora mismo!


Su intención era darle seguridad de que no iba a escaparse sin pagar, pero parece que aquello también fue un error.


—... No lo haga. Está bien, espere un momento.


El hombre se frotó el entrecejo fruncido con dos dedos, y Yeoul notó que su rostro parecía aún más fatigado. En una situación donde todos sus esfuerzos eran rechazados, ¿qué más podía hacer?


Yeoul guardó silencio obedeciendo a la orden de esperar, limitándose a observar la reacción del hombre. Sus dedos, que no paraban de juguetear con la taza, empezaban a sentir el calor excesivo, pero no se atrevía a bajarlos. Sentía que si no hacía al menos eso, no estaría haciendo nada.


Tras un largo silencio, el hombre finalmente habló.


—Está bien... páguelo a plazos. Sí, será lo mejor.


Lo dijo con un tono de quien tiene un gran dolor de cabeza, y se levantó de su asiento añadiendo.


—Le enviaré el número de cuenta por mensaje. Vaya pagando lo que pueda.


—¡Ah...! —Yeoul abrió mucho los ojos, siguiendo con la mirada la altura del hombre que se ponía de pie de golpe—. ¿Se... se va ya?


Estuvo a punto de preguntárselo sin querer, pero al final no fue capaz de retenerlo. No pudo. Porque el hombre, tras consultar su reloj como si tuviera algún compromiso, soltó estas palabras con una mezcla de indiferencia y cuidado.


—Tómese eso con calma antes de irse.


Señaló con la mirada el café, que seguía casi lleno. Yeoul no supo qué responder.


—Sí... —logró articular con una voz apenas audible.


Y así, Yeoul se quedó observando la espalda del hombre mientras se alejaba. Con una taza de café que aún conservaba el calor entre sus manos, y con el corazón hinchado por una esperanza que probablemente no sería más que una ilusión vana, se quedó allí mucho tiempo.


✧・゚: 𝓐𝓷𝓽𝓮𝓻𝓲𝓸𝓻 | 𝓢𝓲𝓰𝓾𝓲𝓮𝓷𝓽𝓮 :・゚✧





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